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Cara y Cruz

Inmersos en el patetismo

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16 de abril de 2022 - 01:10

En medio de una crisis económica con escasos –si no nulos- precedentes, con una sociedad estragada por la pobreza, acechado por impiadosas operaciones intestinas, el presidente Alberto Fernández apuesta a la ternura y difunde un video en el que sostiene el micrófono para las declaraciones de su compañera, Fabiola Yañez, feliz madre de Francisco, al que engrendró con el mandatario.

“Esto es una alegría enorme, todo salió muy rápido y perfecto, las condiciones en las que nació fueron fantásticas; estamos muy felices”, dijo, radiante.

Fernández, chocho, trasmitió a la prensa: “Gracias por acompañarnos, es un momento de mucha felicidad. Estos tres días goberné desde el sanatorio, hice venir a mis colaboradores porque quería acompañarla a Fabiola. En esto que tenemos que acostumbrarnos los hombres, a compartir las tareas de cuidado con las mujeres de nuestros hijos. Estoy feliz, contento, es un oasis en un tiempo tan difícil que nos ha tocado vivir”.

“Es bien sabido que yo no soy un católico muy practicante. Sí reconozco en Francisco un líder moral de una estatura enorme. Para mí es gratificante que lleve su nombre; el nombre representa mucho por lo que el Papa representa”, añadió. Un estadista hasta para nominar al hijo.

Estas postales de felicidad familiar de la pareja, salpimentadas con oportunismo, se producen en un contexto de desastre: 6,7% de inflación que implican más del 52% interanual y proyectan una escena en la que el bienamado Francisco, antes que con un pan, llega con un plan bajo el brazo.

Nadie ha de negarle al Fernández el derecho a la felicidad de ser padre ¿Cómo hacerlo? Para el tipo debe ser sin dudas “un oasis” en la catástrofe que le ha tocado en suerte.

El énfasis puesto en el alumbramiento es, sin embargo, notorio. Como buscando una empatía que sus responsabilidades como jefe de Estado le niegan.

No ha de ser la paternidad ni el subrayar esto de que “tenemos que acostumbrarnos los hombres a compartir las tareas de cuidado con las mujeres de nuestros hijos” lo que resolverá las críticas circunstancias que atraviesa el país. Nadie en su sano juicio supone que el Presidente se verá a partir de ahora agobiado por la tarea de cambiar pañales y los desvelos de cualquier padre en el llano a punto tal de resignar sus obligaciones institucionales, que son bastantes más complejas.

Lo que pasa acá es que el país está tan inmerso en el patetismo, que maniobras publicitarias como la que acaba de perpetrarse se asumen como normales. Corresponde resaltarlo, entonces: el Presidente de la Nación sostiene el micrófono para que su compañera se extienda sobre la alegría de un parto exitoso, mientras el país entero se debate en la escalada de la pauperización por la pérdida del poder adquisitivo de sus ingresos.

Para evaluarlo con alguna racionalidad, el embarazo de Fabiola Yánez viene tratándose como asunto de Estado desde su descubrimiento, hace menos de nueve meses, cuando lo advirtió antes que nadie, según dice la señora, el perro Dylan. Mientras tanto, los argentinos asistieron al derrumbe de su calidad de vida, correlativo a la dicha de la familia presidencial que festejaba cumpleaños en plena cuarentena.

Por muy Presidente que sea, que Fernández insista con la chochera de su paternidad es otro indicio de enajenación. No se limitó a informarla, cosa que sería comprensible: le dio micrófono personalmente a Fabiola para enternecer a un público que sin dudas espera de él otra cosa.

“¿Y di’ái?”, diría un norteño.

El Presidente habilitaba el protagonismo a su compañera mientras su vice, Cristina Kirchner, viva como pocos, desplegaba un discurso polémico en la apertura de la asamblea parlamentaria Eurolatinoamericana: “Que te pongan una banda y que te den el bastón no significa que tengas el poder”.

Hay gente que no se conmueve con nada, Alberto.n

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