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Cara y Cruz

Indiferencia suicida

8 de septiembre de 2022 - 00:40

La deserción de la mitad de los ingresantes de la Universidad Nacional de Catamarca debido a las deficiencias de su educación de base no ha generado en Catamarca mayores repercusiones. La noticia da cuenta de fracasos que van eslabonándose en la cadena educativa hasta precipitar el naufragio en el ápice, donde en teoría los jóvenes deberían completar una formación que los posicione mejor para defenderse en la vida en un mundo cada vez más competitivo. Esto, en un porcentaje que superó los presagios más pesimistas sobre los efectos de la pandemia.

La indiferencia induce a pensar que quienes tienen responsabilidades funcionales en el problema lo han naturalizado al punto de considerar que su reversión depende del mero paso del tiempo, o peor: son conscientes de que comenzar a resolverlo depende de lo que hagan, pero el esfuerzo les parece excesivo y prefieren diferir decisiones y debates impostergables y descargar el compromiso en otros. Lamentable en cualquier caso.

La degradación educativa es la tragedia más grave que aqueja al país y en Catamarca es particularmente grave.

El derrumbe de los indicadores sociales establece un orden de prioridades solo aparente. Para una persona expulsada del sistema educativo o que consigue permanecer en él pero no alcanza una formación siquiera elemental, el destino de la exclusión es el más probable.

Los resultados de las primeras pruebas Aprender después del devastador confinamiento sanitario fueron pésimos, pero mostraron la profundización de una inercia que viene de años y, como en las anteriores, el desempeño de los estudiantes del sector privado fue superior a los del público.

O sea: la estructura educativa se ha distorsionado de tal manera que para acceder a una formación de calidad se requieren recursos económicos.

El desplome en la educación pública, además, opera como mochila de plomo y va induciendo el mismo proceso en la privada, como si las fronteras de la mediocridad fueran corriéndose. Significa que la exigencia y la expectativa bajan, aún pagando y que la posibilidad de excelencia demanda una capacidad económica de las familias cada vez mayor.

En febrero de 2019, el entonces director del Centro de Estudios de la Educación de la Universidad de Belgrano, Alieto Guadagni, analizó un panorama signado por la fuga acelerada de alumnos del sistema de educación pública hacia el privado, la depresión de los salarios docentes, el incremento exponencial de los cargos pese a la drástica reducción de la matrícula, la pérdida de días de clase por paros y proliferación de feriados y la indiferencia de la política y de la sociedad hacia el derrumbe.

Para Guadagni, la crisis era “consecuencia de decisiones políticas que convirtieron a la educación pública primaria y secundaria en engranaje del clientelismo. Argentina es uno de los países que más presupuesto destina a la educación, al mismo tiempo que exhibe los sueldos docentes más bajos. En lugar de jerarquizar la carrera docente, se prefirió incrementar el número de cargos, de modo que, mientras en el resto de los países de América Latina hay entre 18 y 20 alumnos por docente, en la Argentina hay 12”, consignó.

De tal modo, el sistema educativo argentino, que fue ejemplar como igualador social, se ha convertido en engranaje de la exclusión y la movilidad social, que no ha desaparecido pero cambió diametralmente su orientación: en vez de ascendente, es descendente.

No se trata de un asunto cuyo abordaje pueda demorarse sin consecuencias hasta que se resuelvan otros considerados más urgentes.

Es imperioso comenzar a desmontar el andamiaje del fracaso, pero el tema no figura en la agenda de la corporación educativa. Ni los alarmantes índices de deserción de la UNCA, marcados por el rector Oscar Arellano, consiguieron conmover una apatía cuya proyección es suicida.

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