jueves 15 de febrero de 2024
Lo bueno, lo malo y lo feo

El tango: caricaturas y remembranzas

Comedia grotesca, humorada y divertimento de José Horacio Monayar

Judith de los Ángeles Moreno

José Horacio Monayar (1924-2013), hombre de corazón caudaloso y de pluma fecunda, será recordado por varias de las aristas de su multifacética personalidad, pero (¡ciertamente!) su nombre es sinónimo de teatro en Catamarca. Él fue un hombre de teatro como actor, director y autor. El teatro como texto espectacular o puesta en escena, al igual que como texto literario, estará por siempre unido a su nombre y a su incansable hacer.

En esta oportunidad, quiero recuperar una página de crítica teatral que yo escribiera a propósito del estreno de su obra El tango: caricaturas y remembranzas, concretado el 25 de noviembre de 2005. Y como corresponde, antes de adentrarnos en nuestras consideraciones, resulta pertinente nombrar a quienes integraron el elenco que, por otra parte, reunió a renombrados actores y actrices de nuestra provincia. Ellos fueron: Roberto Albarenga, Blanca Gaete (+), Gina Belincanta, Victoria “Niní” Paolantonio (+), María Rita “Nena” Herrera, María Pessacq y Guillermo “Guillo” Barrionuevo (+), todos bajo la dirección y puesta en escena de José Horacio Monayar.

Bien, si tuviera que ordenar las primeras impresiones, una vez terminada la representación, éstas serían las siguientes: notable ensamble de teatro y espectáculo musical (combinación de música y baile). Cuando cae el telón empezamos a escuchar “Mi Buenos Aires querido…”cantado por Gardel, el teatro –en su sentido restringido- ha concluido y se inicia entonces el tránsito hacia el colofón y el espectáculo musical. En esta línea, la reaparición del Maestro de Escena y el diálogo con el Penado Catorce puede interpretarse como la coda del texto teatral o el pasaje hacia el musical.

Si bien en general la puesta respeta las coordenadas y la dinámica propias del espacio teatral escogido para el estreno (la Sala “Julio Sánchez Gardel” del Cine Teatro Catamarca), el director-puestista ensaya otras búsquedas en cuanto a la relación espacial con el espectador. Por ejemplo, en la apertura de la pieza, la aparición del Maestro de Escena en la sala, entrando por uno de los laterales (por el lugar reservado convencionalmente para el ingreso del público) y luego desplazándose por la galería del medio, movió a los espectadores a seguirlo con la mirada.

Otra impresión primera: advertir que el texto teatral es un componente clave que apuntala la representación; los personajes se expresan más por sus palabras que por sus acciones. En cuanto a la temática, se trata de un tema distinto al del resto de la producción de Monayar autor teatral, en relación con sus obras anteriores. En este texto concreta la plasmación de una pasión abiertamente confesada por él: su fervor por el tango y, por ende, para decirlo con el título del poemario de Borges, su fervor por el Buenos Aires tanguero, orillero y sus irrepetibles personajes: guapos, compadritos, cafishos, percantas, pebetas, “diosas nacidas en el Parnaso de un bajo fondo”, “damiselas que en algún tiempo se llamaron Mireya, Mimí, Ivón, Morocha, Margot y estuvieron allí y seguirán estando mientras el tango suene y alguien cante y baile”.

El argumento

El texto literario se destaca por el propósito de dar carnadura teatral a los personajes femeninos que llevan adelante la acción, en la primera parte. La línea argumental propuesta se asienta en el permanente contrapunto entre la Morocha y la Rubia Mireya, rivalidad que luego intenta atemperar Mimí Pinsón. Después, las dos primeras, de alguna manera, coinciden en los celos que sienten ante la presencia de Margot y, finalmente, las cuatro hacen causa común ante la llegada de la estirada Madame Ivón. Lo que contribuye a sostener el tenue conflicto es el hecho de que estas mujeres, inmortalizadas en las letras de tangos famosos, sean captadas en el ocaso de sus pasadas glorias. En esto estriba el acierto de la recreación del universo femenino desde la estética del grotesco.

Hay que apuntar todavía otra característica particularizante del texto, esto es, determinados guiños destinados a públicos específicos. Por ejemplo, cuando el personaje de Mimí Pinsón asocia el apellido de Rodolfo Valentino con “¡Valentino!, ¿el zapatero de la calle Tucumán?”, o cuando Mireya menciona la Archipreste de Hita en el recordado episodio de la monja Garoza, o cuando son nombrados personajes y entretelones de la política nacional de comienzos de los años 2000.

El texto espectacular

Retomando las impresiones sobre la puesta, no ya las primeras sino aquellas surgidas de la reflexión, a partir de lo experimentado en la sala, me interesa ahora resaltar aspectos relacionados con el texto espectacular.

En la primera parte, el espacio escénico está determinado por una fila de sillas (ubicadas en segundo plano) y “una mesa-escritorio importante” más un sillón, en el ángulo de uno de los laterales. Las actrices se mueven entre el proscenio y la primera calle o galería del escenario en tanto monologan y permanecen sentadas, mientras van ingresando las otras. Cada entrada de un nuevo personaje es preparada por el anterior, a través de frases como: “¡Va cayendo gente al baile!”.

En este punto, hay que resaltar que la entrada de cada nuevo personaje a escena está precedida por la música de un tango que caracteriza a cada una de las “muchachas”, por ejemplo, los conocidos tangos La Morocha o Tiempos viejos para anunciar a la Morocha y a la Rubia Mireya, o Madame Ivón de Cadícamo y Pereyra. Al inicio de la puesta en escena suena el tango Remembranzas de Batistella y Melfi.

El estatismo en los desplazamientos de los personajes femeninos se resuelve, en parte, haciendo que algunas actrices permanezcan de pie o se proyecten hasta el primer plano; por ejemplo, cuando el personaje de Margot (interpretado por Nena Herrera) se adelanta por uno de los laterales y de cara al público, canta con magnífica voz Café la humedad.

En la segunda parte, cobran protagonismo los decorados. Resalta el alto impacto visual que producen los listones de lienzo con pinturas alegóricas y caricaturas de Raúl Guzmán, Susana Maltese y Claudia Tula. Aquí se percibe, además, una concepción armónica del espacio escenográfico en su conjunto. Esta tarea le correspondió a la arquitecta Andrea Cano.

En líneas generales, en las actuaciones es posible advertir una puesta en acto de las didascalias que (conociendo el estilo del autor) son extremadamente pormenorizadas. Sin embargo, hay que señalar que, en la mayoría de los casos, los textos son expresados con convicción, con la fuerza necesaria y aún con más. Ahora bien, estas exageraciones o ridiculizaciones encuentran explicación en la especie teatral en la que se sustenta la pieza. A esto último coadyuva también la acertada elección del colorido y estridente vestuario (a excepción de los que llevan la Morocha o Madame Ivón, que son sobrios y con accesorios que marcan toques de refinamiento: una estola, un coqueto casquete o guantes). El vestuario fue responsabilidad de los propios actores con la colaboración de la Escuela Provincial de Teatro “Juan Oscar Ponferrada” y de algunos de los miembros de la Comisión Directiva de SALAC (Sociedad Argentina de Letras, Artes y Ciencias) impulsora del proyecto teatral y que José Horacio Monayar integraba.

De las actuaciones

Cada actriz y cada actor aportan lo suyo en la composición de los personajes, aun cuando hay por detrás una marcación fuerte del director. Todos deben afrontar el reto actoral que impone el monólogo.

Desde el plano del contenido, en estos textos ancla la caracterización y la razón de ser del personaje, su justificación. En algunas actuaciones el ritmo entre silencio y palabra, entre gestualidad y palabra resulta equilibrado. Posiblemente los tonos de voz en una misma interpretación no son parejos en todos los casos. Por ahí no se oía con nitidez; por allí se escucharon algunos parlamentos gritados.

Renglón especial merecen las admirables composiciones de las actrices Blanca Gaete (Mimí Pinsón) y María Pesacq (Madame Ivón) quienes, además, tuvieron que aprender textos particularísimos en su construcción, dado que presentan un conjunto de rasgos lingüísticos artificiosos utilizados con la intención de parodiar a la lengua italiana y francesa, respectivamente.

Gina Bellincanta (Morocha) y Niní Paolantonio (Mireya) logran complementarse bien en el juego escénico de la rivalidad. La primera modela su personaje desde la convicción de sentirse superior; la segunda, desde una comicidad espontánea.

Roberto Albarenga (Maestro de Escena), en la construcción de un personaje complejo por su desarrollo independiente de la acción teatral estricta, confirma que, entre sus muchos méritos actorales, cuenta con una memoria sin par, don especialmente apreciado cuando el actor tiene que habérselas con textos de construcción sintáctica intrincada, dado el agregado de incisos e intercalaciones, amén de la extensión y de su densidad léxica.

Guillermo “Guillo” Barrionuevo (Penado Catorce, conferencista-charlista) conquista desde la espontaneidad y, ante todo, desde la naturalidad de su interpretación. En cada palabra, en cada gesto se notó que se sentía como pez en el agua, que disfrutó la puesta. Él también tuvo a su cargo la edición de bandas de sonido.

Finalmente, es de destacar el buen criterio con el que fue seleccionado el repertorio de las piezas musicales ejecutadas en la segunda parte. El público también premió con prolongados aplausos las logradas ejecuciones de Marcelo Amadory Marcos Ibáñez en el acompañamiento musical a los consagrados cantores de tango Dardo Chanampa, Ramón Reyes, Ulises Bulacia y Luis Rafael (Yury) Salguero. A ello hay que sumar el acertado desempeño de los bailarines Alejandra Castillo, Victoria Pastoriza Cano, Silvina Ahumada, Diego Quispe, Oscar Fuentes y Darío Lobo.

Es elogiable que con esta puesta teatral sus responsables hayan alcanzado un muy ajustado equilibrio en el ensamble de TEATRO + MÚSICA y DANZA. En suma, de proponer el montaje de un espectáculo de bien cuidada realización.

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