Que el candidato de un Gobierno implosionado, que llevó la inflación al 150% y la pobreza a más del 40, retenga expectativas de ganar las elecciones en la Argentina solo puede considerarse extraño...
Que el candidato de un Gobierno implosionado, que llevó la inflación al 150% y la pobreza a más del 40, retenga expectativas de ganar las elecciones en la Argentina solo puede considerarse extraño si se omiten las características de sus antagonistas.
Sergio Massa es incluso el último ministro de Economía del desastre y, dada la defección del presidente Alberto Fernández y la vice Cristina Kirchner, presidente de hecho, pero tales condiciones no afectan sus chances porque tanto Javier Milei como Patricia Bullrich expresan también la degradación del sistema.
La calidad de la oferta electoral refleja la impotencia de las instituciones para gestionar el litigio político, tomadas como instrumentos para la consecución de objetivos particulares. En el país de los ciegos, el tuerto es rey.
Milei es el emergente brutal. Acaudilla una propuesta milenarista, pregona un relato según el cual un nuevo tiempo se iniciará desde la tierra arrasada, con una precariedad conceptual que prospera abonada por las mistificaciones y las defraudaciones encadenadas de lo que llama “la casta”.
Bullrich intenta ganar terreno tras un fracaso que sus compañeros de ruta no tienen interés en reprocharle a las puertas de una elección que podría arrastrarlos a todos si resulta desfavorable: fue incapaz de liderar el triunfo en la PASO sobre Horacio Rodríguez Larreta y cortar el cordón umbilical con Mauricio Macri.
Esta negligencia afirmó la impresión de que había sido mero instrumento del expresidente para neutralizar la insubordinación de Rodríguez Larreta, quien tampoco se animó a ir a fondo en el desafío al liderazgo de su jefe.
¿Será dependencia anímica? Lo cierto es que la falta de audacia de Bullrich y, antes, Larreta, contribuyen a dar aparente consistencia a los delirios de Milei y las irresponsabilidades demagógicas de Massa.
Las limitaciones de Bullrich se hacen más ostensibles en cuanto se considera el potencial para proyectarse que le dieron las victorias obtenidas por Juntos en las elecciones provinciales desdobladas.
Que los protagonistas de estos triunfos provengan mayormente al radicalismo no debería ser un obstáculo para ella, sino todo lo contrario: podría haber sido una oportunidad para diferenciarse y matizar la influencia que Macri tiene sobre ella. Es decir: para darle más volumen político a su figura.
En lugar de eso, Bullrich acentuó la imagen de su falta de autonomía anunciando que Horacio Rodríguez Larreta será su jefe de Gabinete y que Fernán Quiroz, secretario de Salud de CABA, encabezará el área de Salud de su eventual gestión. Los dos porteños, los dos del PRO y los dos derrotados: Larreta retiró la precandidatura a Jefe de Gobierno de CABA de Quiroz para beneficiar a Jorge Macri, primo de Mauricio.
El impacto que estos anuncios vayan a tener más allá de la metrópoli está por verse. Es seguro, en cambio, que apuntan a mostrar la unidad del PRO en CABA, donde parte del radicalismo, enfilado con Martín Lousteau, se muestra insumiso. Es decir: responden a los intereses de Mauricio Macri, con lo que exponen una falta de vocación de poder de Bullrich demasiado contrastante con lo que exhiben Milei y Massa. Además, marcan la persistencia de una endogamia en el macrismo que conspira contra la integridad de Juntos.
Desde otra perspectiva, se revela una continuidad de criterios municipales para la construcción política entre Larreta y Bullrich, que circunscriben su visión al ejido de la CABA sin considerar al resto del país.
Bullrich no visitó Catamarca, por ejemplo. Mandó a su candidato a vice, Luis Petri, como Larreta mandaba sus funcionarios en las primarias.
Más repercusión tuvo la visita de la boxeadora Alejandra “Locomotora” Olivera, el último anabólico que Juntos se avino a prestarle a sus alicaídos candidatos locales. No deja de ser un gesto, aunque es difícil interpretar de qué.