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Editorial

Hablar sin miedos

9 de diciembre de 2022 - 09:32

La incorporación del “grooming” como figura delictiva en el Código Penal argentino ha tenido el efecto positivo de canalizar adecuadamente desde el punto de vista judicial denuncias de ese tipo, pero también de tornar visible este tipo específico de delito contra la integridad sexual infantil. La denominada Ley de Grooming, que lleva el N° 26904, no es otra cosa que la incorporación en el Código del artículo 131, que señala que “será penado con prisión de seis (6) meses a cuatro (4) años el que, por medio de comunicaciones electrónicas, telecomunicaciones o cualquier otra tecnología de transmisión de datos, contactare a una persona menor de edad, con el propósito de cometer cualquier delito contra la integridad sexual de la misma.”

Es importante señalar que para que se cometa el delito de grooming, no es necesario que el abuso sexual se concrete, aunque esto algunas veces termina sucediendo. Este año fue condenado en Catamarca un hombre que cometió el abuso, lo que elevó la pena a 14 años de prisión. Se trató del tercer caso en el que una persona es condenada por grooming en la provincia, pero el primero en el que hubo abuso.

Que el conocimiento de este tipo de conductas se haya generalizado es positivo porque pone en alerta a los padres o mayores que tienen a su cargo niñas, niños y adolescentes. El acoso a menores a través de dispositivos electrónicos es, lamentablemente, mucho más común de lo que se piensa. El último informe, presentado hace un par de semanas por la organización Grooming Argentina, reveló que uno de cada cuatro niños y adolescentes argentinos de entre 9 y 17 años afirmó haber recibido un pedido de fotos íntimas a través de la red. El trabajo también especifica que el 69% de las personas que les piden ese contenido íntimo a los niños y adolescentes es un desconocido. Del 31% restante, el 20% fueron amigos y el 11% algún familiar cercano.

Los autores del informe alertan sobre un problema de difícil resolución: las chicas y los chicos no toman conciencia de su condición de víctimas de este tipo de delitos. La manipulación de la que son objeto por parte de los victimarios les impide advertir que están siendo acosados. A veces entienden que son parte de un juego y no, en realidad, víctimas de un delito.

Otra dificultad para avanzar en la investigación de posibles casos es que los chicos muchas veces, aunque sean conscientes del acoso al que son sometidos, no lo comunican por vergüenza o el miedo a represalias.

Hablar sin miedos del tema es imperioso, en la escuela pero también en el seno de las familias, para que los chicas, chicos y adolescentes tomen conciencia de que la amenaza es real, y además para que tengan la confianza de que serán escuchados, contenidos y defendidos a través de los mecanismos que prevén los procedimientos legales que se ponen en marcha en estos casos.n

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