Debo decirles que soy algo escéptico sobre el futuro. El camino de la reforma económica y social es largo y además de largo, es… dificilísimo. Voy a explicar por qué. Cuatro de los cinco candidatos que se presentaron a la primera vuelta electoral de 2023 sabían que poner sobre sus pies a la Argentina desquiciada e inflacionaria iba a requerir varios años de austeridad fiscal y de un tipo de cambio alto para exportar y acumular reservas, y eso quiere decir varios años de salarios reales bajos y pensiones reales bajas, no respecto a los exageradamente bajos registros de hoy, pero sí en relación a las aspiraciones colectivas. Los cuatro candidatos, no solo Milei, le iban a pedir a una mayoría social algo que parece absurdo: una ética de la paciencia en uno de los países más impacientes de la tierra. Y si bien la estabilización de precios que los cuatro prometieron puede ser, si es que llega, una importantísima estación aliviadora y popular en el camino largo, recuperar la confianza en una nueva moneda nacional que desplace al dólar como instrumento de ahorro parece cuento en la Argentina. “Confianza y moneda”, palabras rítmicamente repetidas a lo largo del tiempo hasta vaciarlas de sentido, desconectándolas del mundo productivo. Volver a ellas conlleva el mandato de la disciplina. Lo que nunca tuvimos.
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El largo y difícil camino de la reforma
Por Pablo Gerchunoff, publicado en El Diario Ar
El camino largo necesita, centralmente, de una aproximación conceptual y política de la que lo veo a Milei temperamental e ideológicamente lejos: las reformas económicas son orfebrería y consenso amplio, no solo coraje y voluntarismo. No son una shopping list en un mega-decreto o en una batería exuberante de leyes. Las reformas económicas que nos liberen de los conflictos social y federal de larga data, y construyan un nuevo balance en la relación entre Estado y corporaciones, demandan otra cosa, demandan visión sobre el futuro del progreso material perdido, secuencia de políticas, talento para acertar con la velocidad justa del cambio, explicación de los costos sociales, compensaciones a los sectores más vulnerables. Necesitan una arquitectura reflexionada y debatida políticamente. Necesitan un bagaje técnico –profesional que brilla por su ausencia en la gestión de Milei. Necesitan un relato persuasivo, un equilibrio social, no una bravuconada. En suma, las reformas necesitan de una clase dirigente que converse y –sorpresa– también necesitan de un Estado con los ojos debajo de la frente y no en la nuca. Nada es más difícil que reformar la economía y la sociedad desde un Estado que el propio gobernante prefiere débil.
Además de todo esto ya bastante complicado, las reformas económicas piden algo urgente que sin embargo no está en el centro de las preocupaciones argentinas: desentrañar el misterio de un mundo, que es terra incognita. ¿Cuál es el lugar de la Argentina en ese mundo al terminar el primer cuarto del siglo XXI? Muchos ven a Milei como el nuevo Menem. Eso es un error. Menem vivió la realidad de los años noventa, la de la victoria universal del capitalismo. Eso era una autopista ancha e iluminada. Era bastante más fácil encontrar el rumbo reformista. El contexto de Milei es…bruma.
Si Milei me escuchara esta reflexión sobre las complejidades del camino largo, seguramente huiría despavorido hacia el camino corto. ¿Qué es el camino corto? Milei dice que él es Moisés guiando a su pueblo a la tierra prometida en una marcha de cuarenta años, pero no es así. Nunca es así. Milei es, ya, un político, un político argentino que con el aliento en la nuca de una sociedad abatida pero demandante, buscará resultados rápidos y con rentabilidad electoral. No es una crítica particularizada, es lo que han hecho todos. No temo tanto la inevitable ansiedad de Milei, aún más atendible que el de muchos de sus antecesores por su posición minoritaria en el Parlamento. Lo que más temo es que para Milei, el resultado rápido se llame dolarización, la gran promesa popular-libertaria del siglo XXI a una sociedad desesperada, la promesa política que Milei repite incesantemente y sin la cual la realidad material del día a día se parece a un infierno. No dudo de que, cumpliendo esa promesa, Milei generaría una euforia intensa y transversal, una euforia que abarcaría desde el mundo de las finanzas hasta las barriadas populares. Dolarización es poder para Milei.
Y Milei tendría argumentos, más allá del impacto político. ¿Para qué empeñarse, después de tantos fracasos, en el vano ejercicio de embellecer un signo monetario emitido por un Banco Central desprestigiado, cuando para los argentinos el dólar es bello desde hace muchas décadas sin necesidad de maquillajes?; ¿no probamos ya con fijar el valor del dólar por decreto en el 1985 de Alfonsín y Sourrouille, y no probamos con fijarlo por ley en el 1991 de Menem y Cavallo? No fijemos ningún valor de nada en el futuro. No inventemos, ya más, monedas autóctonas inevitablemente destinadas a morir. Elijamos el dólar como moneda de una buena vez. Pasado tanto tiempo, el dólar no es solo un medio de pago crecientemente afincado en la Argentina. Ya es la nueva unidad de cuenta de facto de su pueblo, la herramienta con la que ese pueblo mide el valor de las cosas. Se parece a cuando, lentamente, en circunstancias completamente distintas, con mucho apoyo institucional y mucho cobijo de los vecinos poderosos, el euro reemplazó a la peseta en España, para asombro de sus ciudadanos y enfrentando durante una década enormes sobresaltos.
Me detengo aquí. Me parece que he cometido el pecado de ser convincente. He construido el Frankenstein de una dolarización políticamente defendible y hasta aparentemente sensata desde una perspectiva económica. Sin embargo, quiero destruir a ese Frankenstein antes de que cobre vida, y para ello voy a hacer dos advertencias. La primera es que no están ni los dólares ni las destrezas gubernativas para llevar adelante un proyecto de semejante envergadura y, mientras sea así, insistir con la dolarización retarda el fortalecimiento de una moneda nacional en un programa de estabilización menos aventurado. Este es el válido argumento de muchos economistas argentinos. La segunda advertencia me parece más dramática: si estuvieran los dólares y las capacidades técnicas, dar el paso final hacia la dolarización sería un problema enorme y de casi imposible reversibilidad. Los europeos que vivieron la Gran Recesión de 2008 y lo que luego siguió, me van a entender. Argentina sería, después de la dolarización, una sociedad tan compleja y volátil como lo es hoy, más estable en su dinámica de precios pero carente de una moneda, ni nacional ni comunitaria. El propio Milton Friedman, un favorito de Milei, se arrancaría los cabellos. Él sabía que la ausencia de política monetaria es también un problema productivo y un problema de empleo. Después de la dolarización, Argentina sería una Grecia pero aislada, una Grecia sin Europa y sin Banco Central Europeo; por lo tanto, probablemente condenada a cesaciones de pago recurrentes y a la ausencia de un proyecto colectivo. Un país inmunosuprimido. En esa Argentina que quizás baraje Milei, la propia noción de reforma económica pro crecimiento puede perder gran parte de su sentido, o demandar otro sentido, el de un hiperactivismo reformista y flexibilizador lindante con lo imposible, la reconversión de la Argentina a una sociedad de plastilina que cambia de forma con los vientos del mundo, el regreso fantasioso a una imagen del siglo XIX que ni siquiera es del todo verdadera (ese también es un sesgo libertario). Personalmente, no querría que los argentinos pasemos por ese trance. Sería una fase más del ciclo de ilusiones y desencantos que ha vivido el país.