El uso de estrategias de demolición para prevalecer emparenta a Cristina Fernández de Kirchner, Elisa Carrió y Patricia Bullrich.
El uso de estrategias de demolición para prevalecer emparenta a Cristina Fernández de Kirchner, Elisa Carrió y Patricia Bullrich.
El método es menos perceptible ahora en el caso de la Vicepresidenta, pues ha conseguido introducir a las tribus del justicialismo en su burbuja épica para que la defiendan, con intensidad y entusiasmo variable, ante lo que postula como un ensañamiento judicial. Pero se trata de una excepción.
Antes de la filípica del fiscal Diego Luciani, que la hizo acordarse de la existencia del redil pejotista y sus rituales, su derrotero se caracterizó por la erosión sistemática de la autoridad del presidente Alberto Fernández –presidente del PJ-, con dos picos: la deserción de sus legisladores cuando se votó el acuerdo con el FMI y la eyección de Martín Guzmán del Ministerio de Economía.
En contrapartida, el momento hace más evidentes las propensiones de Carrió y Bullrich en la vereda de Juntos por el Cambio.
La líder de la Coalición Cívica desencadenó un sismo en la alianza opositora cuando denunció los vínculos de varios de sus más caracterizados referentes con el entonces recién designado superministro Sergio Massa.
El empoderamiento de Massa marca la apertura de una vía hacia la menemización del peronismo, cuya competitividad depende de los resultados que obtenga. Es una potencial variación del escenario bajo la cual el peronismo, circunstancialmente reagrupado en torno a Cristina, podría meter el cuchillo en el electorado de Juntos por el Cambio.
De ahí los blancos del ataque de Carrió: peronistas exiliados en el macrismo, dúctiles para reciclarse; radicales que podrían ser arrastrados por el jujeño Gerardo Morales. De ahí también las conjeturas sobre el origen de su polémica intervención, a partir de la funcionalidad que tendría en la interna de Juntos. Pero más allá de los que fueron exentos de la perdigonada, una de esas funcionalidades fue reponerla en un espacio central dentro de la alianza, que la tiene entre sus fundadores. Recordó puntualmente sus operaciones para evitar que Massa ingresara en ella, como propuso infructuosamente Morales en la Convención radical de Gualeguaychú en 2015.
La última exposición de dientes de Bullrich, que preside el PRO, fue para criticar al Jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta por ser excesivamente blando con la insurrección cristinista de Recoleta.
En este caso, Bullrich expresa lo más extremo del ala de Juntos denominada “halcones”, su ataque tiene un objetivo evidente a primera vista: Rodríguez Larreta quiere ser candidato a Presidente, igual que ella y es “paloma”.
Más preocupación le habrá provocado a Bullrich que el cristinismo seleccionara a su adversario interno como enemigo y lo designara el “halcón” represor de la hora. Faltaría que el alcalde pretenda suplantarla como “Harry el Sucio” de Juntos por el Cambio.
Los estallidos con los que Carrió y Bullrich reempinaron protagonismo demandaron la reunión del alto mando de Juntos para tratar de contener daños y calmar las pasiones desenfrenadas.
El reagrupamiento peronista en defensa de Cristina se ajusta a la misma secuencia. Se produjo a partir de su respuesta al alegato del fiscal Luciani, en la que advirtió que el juicio por corrupción en la obra pública que la amenaza es menos contra ella que contra el peronismo, e incluyó en los ejemplos para exponer las diferentes varas que utiliza el Poder Judicial, que no se hayan indagado sobre actividades de Néstor Kirchner, su difunto esposo y fundador epónimo del movimiento que ella lidera.
Si tiró a la parrilla a Néstor, ¿qué pueden esperar tantos otros? Incluidos Fernández y Massa, jefes de Gabinete de Gobiernos que, a criterio de Luciani, funcionaron como una asociación ilícita.