domingo 19 de mayo de 2024
Lo bueno, lo malo y lo feo

Felipe Varela: La interminable espera

Rodolfo Schweizer.

Especial para El Ancasti.

Recordar aquí hoy, 2024, a Felipe Varela, puede parecer extraño y sin sentido, dado los problemas acuciantes del presente. Pero no lo es si se tiene en cuenta que la crisis actual de nuestro país se origina en el modelo de país que su derrota hizo posible. Como todos sabemos, Varela y sus ideas de progreso e incluso geopolíticas fracasaron al ser derrotadas en Pozo de Vargas un fatídico miércoles 10 de abril de 1867, lo cual selló para siempre un derrotero político que 157 años después terminó en este país en crisis que tenemos, que todavía carece de un plan de desarrollo propio.

Si queremos entender las razones de la tragedia actual, debemos volver sobre nuestros pasos y reflexionar, no para volver al pasado que ya fue, sino para extraer lecciones y evitar seguir cayendo en errores empaquetados en visiones y teorías falsas, sobre todo económicas, que al final fracasan o caen derrotadas ante nuestra realidad o a manos de un mundo en caos, que no garantiza el triunfo a ninguna idea venida del cielo y menos a imitadores de turno. Desde 1862, 121 ministros de economía o hacienda precedieron al actual y 28 lo hicieron desde que volvió la democracia. Y todo sigue mal o peor.

Esto demuestra que algo anduvo y anda mal en el proyecto de país que se concibió en el pasado y todavía concebimos en nuestra imaginación, máxime ahora cuando se plantea hacer del Estado una figura decorativa, para entregar la sociedad a los mismos intereses que lo malversaron en casi todo el siglo 20 hasta estos días. Vayan pues estas líneas para recordar al último héroe del interior, al que paradójicamente la historia hoy le demuestra que tenía razón cuando planteaba crear un modelo de nación a partir de su propia cultura y realidad histórica, no una copia falsa de otras. Recordemos aquella desventura para entender nuestra situación.

Lo que siguió a la derrota de la propuesta de Varela fue un Estado inspirado en el ideario de una Europa liberal que, a menos de cien años de la Revolución Francesa y de la norteamericana, proclamaba, en los papeles, la potestad del individuo a bordo del eslogan libertad, igualdad y fraternidad, más las promesas del progreso a bordo del avance de la ciencia. Eran los tiempos de la Revolución Industrial en Europa y en nuestro país había materia prima disponible como para engancharse al negocio: por un lado, una mentalidad elitista absorbida intelectualmente por la utopía europea, que les imponía una visión imitativa como sinónimo de progreso y, por el otro, una riqueza a granel acumulada a lo largo de casi 400 años, provista por el ganado cimarrón que ofrecía cuero y sebo en la pampa húmeda, una tentación inigualable para una elite portuaria que pensaba al país desde sus bolsillos, no desde la idea de crear un modelo mejor y más justo que lo de Europa, al servicio de un nuevo tipo de nación. Ése fue nuestro pecado original.

Sin embargo, la idea de aprovechar la situación no era fácil, dado el atraso cultural y social que se había heredado del coloniaje español. Dado que nuestro país no ofrecía las condiciones económicas y sociales para sostener la idea de desarrollo que se vislumbraba desde el puerto, se apeló a un entendimiento económico y financiero con la Inglaterra imperial de entonces, dueña del mundo a bordo de su flota, que gustosamente aceptó el convite, dado el potencial ganadero de la pampa húmeda, al que luego se sumó la estrategia de atraer inmigrantes, también a granel, con el fin de desarrollar la agricultura intensiva, que luego definió el perfil agrícola del Litoral argentino. El resultado fue el perfil agroexportador que nuestro país desarrolló a lo largo de todo el siglo 20 como base de su economía, modelo en el cual el interior, poco poblado, atrasado, empobrecido y atado a una economía colonial de sobrevivencia, fue dejado de lado como un costo colateral e inevitable, pero al que había que someter a la fuerza si era necesario, para proyectar una imagen domesticada de nación-estado. En ese contexto surgió Felipe Varela, para reclamar otro modelo de país más justo.

De ese montaje entre una Inglaterra imperial y las elites portuarias de Bs.As. nace el modelo de país actual, una matriz de funcionamiento que empoderó a las elites portuarias al asegurarles el control de la economía, pero encadenó el interior al subdesarrollo que hoy tenemos. La derrota de Varela les garantizó la pacificación y absorción del norte argentino a los planes de las elites porteñas, la que consolidaron económicamente a través de una infraestructura económica convergente hacia el puerto que construyeron los ingleses (ferrocarriles), a la que se adicionó una reforma constitucional en 1866 para nacionalizar las aduanas, lo que benefició obviamente a la aduana porteña, base del poder económico de las elites locales que lo administraban, lo cual les permitió afianzar su poder sobre el resto del país.

Todo esto apuntaló el desarrollo de un país imitativo en aquellos tiempos, con una economía elemental basada en la exportación de recursos primarios, que hoy sigue como modelo nacional, esta vez a bordo de la soja fundamentalmente y ahora del litio y posiblemente de Vaca Muerta, pero que ya no alcanzan para sostener el viejo modelo heredado de la generación de 1880 y generar un país que pueda competir con los desafíos tecnológicos y la globalización de la economía mundial. Una simple sequía demuestra el punto. Pero la relación de dependencia no cambió. Hoy el control del interior desde Bs.As. cabalga a lomo de la coparticipación federal, los fondos fiduciarios y los ATN, estos últimos manejados a criterio del PE, que más se parecen a pagos de rescate para mantener el statu quo de poder entre elites, bajo una imagen de nación federal al mínimo, que a planes de desarrollo. Bueno es recordar que alrededor del 75% de los presupuestos provinciales en el NOA siguen atados a esos fondos.

El último recurso

Interesados o impedidos por la arrogancia de aceptar el fracaso del modelo económico que las elites intelectuales y políticas de finales del siglo 19 (Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Juárez Celman, Roca) impusieran al país, ahora, ante la crisis del desarrollo impuesto al país estos últimos 50 años, se pretende desacreditar al Estado como institución culpándolo del fracaso. Desde lo más alto del poder se proclamó a los cuatro vientos que “el Estado todo lo hace mal”, que es un “bobo”, como si al Estado lo asistiera una cualidad humana como la inteligencia para decidir en qué dirección actuar. Esta ligereza en la calificación del Estado con el fin de salvar a los políticos pasa por alto que, si el Estado actúa mal, es porque el que lo administra o lo dirige actúa mal. ¡No al revés!

Pero, como si esto fuera poco, ahora se propone algo etéreo como “el mercado” la responsabilidad de rescatar al país de su crisis. Volvemos así a 1958, a los tiempos de don Álvaro Alzogaray y su apelación al mercado como el salvador, a los años de 1990 de Menem-Cavallo, cuando se desmanteló al Estado privatizando lo poco bueno que tenía (YPF, etc.) y se destruyó su capacidad de planeamiento, para llegar a este presente sin nada, sin suficiente energía eléctrica, asfixiados por el calor, atosigados por la sequía y la falta de planeamiento de un Estado desde donde se sigue pretendiendo salir de la crisis apelando a las mismas teorías económicas del pasado que lo hundieron, como lo es la del “mercado” salvador y el monetarismo.

Esto de tratar de desarrollar una “sociedad de mercado” como futuro a bordo de una “economía de mercado” mercantilizando la cultura, no solamente choca con la pobreza de la sociedad actual que la hace imposible, sino que pasa por alto el costo moral que implica para una sociedad impulsar el individualismo y el consumismo como norma de vida y base de las relaciones sociales.

Estas políticas alejan a una sociedad del sentido de solidaridad que es la base espiritual de una nación, aumentando la brecha social entre los que tienen acceso al dinero y los que no. Una sociedad donde el “todo vale” termina generando situaciones como las que hoy vive Rosario, en que la recurrencia a la fuerza es la única iniciativa para tratar de superar el problema del narcotráfico, producto de una sociedad agotada y sin esperanzas. Aquí conviene recordar que estos dislates económicos no funcionan ni siquiera en países de punta como EE. UU. donde el Estado se reserva su rol como regulador de las relaciones sociales y de la economía (los que lo duden, que se remitan a la función de la Reserva Federal). Basta ver lo que le pasó a Apple hace unos días por sus acciones monopólicas o hace años, en los 80, cuando se prohibió la propaganda callejera del consumo de cigarrillos y alcohol, hoy extendida al uso del celular en las aulas escolares o al fomento de las comidas rápidas en los niños por la epidemia de obesidad entre ellos y mil cosas más.

Conclusión

El Estado en nuestro país sigue atado en sus formas y en su modelo de desarrollo a los mismos criterios que le fijaron las elites que le dieron forma después de Caseros en el siglo 19, un funcionamiento centralizado en su control desde Bs.As., que anula la posibilidad de crear alternativas de desarrollo para el resto del país. Lo prueba la imposibilidad de crear, por ejemplo, una salida alternativa a la Hidrovía Paraná-Río de la Plata para las exportaciones a través de la construcción de una salida hacia el Pacífico por el centro del país. Las razones son simples: una vía de salida al Pacífico cambiaría el centro de gravedad económico del país, generando otro modelo de desarrollo.

En otras palabras, en el interior seguimos como en tiempos de Felipe Varela, como hace 157 años. Las matemáticas representativas de las provincias en el congreso no son garantía de federalismo, como el tema de los fondos fiduciarios lo demostró hace pocas semanas atrás, ni de desarrollo económico. La estructura funcional del Estado actual lo hace posible; esa estructura al servicio de los intereses nucleados vivencialmente alrededor del Río de la Plata a los que Felipe Varela combatió y ante la cual cayó derrotado en Pozo de Vargas aquel 10 de abril de 1867 que aquí recordamos. Ojalá sus ideas sean comprendidas por los jóvenes de hoy en día y que su sacrificio a 157 años de su derrota sirva de ejemplo a quienes hoy les interese crear un nuevo modelo de país, no una nueva versión de su fracaso. Solo entonces se acabará la espera.

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