miércoles 25 de enero de 2023

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Editorial

Incoherencias endémicas

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Si bien es cierto que los empresarios festejan el crecimiento de la industria en los últimos dos años (creció 15,4% en 2021 y crecerá cerca del 5% este año), luego de la debacle que el sector sufrió durante la gestión de Cambiemos (cayó un 14% entre diciembre de 2017 y el mismo mes de 2019), también lo es que hay una mirada crítica hacia la política de restricción de importaciones que implementa el Gobierno nacional.

Esa política se basa fundamentalmente en la regulación implementada por el Banco Central a través de un sistema de cupos, y se endureció a partir de la denuncia pública realizada por la vicepresidenta Cristina Kirchner en junio de este año respecto de que regía en el país “un festival de importaciones”. El aumento desmedido de las importaciones, que agravaron el déficit de divisas y achicaron notablemente las reservas, tiene varias explicaciones, algunas vinculadas a la dinámica propia de la economía y otras a maniobras especulativas.

En el afán de desbaratar “el festival”, el gobierno, antes de que Sergio Massa asumiera como ministro de Economía con superpoderes, incrementó los controles. Y Massa no hizo otra cosa que convalidar esa política, al punto que extendió las restricciones por lo que resta del año.

Los dos modelos económicos –y de país- que han tenido vigencia en los últimos años tienen visiones contrapuestas respecto del manejo de las importaciones. El gobierno de Cambiemos, a tono con su ideología liberal, promovió una apertura de las importaciones con muy pocas restricciones, lo que fue letal para muchas ramas de la industria nacional. El sector textil, por ejemplo. El actual gobierno, en el afán de regularlas, suele abusar de las exigencias para el ingreso de determinados productos o restringir demasiado los cupos. El control razonable para proteger la industria local es beneficioso, pero los requisitos exagerados suelen funcionar como un escollo para el propio desarrollo del sector, sobre todo si no se verifica un aceitado y planificado proceso de sustitución de importaciones.

Entre los productos importados que escasean se encuentran los cables y caños de cobre. Resulta paradójico que Argentina, que durante casi dos décadas se situó entre los diez productores más importantes de cobre, tenga ahora que importar productos que resultan de agregarle valor a esa materia prima. Los cables y caños de cobre también faltan en Catamarca, de cuyas entrañas se extrajeron millones de toneladas en bruto de ese metal desde mediados de la década del noventa.

El problema de las importaciones expone con crudeza las incoherencias endémicas de la economía argentina: la apertura indiscriminada que arrasa con la producción local, las trabas que le ponen freno al crecimiento y la exportación de materia prima sin procesar, que vuelve al país en forma de producto elaborado y mucho más caro como consecuencia del valor agregado en otros países.

Deben admitirse –y hasta son deseables- los debates sobre los modelos de país que proponen proyectos bien diferenciados. Lo que no admite discusión es la necesidad de terminar con las medidas que, basadas en rígidas posturas ideológicas, arrasan con la producción nacional o le ponen frenos constantes a sus posibilidades de desarrollo.

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