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Cara y Cruz

Hacia lo microscópico

11 de octubre de 2022 - 01:10

El entorno del presidente Alberto Fernández pretendió traficar como una señal de autoridad los cambios en el gabinete operados tras la crisis por las represiones a las comunidades mapuches en Río Negro y a aficionados al fútbol en La Plata. Misión imposible: que el mandatario no haya consultado al kirchnerismo u otros actores del ecosistema peronista para rediseñar su equipo no obedeció a una decisión de prescindir de sus opiniones, sino que a que no les interesa formar parte de un Gobierno al que consideran agotado. Todos dejaron trascender su supuesto “enojo”, pero ninguno se esforzó demasiado por cubrir los casilleros disponibles.

El encumbramiento de Victoria Toloza Paz en Desarrollo Social, Kelly Olmos en Trabajo y Ayelén Mazzina en Mujeres, Género y Diversidad, en reemplazo de Juan Zabaleta, Claudio Moroni y Elizabeth Gómez Alcorta, respectivamente, se ejecutó sin los escarceos internos que suelen caracterizar los enroques.

Falta poco para que Fernández, cuya vocación de trovador es conocida, suplante a Lito Nebbia por Julio Jaramillo y empiece a entonar “odio quiero más que indiferencia”. O por Alfredo Zitarrosa: “Doña Soledad”.

El caso de “Juanchi” Zabaleta es el que mejor refleja el espíritu desertor que se extiende en la administración nacional, en la estela de los gobernadores que desacoplan elecciones provinciales de las nacionales. Retorna a la Intendencia de Hurlingham para preservar su territorio de la derrota que avizora a nivel nacional para el Frente de Todos, si es que la alianza consigue mantenerse íntegra.

Toloza Paz es una albertista paladar negro que complementa en el organigrama el control sobre lo que el Jefe de Estado consiguió salvar del despellejamiento al que lo sometió el ultracristinismo: la gravitación de las organizaciones sociales, sobre todo el Movimiento Evita de Emilio Pérsico y Fernando “Chino” Navarro, en la administración de los programas de asistencia a pobres y pauperizados. Pertrechos para pelear la interna con la que todavía sueña, o asegura soñar, para intentar su reelección.

Para sustituir a Moroni en Trabajo, el kirchnerismo al parecer proponía a Héctor Recalde, pero las aspiraciones no fueron tan fuertes como para disputarle el puesto a Kelly Olmos, otra albertista leal.

Ayelén Mazzina, por último, es del gobernador puntano Alberto Rodríguez Saá, único que agarró viaje.

Las monocordes referencias políticas de los nuevos funcionarios inducen a suponer que nadie con mediano peso se inquietará demasiado por el éxito de sus gestiones y que, por el contrario, los ignorados por el gesto de autoridad del Presidente se preparan para caerles sin piedad al primer traspié.

Es el eclipse de la tregua pactada para darle tiempo a Sergio Massa a enderezar mínimamente la economía. La duración del armisticio intestino se acortó con los incidentes de Lago Mascardi y La Plata, que dejaron expuestas contradicciones insalvables en la concepción sobre los derechos humanos. Gómez Alcorta las hizo explícitas en su carta de renuncia, con severos reproches al ministro de Seguridad Aníbal Fernández por los destratos a las mujeres mapuches.

La descomposición se acelera, y con ella el impulso al sálvese quien pueda. Alberto se aferra a un milagro que pueda alumbrar Massa, para ir por lo mismo que quiere Massa: la Presidencia. Pero el fin de ciclo se huele en el aire y la fragmentación del peronismo asoma como irreversible. Cada jugador se repliega sobre su trinchera par aguantar en el llano.

Incluido el Presidente, cuya mesa chica se contrae, en evolución hacia lo microscópico.n

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