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Colección SADE - Año borgeano

"Ítaca", de Kavafis, y el pensamiento de Borges

Por Jorge F. Chayep

(Primera parte)

22 de julio de 2026 - 00:50

Ítaca es una famosa isla griega del mar Jónico y un poderoso símbolo literario. Representa el destino final, el hogar anhelado y, sobre todo, la importancia del viaje en la vida por encima de la meta. En la Odisea, el magistral poema épico de Homero, es el reino al que el héroe intenta regresar tras la guerra de Troya, viaje que le consume diez años de su vida.

Konstantinos Kavafis, poeta nacido en Alejandría, Egipto, en 1863, fue uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna, y en 1911 escribió este maravilloso poema de profundo significado, que tituló:

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias. / No temas a los lestrigones ni a los cíclopes, / ni al colérico Poseidón, / seres tales jamás hallarás en tu camino, / si tu pensar es elevado, si selecta / es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. / Ni a los lestrigones ni a los cíclopes / ni al salvaje Poseidón encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma, / si no los yergue tu alma ante ti. / Pide que el camino sea largo. / Que sean muchas las mañanas de verano / en que llegues -¡con qué placer y alegría!- / a puertos antes nunca vistos. / Detente en los emporios de Fenicia / y hazte con hermosas mercancías, / nácar y coral, ámbar y ébano / y toda suerte de perfumes voluptuosos, / cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas. / Ve a muchas ciudades egipcias / a aprender, a aprender de sus sabios. / Ten siempre a Ítaca en tu pensamiento. / Tu llegada allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin aguardar a que Ítaca te enriquezca. / Ítaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que darte. / Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. / Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Ítacas.

Hay poemas que se leen; otros, en cambio, nos leen a nosotros. Ítaca, del poeta griego Konstantinos Kavafis, pertenece a esa rara estirpe de obras que parecen escritas para acompañarnos la vida entera. Su aparente sencillez oculta una de las meditaciones más profundas que he leído sobre la existencia humana. El poema, como ya adelantamos, se fundamenta en un episodio de la Odisea: el regreso de Ulises (en la mitología romana) u Odiseo (en la mitología griega) a la isla de Ítaca después de veinte años de aventuras.

Kavafis transforma ese clásico y antiguo relato en una metáfora universal. Ítaca deja de ser una isla para convertirse en todo aquello que da dirección y propósito a nuestra existencia: un sueño, un ideal, una vocación, una carrera, una meta anhelada, un logro a alcanzar, el amor, la búsqueda de conocimiento, o, simplemente, el sentido de vivir, de nuestra existencia.

El verdadero tesoro estará en la memoria de los mares navegados, en las tormentas superadas, en los libros leídos, en las lecciones comprendidas, en los amigos encontrados, en los amores vividos y en las preguntas que aprendimos a formularnos. El verdadero tesoro estará en la memoria de los mares navegados, en las tormentas superadas, en los libros leídos, en las lecciones comprendidas, en los amigos encontrados, en los amores vividos y en las preguntas que aprendimos a formularnos.

Desde el primer verso, el poeta interpela nuestra manera de comprender el éxito. No nos estimula a llegar pronto, sino sólidamente; a demorarnos en lograrlo mientras adquirimos experiencias y conocimiento. No nos habla de la llegada, sino del camino.

En una civilización urgida, obsesionada con los resultados, Kavafis reivindica el tiempo lento, el aprendizaje paciente y la riqueza de la experiencia adquirida. El verdadero tesoro nunca se encuentra al final; se va formando, con paciencia, casi imperceptiblemente, en cada jornada.

Los monstruos de la mitología (los Lestrigones, los Cíclopes y el airado Poseidón) adquieren un significado profundamente humano. No representan únicamente peligros externos. Son nuestros propios temores, prejuicios, resentimientos, fanatismos y desesperanzas. Kavafis afirma, con serenidad filosófica, que esos monstruos rara vez existen fuera de nosotros. Solo aparecen cuando los llevamos en el alma. La gran batalla en el viaje de la vida no es contra el mundo, sino contra nuestros propios miedos y sombras.

El poema es también una celebración apologética del conocimiento. Invita a detenerse en los puertos, a conversar con los mercaderes, a adquirir “perfumes, piedras preciosas”, saberes, experiencias y conocimiento. Todo cuanto parece accesorio termina siendo esencial. Porque vivir y triunfar no consiste únicamente en avanzar; consiste en contemplar, escuchar, aprender, estudiar, asombrarse y dejarse transformar por aquello que encontramos y aprendemos.

En este sentido, Ítaca es una profunda lección de humildad. Ningún viaje conserva intacto al viajero, lo transforma. Cada encuentro modifica nuestra mirada. Cada pérdida nos despoja de una ilusión y nos entrega más sabiduría. Cada alegría añade una luz nueva al recuerdo. Al final del camino, quien llega ya no es el mismo que partió.

Uno de los momentos más conmovedores del poema es aquel en que Kavafis afirma que Ítaca nunca tuvo otra misión que impulsarnos a emprender el viaje. La isla no nos debe riquezas extraordinarias. Ya nos dio el regalo más grande: la posibilidad de partir.

Es una idea de enorme profundidad existencial. Muchas veces creemos que nuestros sueños nos decepcionan cuando finalmente los alcanzamos. Pero acaso el verdadero milagro no consistía en lograrlos, sino en todo aquello que despertaron dentro de nosotros mientras los perseguíamos.

Hay en estos versos una sorprendente afinidad con las grandes tradiciones filosóficas. El estoicismo nos enseña que no controlamos el destino, sino nuestra actitud ante él. El budismo sostiene que el apego al resultado no es fuente de felicidad sino de sufrimiento. La filosofía existencial afirma que el ser humano se construye mediante sus propias acciones y elecciones.

Kavafis parece reunir todas esas posiciones en una poesía de extraordinaria delicadeza: el sentido de la vida no es un lugar al que llegamos, sino en quién nos convertimos durante el trayecto.

Por eso, cuando finalmente alcanzamos nuestra Ítaca, quizá la encontremos humilde, silenciosa e incluso pobre. Sin embargo, no habrá engaño, ni desilusión alguna. Seremos nosotros quienes lleguemos inmensamente enriquecidos. El verdadero tesoro estará en la memoria de los mares navegados, en las tormentas superadas, en los libros leídos, en las lecciones comprendidas, en los amigos encontrados, en los amores vividos y en las preguntas que aprendimos a formularnos.

Ítaca no es un poema sobre el regreso; es un poema sobre la transformación espiritual. Nos recuerda que ninguna meta justifica una vida apresurada y que todo horizonte vale menos por lo que promete que por lo que despierta en nosotros mientras caminamos hacia él.

Quizá esa sea la razón por la que este poema continúa emocionando a lectores de todas las épocas. Porque cada ser humano posee una Ítaca distinta, pero todos compartimos el mismo mar. Y mientras exista un horizonte que nos convoque, un puerto desconocido que despierte nuestra curiosidad y una esperanza que nos invite a seguir avanzando, el viaje seguirá siendo el más precioso de los destinos.

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