sábado 19 de noviembre de 2022

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El Mirador Político

Escaramuzas por los pertrechos

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Sectores del radicalismo plantearon en la visita de la diputada nacional María Eugenia Vidal la desproporción entre el volumen político del macrismo y la incidencia que se le da en el esquema de la oposición en Catamarca.

La diputada Juana Fernández fue la vocera explícita de estas objeciones, que se extienden y reclaman la administración del presidente del partido, el diputado nacional Francisco Monti, a medida que se acortan los plazos electorales.

A criterio de estas facciones, en la versión provincial de Juntos por el Cambio el PRO está sobre-representado, o bien la UCR sub-representada. El rol determinante que se le asigna al sello de Mauricio Macri es desmesurado en comparación con su insignificancia electoral en la provincia.

Es probable que Monti comparta esta impresión, pero está condicionado por unas funciones partidarias que no había calculado en su trayectoria, aunque le hayan sido útiles para capturar su banca en el Congreso. Accedió a la titularidad del Comité Provincia por la muerte de Marita Colombo, a quien secundaba, hecho que tuvo el año pasado otra consecuencia significativa al dejar al ex gobernador Oscar Castillo sin el relevo que pretendía para su banca en el Senado nacional. Es decir: Monti es presidente del partido porque en la disputa por la conducción de la UCR jugó aliado a Castillo, al que se enfrentó y derrotó el año pasado aliado al ex rector de la UNCA Flavio Fama, el PRO y la Coalición Cívica.

De modo que afronta la tarea de conjugar las pretensiones de los distintos bandos radicales con su legitimidad menguada, mientras dirime con otras figuras la pelea interna tendiente a cubrir los vacíos que dejaron Eduardo Brizuela del Moral, que falleció, y el propio Castillo, cuya jubilación es todavía incierta y podría estar balconeando los acontecimientos a la espera de la ocasión más propicia para volver a entrar en liza.

Es una coyuntura difícil, que no está en condiciones de resolver en lo inmediato porque carece de la consistencia indispensable. Asume no obstante, mientras maniobra para edificarla, la función de llevar el vínculo con macristas y “lilitos” en la Mesa de Juntos, en la que los macristas, a través de su presidente, el ex diputado Carlos Molina, hacen pesar su relación con las terminales nacionales. Esa aduana es su único insumo, pero les alcanza para negociar con un radicalismo que debe reinventarse tras la desaparición de las dos referencias que orientaron su acción nada menos que en los últimos 35 años. Es un problema que sus socios no tienen.

Molina, que como Monti proviene de las filas del ex intendente de la Capital Ricardo Guzmán, carece de antagonistas en el control de la franquicia PRO, liberado ya de Fernando Capdevila. Las prerrogativas del diputado nacional Rubén Manzi y su hijo Mariano en la Coalición Cívica tampoco son cuestionadas por nadie.

Monti tiene que satisfacer los reclamos de numerosos dirigentes y afiliados, que por añadidura buscan desplazarlo, mientras sus interlocutores se circunscriben a gerenciar sus respectivos kioscos e intereses, con la organización de las visitas de sus referentes nacionales: Horacio Rodríguez Larreta, Vidal, próximamente Patricia Bullrich.

Por supuesto, Monti está en condiciones de obtener réditos de la encrucijada que le ha tocado en suerte, pero el universo boinablanca es infinitamente más complejo que los del macrismo y la Coalición Cívica.

Proyecciones

Los movimientos radicales se despliegan a la sombra de una incertidumbre y una certeza. No saben si ganarán las elecciones provinciales el año que viene, pero están seguros de que la Casa Rosada será otra vez de Juntos por el Cambio, y empiezan a olfatear que el bastón mayor quedará nuevamente en manos del macrismo. Proyectan un escenario similar al de 2015-2019, de amargo recuerdo para ellos.

El ostracismo al que Mauricio Macri sometió a la UCR en general fue particularmente notorio en Catamarca, donde el entonces Presidente y sus funcionarios desembarcaban y hacían gala de corrección institucional ostentando la amabilidad con el gobierno peronista, mientras al radicalismo le negaban hasta un café al paso y lo mantenían con la ñata contra el vidrio, colgado del alambre en el Aeropuerto Felipe Varela.

Al presentimiento de que este tipo de vínculo humillante podría reiterarse se superponen las conjeturas por la etapa que se abrirá el año que viene.

La alianza peronista que gobierna la provincia iniciaría, de ganar, su cuarto mandato, rumbo a los 16 años de vigencia. Para los desalojados del poder en 2011, que no son ni el PRO ni la Coalición Cívica, será un período clave para rearmarse, recomponer e intentar el retorno. Las herramientas para acometer esa labor desde el llano cobran en tal marco importancia superlativa. El ojo se concentra en las delegaciones de las reparticiones nacionales ¿Con qué criterios las distribuirá la Rosada? La angustia existencial se apodera de los boinablancas.

En la administración macrista sólo ligaron el PAMI para Luis Fadel, alfil del en ese entonces Castillo era senador nacional.

La Gerencia de Empleo le cayó al “lilito” Mariano Manzi. El PRO se repartió el ANSES, que fue para Fernando Capdevila, y Desarrollo Social, para Carlos Martínez.

Antes que por los casilleros en las listas de candidatos, la interna de Juntos por el Cambio entra en tensión por los pertrechos para sostener y ampliar estructura provincial bajo un eventual cuarto mandato peronista.

Es lo que elípticamente marcan los radicales que tratan de erosionar a Monti, de quien sospechan que pretende una tajada del botín para fortalecerse en la contienda interna por el comando del partido, que se libraría recién después de las elecciones generales.

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