Un femicidio ocurrido hace unos días en la localidad de Campana, provincia de Buenos Aires, presenta llamativas –y, por supuesto, escalofriantes- similitudes con el que en nuestra provincia acabó con la vida de Brenda Gordillo hace más de dos años y medio. No parece adecuado brindar detalles de esas semejanzas porque alimenta un morbo deplorable y porque abren aun más heridas que tardan en cicatrizar entre familiares y amigos de la víctima catamarqueña.
Imposible saber con precisión si el femicida bonaerense se enteró de lo ocurrido en Catamarca en marzo de 2020 y tuvo, en consecuencia, alguna conducta repetitiva. O si, en circunstancias parecidas, obró del mismo modo que Naim Vera sin conocimiento de ese antecedente.
De todos modos, hay una serie de estudios criminológicos que aluden a modus operandi que se repiten en crímenes que han tenido gran repercusión pública. Históricamente se han atribuido a los medios de comunicación de corte sensacionalista la responsabilidad de difundir, innecesariamente, detalles escabrosos de estos episodios, que luego son replicados en otros casos igual de aberrantes. Pero en los últimos años se han sumado las redes sociales como vehículos de esta información, con el agravante de que, a diferencia de los medios de comunicación, que tienen una mayor responsabilidad y control social en el modo en el que se transmite la información, los usuarios individuales de las redes pueden replicar las circunstancias más ominosas de estos hechos de violencia inusitada con desenlace fatal sin más consecuencia que alguna crítica aislada.
En el idioma inglés existe una palabra –copycat- que se utiliza para designar el fenómeno social que se produce cuando uno o muchas personas imitan la manera de actuar de un modelo del que han tenido conocimiento a partir de un acto de gran repercusión. Siempre tiene una connotación negativa. También la utiliza la criminalística para mencionar a lo que se denomina un crimen de imitación.
La abundancia de datos en los relatos de los hechos policiales más aberrantes sirve a veces como insumo para otros episodios igual de espeluznantes que otros criminales reproducen. No significa, por supuesto, que cualquier persona que acceda a esa información detallada sea un asesino en potencia solo por esa razón. Pero sí es cierto que incide en individuos que, en determinadas circunstancias y por cierta predisposición a trastornos psicopáticos, terminan repitiendo o imitando.
Lo mismo sucede con personas con tendencias autodestructivas. El suicidio suele convertirse, en determinadas circunstancias, en una conducta repetitiva. De allí la importancia de un tratamiento austero y responsable de este tipo de hechos en los medios de comunicación, que además deben aportar una visión crítica del fenómeno y recurrir a especialistas con miradas de la problemática orientadas a aportar soluciones.
El auge de las redes sociales ha diversificado e incrementado los emisores de hechos informativos cuyo tratamiento debe ser responsable para minimizar las conductas repetitivas. La presentación de estos episodios de violencia debe escatimar detalles morbosos y hacer hincapié en la necesidad de repudiarlos enfáticamente, promoviendo la prevención y, eventualmente, su enérgico castigo.