El rechazo del senador Martín Lousteau al mega-DNU operó, en la jerga mística impuesta por Javier Milei, como una revelación. Que el presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, exvicepresidente, se haya pronunciado en contra de la posición asumida por la bancada del partido que comanda, descubre una acefalía “de facto” que el cuestionamiento de los gobernadores boinablancas hizo todavía más nítida.
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La acefalía Lousteau
En el fondo, lo que el episodio deja expuesto es a esta altura la crónica ausencia de liderazgos consistentes en el radicalismo.
Lousteau preside el partido solo nominalmente, puesto que su gravitación no le resultó suficiente para arrastrar a su bloque en el rechazo al controvertido DNU. ¿Con esta falta de autoridad qué clase de titular del partido es?
En la contraparte, la impotencia del resto del radicalismo se manifiesta en el consentimiento a esa jefatura defectuosa, con un agregado no menor: los pergaminos radicales de Lousteau son insignificantes frente a los roles que ocupó en el peronismo y el kirchnerismo.
De ahí que sea tan sencillo desparramar la especie de que se trata en realidad de un infiltrado, cosa que coloca a la dirigencia del más que centenario partido en la incómoda posición de haber legitimado a un evidente usurpador.
Se trata nada menos que del ministro de Economía de Cristina Kirchner que ideó el fallido mecanismo de las retenciones móviles a las exportaciones agropecuarias plasmado en la famosa 125, que detonó la guerra entre el Gobierno nacional y el campo en 2008.
Si semejante hazaña no fue suficiente para alertar a los radicales del personaje que ponían al frente del partido, no es extraño que tampoco valoraran otros precedentes menos espectaculares, como el hecho de haberse desempeñado como presidente del Banco Provincia de Buenos Aires y Ministro de Producción del mismo distrito bajo el gobierno del peronista Felipe Solá.
Irradiado del ecosistema kirchnerista tras la hecatombe de la 125, Lousteau se las arregló para continuar en el candelero y fue elegido diputado nacional en la Ciudad de Buenos Aires en 2013. En 2015 consiguió hacerse designar embajador en los Estados Unidos por el entonces presidente Mauricio Macri, puesto al que renunció en 2017 por diferencias con la gestión de Cambiemos.
Fue electo diputado nacional nuevamente en 2017 y en 2019 senador nacional por CABA, butaca desde la que, con el rechazo al DNU, se encargó de estimular una crisis en la que el partido que encabeza está envuelto desde años, que lo condena a ser furgón de cola de proyectos políticos ajenos.
Las aspiraciones boinablancas son tan humildes que celebró como un gran avance el hecho de haber obtenido de los macristas el favor de las candidaturas a vicepresidente en las últimas elecciones: Luis Petri con Patricia Bullrich, Gerardo Morales con Horacio Rodríguez Larreta. La alegría les duró poco, arrastrados por el tsunami Milei.
El Presidente se complace en humillarlos y execrar la figura de Raúl Alfonsín, el último líder que tuvieron.
En Alfonsín se refugia Lousteau para justificarse por haberse cortado solo, con lo cual les hace un regalo adicional a sus correligionarios, al obligarlos a tolerar que Milei les agradezca por no haber seguido a su presidente después de haberlos vituperado de todas las formas posibles. La dispensa refuerza la humillación.
Se comparta o no la posición de Lousteau, es claro que subordinó la integridad del partido que le encomendaron conducir a sus ansias de protagonismo personal. Logró una visibilidad que le venía siendo esquiva, al costo de fracturar una UCR con la vocación de poder anonadada, anclada en lo testimonial, convertida en plataforma de aventuras personales.