La historia de Roberto José Carmona es prueba irrefutable del fracaso del sistema penitenciario argentino. Fracaso, habría que aclarar, si el objetivo efectivamente, como suele declamarse, fuese la recuperación del interno para su reinserción en la vida social. Pero el sistema carcelario argentino, en realidad, más allá de lo que se proclame, no está diseñado para ese fin, de modo que los resultados que se obtienen son acordes a las características de su funcionamiento. Las cárceles funcionan prácticamente como una escuela de delincuentes y los institutos de menores vendrían a ser “la primaria”.
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Escuela de delincuentes
Carmona se fugó hace algunas semanas, aprovechando el descuido de los guardias durante un partido de Argentina en el Mundial. Apenas logró escaparse asesinó a un taxista en Córdoba. Fue su cuarto homicidio: el primero lo cometió en 1986, cuando mató a una adolescente de 16 años. Por entonces tenía solo 23 años, pero ya había pasado buena parte de su niñez y adolescencia en institutos de menores. Hasta el día de la fecha, Carmona pasó más de medio siglo encerrado y debe purgar varias condenas a cadena perpetua.
Durante el juicio por el crimen de la adolescente, en agosto de 1986, el presidente del tribunal le formuló a una psicóloga forense una pregunta inquietante: “¿Si usted tuviera que poner en el banquillo de los acusados, a quién pondría, a la sociedad o a Carmona? La perito respondió: “Pondría a ambos: a la sociedad porque genera personas como Carmona con sus institutos de menores que no resocializan a nadie, sino que conforman personalidades; con su forma de tratar a los menores a los que no resocializan, conforman estructuras de personalidad psicopáticas como las que hoy tiene Carmona, de corte sociopático. Y al acusado, porque comprendiendo y dirigiendo su actuar, optó por lo que hizo”.
Carmona es casi el resultado inevitable del sistema carcelario argentino, que lo ha moldeado, potenciando su personalidad sociopática en vez de refrenarla. El sistema castiga, pero de ninguna manera resocializa. Los que salen mejores son la excepción a la regla. Son ejemplos que deben destacarse pero que no establecen, ni por cerca, un patrón. Y en la gran mayoría de esos casos están acompañados por un programa de reinserción acotado y focalizado impulsado por una institución estatal u organización de la sociedad civil.
En un artículo periodístico publicado por eldiario.ar precisamente analizando el caso Carmona, se le consulta a Rodrigo Morabito, Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca, sobre la problemática en cuestión: “Para el Estado es más fácil castigar que reinsertar socialmente a alguien que antes de ser detenido no estaba inserto en la sociedad”, sostiene. Y añade: “Las cárceles son una picadora de carne; llenas de procesados sin condena, que técnicamente son inocentes hasta que se les demuestre su culpabilidad”.
El caso de Carmona, singular por su perversión y brutalidad, es sin embargo uno de tantos en un sistema que no cumple su función de resocialización. Transformarlo es un desafío que, a la vista de la realidad actual, puede parecer una utopía. Pero experiencias desplegadas en otros países permiten albergar esperanzas de que los cambios para bien son posibles de concretar. Y es el propio Estado, que ha renegado de su función, el que debe empezar a buscar las estrategias para producir la transformación.