martes 20 de septiembre de 2022

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Cara y Cruz

El pancristinismo

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
11 de agosto de 2022 - 01:10

Para Andrés “Cuervo” Larroque, secretario general de La Cámpora y ministro bonaerense, Cristina Fernández de Kirchner es el país.

“Sin Cristina, no hay peronismo. Sin peronismo, no hay país”, razonó indignado por la marcha del juicio por corrupción en la obra pública que complica a su referente.

Una destilación de pensamiento totalitario. Formula Larroque el "pancristinismo".

Aunque la gravitación de la Vicepresidenta en la escena nacional sea incontrastable, pasar de la parte al todo requiere desafiar las reglas de la lógica más elementales.

Por empezar, ¿de dónde surge que sin Cristina no hay peronismo?

El peronismo ha sobrevivido al propio Perón, en una historia de camaleónicas adaptaciones ideológicas de las que el mismo fundador no estuvo exento. La de Carlos Menem, por caso. O la de Néstor Kirchner.

Cabe conjeturar que esta vigencia obedece a la capacidad para superar reflexiones como la de Larroque, que ligan el destino de todo un movimiento y todo un país a una persona.

¿Y por qué sin peronismo no hay país?

Con similar audacia podría sostenerse que sin antiperonismo no hay país, ya que la tensión entre los polos de esa antinomia trama la historia patria. O que sin los movimientos sociales no hay país, puesto que estas estructuras gestionan la asistencia a una pobreza superior al 40% debido a la condición fallida del Estado, tan profunda que ni siquiera tiene fuerza para legitimar un monitoreo de los programas entregados sin recurrir a las universidades.

Tanto el peronismo como el país exceden largamente a Cristina, cosa a la que ella misma debió resignarse cuando designó a Alberto Fernández candidato a presidente y sumar a Sergio Massa en 2019.

Si fuera el peronismo y el país, estas operaciones hubieran sido tan innecesarias como empoderar a Massa como superministro, a regañadientes, para tratar de enderezar el aquelarre en el que se ha convertido el Gobierno debido, entre cosas como la incompetencia del Jefe de Estado por ella ungido, al ombliguismo de la doctrina larroquista que pretende resumir la complejidad del universo en la peripecia judicial de su Jefa.

El desvarío marca el nivel de desesperación, postulando un deseo como apotegma. Que Cristina sea el peronismo y el país es lo que Larroque quisiera, pero la realidad, “única verdad” según Perón, se niega empecinadamente a complacerlo.

Espeja el “Cuervo”, sin embargo, el anhelo antiperonista que atribuye al peronismo todas las desgracias y tragedias argentinas, soñando con una desaparición que no ocurre, ni ocurrirá por más que condenen a Cristina, precisamente porque Cristina no es ni el peronismo ni el país.

Nadie es por sí solo el país y acaso algunos de los crónicos problemas que el país tiene podrían comenzar a revertirse si se asumiera esta modesta perspectiva en lugar de andar atribuyéndose monopolios identitarios.

Con ruido suele tratar de compensarse la carencia de argumentos. Sobre todo en política, cuando viejas glorias e influencias resultan insuficientes para torcer el rumbo de los acontecimientos.

El juicio contra la Vicepresidenta se desarrolla tras la implosión del experimento que pergeñó con Alberto Fernández, que la obligó a allanarse al encumbramiento de Massa.

Ni el peronismo ni Cristina pudieron impedir la traumática secuencia, que ha extremado el deterioro social y se traduce en una fragmentación del poder directamente proporcional a la desmesurada unanimidad que Larroque propone.

Directamente proporcional: a mayor unanimidad pretendida, mayor fragmentación.

Habría que tratar de razonar desde otras premisas.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar