sábado 1 de junio de 2024
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Invisibilidad

En una de sus baladas menos inspiradas, Alejandro Sanz cantaba cuando nadie me ve, puedo ser o no ser. Es válido concluir –pese a que Sanz no se ha pronunciado al respecto– que estos versos consisten en un homenaje al afamado gato de Erwin Schrödinger, un felino que continúa la tradición ambivalente del gato de Cheshire popularizado por Lewis Carroll en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Es decir, gatos que juegan con la existencia misma y, en un sentido más práctico, con su visibilidad.

Al día de la fecha, la invisibilidad solo ha sido alcanzada con éxito en el terreno de la ficción. En la vida real, algunas tecnologías actuales han tenido avances en la materia, aunque sin lograr una invisibilidad funcional, pues en los casos exitosos ha sido condición que el objeto o la persona se mantengan inmóviles o se desplacen con suma lentitud. Existen reportes de la Universidad de Connecticut acerca de la creación de una manta que proporciona un ocultamiento total a la vista humana. Este artefacto ha sido víctima de su propio éxito: nadie recuerda dónde la dejaron.

En la vida real, algunas personas pueden alcanzar un remedo de invisibilidad que consiste en pasar desapercibidos. Esta condición, que puede ser una virtud o un defecto de acuerdo al contexto, y que en la mayoría de los casos resulta por completo involuntaria, explica los motivos por los cuales algunas personas deben llamar a los mozos vociferando y haciendo gestos exagerados mientras que otras apenas levantan las cejas y ya les traen el café. Esta invisibilidad parcial se asemeja a la que presentaba uno de los protagonistas de Mistery Men, que tenía la capacidad de volverse invisible, siempre y cuando nadie lo estuviera mirando.

Durante la década del sesenta, en España, se publicó una historieta que narraba las aventuras del Capitán Invisible. Una especie de apuesta artística extraña, pues el personaje central brillaba por su ausencia en las viñetas más importantes, apenas representado por globos de diálogo, objetos en el aire u onomatopeyas de sus golpes, mientras que en la tapa lucía gallardo y sonriente exhibiendo su traje con una “I” en el pecho (en obvia referencia a su nombre, Iker). Una elección estética cuanto menos discutible, pues a todas luces un hombre invisible no se preocuparía por su vestimenta. Este tebeo se erige como uno de los experimentos más fascinantes en narrativa, y precede a Garfield minus Garfield, la fabulosa intervención que remueve al célebre gato naranja de su propia historieta (cuánta presencia felina en esta columna) alcanzando niveles de angustia existencialista que ya quisiera Sartre. Y cómo olvidar, en este tren de pensamientos, la fantástica serie 31 Minutos, en la que se realizaban entrevistas de alto voltaje al Señor Invisible Mudo.

Por mí parte, confío en que algún día, gracias a los avances tecnológicos, la humanidad alcanzará la tan deseada invisibilidad. Solo espero estar ahí para verlo.

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