Uno de los temas que generó intensas controversias posteriores al debate presidencial fue el de las relaciones comerciales de Argentina con el resto del mundo. Lo trajo el candidato oficialista para fustigar al opositor, continuando con un estilo al que apeló durante todo el debate para correr el eje de la discusión sobre la actual crisis económica, juego en el que el libertario cayó con ingenuidad.
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Fundamentalismo de mercado
Javier Milei, en una de sus tantas apariciones en los medios de comunicación durante la campaña electoral había dicho que, en una eventual presidencia suya, rompería relaciones con Brasil y China por ser “dos países comunistas”. No habló solo de relaciones comerciales, sino de relaciones en general, entendiéndose también las diplomáticas.
El domingo pasado se habló, sin embargo, solo de relaciones comerciales. “Creo que el Estado no tiene que interferir en las relaciones comerciales. El Estado no tiene que meterse a decir con quién tengo que comercializar y con quién no. Para los que han dicho que yo no quiero comerciar con China o Brasil, les digo que es una cuestión de los privados, no tiene por qué meterse el Estado”, se defendió Milei. Es decir, según la reflexión del dirigente libertario, las relaciones comerciales internacionales las definen los privados.
Entre el lunes y ayer su postura fue refutada por expertos que profesan distintas ideologías políticas, pero que coinciden en que todos los estados del mundo invierten gran cantidad de recursos –económicos y humanos-, a través de embajadas y agregados comerciales para abrir mercados para las empresas de sus países. Las principales beneficiadas con la intervención del Estado son las pequeñas y medianas empresas, que sin ese apuntalamiento no podrían de ningún modo exportar sus productos. Además, el comercio internacional está regulado por organizaciones supranacionales, como la Organización Mundial del Comercio.
La posición libertaria encierra, además de un fundamentalismo de mercado que no se practica en ningún país, un llamativo desconocimiento del funcionamiento del Estado, lo que abre interrogantes respecto de la solvencia para encarar otros asuntos estratégicos de gobierno.
Pero en rigor lo que más importa determinar es la postura que tendrá Argentina, más allá de sus circunstanciales gobernantes, en materia de política internacional. Como ya se ha señalado en esta misma columna, en un mundo donde gana terreno cada día más el multilateralismo es preciso abandonar posiciones dominadas por argumentos ideológicos y analizar exhaustivamente los caminos más convenientes para la inserción argentina en el contexto global.
Lo expuesto no implica desertar de una línea clara en materia diplomática, congruente con los intereses nacionales, pero de ningún modo esa postura general puede funcionar como restricción para que las empresas argentinas, aún las medianas y pequeñas, puedan colocar sus productos en otros países, sobre todo si tienen mercados de un tamaño formidable, como China y Brasil.