El amor de los argentinos por la Scaloneta alcanzó la cúspide de su expresión con una fiesta popular de la que hay escasísimos, si no nulos, precedentes, tanto por su volumen como por su intensidad.
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La calle salvó al Palacio
Entre cuatro y cinco millones de personas se concentraron en Buenos Aires para celebrar a los campeones del mundo. Felicidad pura y genuino agradecimiento a los protagonistas de una hazaña que trasciende lo deportivo, porque se produce en tiempos de prolongados infortunios, con la conciencia cada vez más cruda del fracaso colectivo. Un remanso en el torrente de frustraciones, regalado por un equipo ejemplar en todo sentido.
Envuelta en sus intrigas, la política tiene mucho que agradecerle a ese pueblo con el que le gusta llenarse la boca.
No debería reconocérsele a unos cuantos vándalos el derecho a empañar los festejos. Por el contrario, teniendo en cuenta la mezquindad y la impericia de quienes debían, como administradores del Estado, garantizar la seguridad, es un hecho extraordinario que tamaña manifestación no terminara muy mal.
Fue gracias a la gente, que supo encausar su legítima pasión. Millones no habrán podido ver a los campeones, pero queda la satisfacción de haber formado parte de una jornada histórica y pacífica, salvo por las tensiones en el microcentro porteño al final del día, cuando ya todo había concluido. Cuando ya la gente no estaba.
Conviene no contaminarse con el bombardeo de imágenes por las redes sociales. Fueron hechos aislados; si semejante multitud se desmadraba, podría haber sido trágico.
La imprevisión de Nación, Provincia y Ciudad de Buenos Aires colapsó y el Seleccionado debió interrumpir el recorrido que le habían diseñado para ser rescatado en helicóptero, tras horas al rayo del sol.
Los jugadores prefirieron evitar la visita a la Casa Rosada y el saludo desde el balcón porque intuyeron que podían ser fagocitados por la grieta. Las gestiones para llevarlos fueron tan insistentes como infructuosas, infectadas por la antipatía entre el titular de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, y el presidente Alberto Fernández.
El ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro; el presidente de Aerolíneas Argentinas, Pablo Ceriani; la directora de Migraciones, Florencia Carignano; el director de la PSA, José Glinsky, y el director General de Aduanas, Guillermo Michel, trataron de obtener la ambicionada foto con los ídolos en Ezeiza, pero no lo lograron.
Como todos salvo Michel forman en La Cámpora, cundieron especulaciones sobre un supuesto boicot del ultracristinismo para privar a Alberto del gusto de reunirse con los campeones.
La desazón por la negativa a concurrir a la Rosada era tal que un periodista de la TV Pública se permitió acusar a los campeones mundiales de “desclasados”.
Empoderado por el título y el excelente vínculo que tejió con el equipo, Tapia desacreditó el operativo de seguridad de la CABA y destacó el del ministro bonaerense Sergio Berni.
El ministro de Seguridad de la Nación, Aníbal Fernández decidió desviar la caravana y sacar a la Selección en helicóptero después de que dos hinchas se tiraran desde un puente sobre el colectivo. Uno erró y cayó al asfalto. Tapia tuiteó: “No nos dejan llegar a saludar a toda la gente que estaba en el Obelisco, los mismos organismos de Seguridad que nos escoltaban, no nos permiten avanzar. Mil disculpas en nombre de todos los jugadores Campeones. Una pena”.
Era imposible ya llegar al Obelisco. La improvisación y las especulaciones facciosas de los burócratas se conjugaron para omitir cualquier estimación que permitiera organizar dispositivos de seguridad medianamente eficaces y consideraran las previsibles incursiones del oportunismo vandálico y delictivo. Mucho más cuando, para tratar de congraciarse con la gente, el Presidente había decretado un feriado nacional.
La calle salvó al Palacio, invariablemente inmerso en el cálculo y la esterilidad de la fractura.