Después del unánime repudio al intento de magnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner, los bandos retomaron posiciones para litigar sobre las responsabilidades en la proliferación de “discursos de odio”, que les corresponden, por supuesto, a sus odiados: el odio es el otro, siempre. El odiado cristinista, odia a Macri y los macristas; el odiado macrista, a Cristina y sus feligreses.
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El odio es el otro
La tóxica dinámica de los odiadores/odiados consiste en arrojarse mutuamente por la cabeza repertorios de ejemplos del odio rival. Frases, fotos, videos, memes, pancartas, montajes artísticos, algunos muy añejos. Está el “Viva el cáncer” contra Evita, clásico; están las desafortunadas expresiones de Perón, “al enemigo, ni justicia” entre otras.
Del conteo surgiría quien es más odiador, o quien manifiesta menos su odio. Es decir: se trata de una cuestión de intensidad del odio, de su calidad, que siempre es mayor, también, en el otro.
Solo por probar, tal vez convendría dejar por un momento la comodidad de atribuirle odios al enemigo y revisar si entre las causas de lo que ha ocurrido no se contará el desenfreno de las pasiones instigado desde el poder. El odio, como el amor, es una pasión.
Por empezar, ya que los participantes parecen tener un archivo tan nutrido de los odios adversarios, podrían rastrear casos en que sus líderes hayan desautorizado los “discursos de odio” proferidos por las respectivas tropas.
¿Cuántos habrá? ¿Serán tantos como las manifestaciones de odio? ¿Serán tan tajantes?
Es importante acceder a esos registros. De ellos podría deducirse el calado de la sinceridad de las apelaciones al amor y la concordia.
La reyerta intoxica al país con sus desmesuras y condiciona toda la política.
En ese contexto patológico gatilló Fernando André Sabag Montiel contra la Vicepresidenta. Los primeros indicios bocetan una personalidad estrafalaria, posiblemente perturbada, pero es preciso aguardar el desarrollo de la investigación.
Se trata de un hecho gravísimo, que se produjo tras una exacerbación de la escalada de provocaciones por la acusación del fiscal Diego Luciani, que planteó la antinomia “Corrupción o Justicia”, y la respuesta de Cristina, que trasladó las imputaciones al conjunto del peronismo. Un grupo de energúmenos fue su casa a escupirle repudio, llegaron militantes a repeler la agresión. Se instaló la vigilia en la esquina de Juncal y Uruguay, epicentro de las manifestaciones de solidaridad peronistas, que el fin de semana protagonizaron severos incidentes con la Policía de CABA, que había vallado el sitio. Un diputado propuso la “pena de muerte” para la Vicepresidenta, pacificadora réplica al “si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”. La oposición postuló el juicio político al Presidente Alberto Fernández. Hasta un liberal por lo general moderado en su discurso como Ricardo López Murphy posteó “son ellos o nosotros”.
De tanto convocar a la locura, la locura se materializó. Falló en el intento, por fortuna.
Ayer, en la manifestación oficialista de Plaza de Mayo, el mensaje atribuyó los discursos de odio a “un sector minúsculo de la dirigencia política y sus medios partidarios”. Más exacto hubiera sido decir “dos sectores –sean estos minúsculos o mayúsculos- y sus medios partidarios”.
En la vereda opositora, mientras tanto, más de uno insinuó que el atentado podría haber sido un montaje, sin más certezas que sus ganas, y empezó a conjeturar sobre los beneficios electorales que Cristina podría obtener.
O sea: pasada la conmoción inicial, todo parece estar como era entonces.
El atentado no beneficia a Cristina, sino a los extremos viscerales de la fractura, que se retroalimentan. La dirigencia inmersa en esa lógica funesta es la que debe gestionar el remonte del estrago social y económico del país provocado por sus desencuentros.
Parece que la cordura no paga.