ver más
Editorial

Encuentros de humanidad y afecto

Las fiestas de fin de año están asociadas, desde hace ya varias décadas, a experiencias basadas...
27 de diciembre de 2022 - 00:30

Las fiestas de fin de año están asociadas, desde hace ya varias décadas, a experiencias basadas casi de manera hegemónica en el consumo. No hay fiestas si no se come y bebe mucho, y si no se hacen regalos materiales. Las características de ese consumo dependerán del poder adquisitivo de los individuos, de modo que se advertirán diferencias notables, como notable es también la desigualdad en el ingreso, respecto de lo que se come, se bebe o se regala.

La perspectiva espiritual de las fiestas –que puede ser basada en creencias religiosas o no- es cada vez más accesoria. Lo que parece importar, en realidad, es lo que se compra.

Con esa idea de las fiestas se han desarrollado ya numerosas generaciones. Los niños adquieren desde muy pequeños esos hábitos de la sociedad consumista y material. Ellos suelen ser, de hecho, los principales destinatarios de los obsequios.

En algunos grupos sociales, los que tienen mayor poder adquisitivo reciben regalos en demasía, por lo que la Psicología ya empieza a hablar del síndrome del niño hiperregalado. Y los especialistas aconsejan revisar estos patrones con los que se cría a los chicos para suplir otras carencias, tal vez afectivas. Deberían entender los mayores que lo material no suple el cariño, la presencia permanente, la contención, el acompañamiento en el crecimiento integral. Los niños pueden vivir perfectamente sin el celular más caro o la última playstation, pero de ninguna manera sin el amor de su familia.

Virginia Blaistein, recreóloga, especialista en juego y creatividad, señala en una entrevista concedida al sitio tiempoar.com.ar, que “si entendemos el regalo como un momento de conexión y vínculo con otro, el consumismo a rajatabla es lo opuesto. Es un consumo omnipresente donde cuanto más caro, mejor. Y eso habla más de una necesidad adulta de compensar ciertas ausencias”. Además, aconseja regalar, más que objetos materiales, “experiencias”. Como por ejemplo, ir juntos a un lado, o viajar.

Blaistein explica qué es el “síndrome del niño hiperregalado”: “El hiperregalado –explica- es un niño que no se atiende como lo necesita porque los adultos creen que los objetos regalados van a hacer que los quiera más. Es una necesidad adulta de suplir agujeros. A ese niño, que no tiene capacidad de frustrarse, no se le dice que no. Se vuelve déspota, no porque sea su naturaleza, sino que es lo que le han enseñado, que basta con que señale con el dedo para tenerlo, sin pasarlo por el tamiz de la conciencia”.

No es sencillo salir de la vorágine a la que nos somete la sociedad del consumo, pero, aún en ella, es posible ensayar celebraciones con experiencias alternativas, que hagan de las fiestas de fin de año un encuentro de humanidad y afecto, en las que la espiritualidad le gane cada año un poco de terreno a la exclusivamente material.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar