Superado el incidente Adorni, Javier Milei acelera en una reforma electoral sobre cuyo diseño se tejen conjeturas en torno a una sola certeza: la eliminación de las PASO. Es una meta en la que coincide con Cristina Fernández de Kirchner.
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Keiko Kirchner
Derogar el dispositivo obligatorio de selección de candidatos estimula la fragmentación y ambos tienen un núcleo duro de adeptos incondicionales más voluminoso y ramificado en el país que cualquier otra figura. Les resulta conveniente impedir que se articule una organización de alcance nacional que pueda acortarles tal ventaja y las PASO, financiadas por el Estado, son un “corralito” electoral para evitar que los perdedores deserten con alternativas diferenciadas en las generales.
La eliminación le sirve a Milei para continuar fagocitando a Mauricio Macri como referente del no peronismo. A CFK, para dificultar el armado de amenazas internas a su liderazgo, que aún menguado y en declinación le permite retener el control administrativo del PJ. En el final del trayecto está el balotaje. Milei solo puede reelegir en primera vuelta si obtiene más del 45% o más del 40 con diez puntos de ventaja sobre el segundo.
“La Cámpora” esmerila sin tregua a Axel Kicillof, que carece de una proyección territorial significativa más allá de la Provincia de Buenos Aires, porque el objetivo del ultracristinismo es enfrentar a Milei en segunda vuelta con un candidato propio que sostenga la bandera de “Cristina Libre”.
Las enfáticas convocatorias a la unidad del peronismo que Máximo Kirchner reiteró en Parque Lezama enmascaran esta pretensión. La condición indefectible para la unidad de Máximo es la sumisión a su madre. Las prioridades retóricas son reveladoras: rendirse a CFK y al candidato que ella ponga a dedo es previo a triunfar sobre Milei.
Es interesante especular sobre los movimientos de “La Cámpora” a la luz de las últimas elecciones del Perú. Keiko Fujimori acaba de ganar la Presidencia en su cuarto intento, en balotaje y por milímetros sobre Roberto Sánchez, tras obtener en primera vuelta apenas el 17% de los votos.
Keiko es hija de Alberto Fujimori, que presidió el Perú entre 1990 y 2000, cuando fue destituido por el Congreso por “incapacidad moral permanente”. En 2009 fue condenado a 25 años de prisión por violaciones a los derechos humanos. Previamente lo habían condenado por corrupción y peculado. Estuvo preso 16 años desde 2007. Lo indultaron en 2017, se anuló el indulto, se lo restituyeron en 2023 y murió poco después.
Las diferencias entre el tenebroso régimen de Fujimori y la carrera política de CFK son, obviamente, inmensas, comenzando por el hecho de que CFK jamás violó el orden constitucional. Sin embargo, CFK está en prisión, acechada por nuevas causas, y opora sobre la escena política a través de su hijo, como Fujimori.
Esta similitud basta para que los maledicentes hayan puesto a circular el mote de Keiko Kirchner para referirse a Máximo. Keiko Fujimori consiguió sostener el legado de su padre nada menos que un cuarto de siglo hasta embocarla y devolver el apellido a la Presidencia peruana. Para eso le resultó indispensable mantener protagonismo político.
El ultracristinismo presiente que si cede a Kicillof, o a cualquier otro u otra que no lo encarne con tanta perfección como Keiko a Alberto Fujimori, está terminado. De ahí que juegue a la fragmentación del peronismo, en la idea de estar en la segunda vuelta ante Milei, aunque pierda. La eliminación de las PASO mientras retiene al mando del PJ le viene tan al pelo para esa meta como a los gobernadores e intendentes que, sin referencias nacionales, comienzan a maniobrar para blindar sus distritos.