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Algo en que pensar mientras lavamos los platos

El invierno y la lucha contra el crimen

Por Rodrigo L. Ovejero

10 de junio de 2026 - 00:12

Tal como lo dijo alguna vez Juan Antonio Ferreyra, las ramas han perdido fuerza ya y van quedando pocas hojas por caer. El invierno está llegando, como lo anunciaron los Stark tantas veces, y eso echa sobre mis reflexiones un manto gris y helado. La columna, inevitablemente, se vuelve invernal, con el regreso de las prendas de abrigo y el refulgir de las estufas en su eterna lucha contra el frío.

El invierno nos enfrenta a verdades sobre nosotros mismos que podemos ignorar mientras nos tuesta el sol. Anoche, por ejemplo, me puse mis pantuflas, y otra vez recordé con amargura que no soy Batman. Me pasa de vez en cuando, una circunstancia en apariencia casual me recuerda que le he fallado a mi destino, que no combato el crimen por las noches, que he elegido la comodidad de la vida burguesa y los termostatos en lugar de honrar al caballero de la noche. Paso mis días litigando y descanso por las noches, incapaz de pelear por el bien como el encapotado (aunque tengo que ser justo conmigo mismo y señalar que no he tenido la precaución de nacer siendo multimillonario. Es más fácil ser un superhéroe si al otro día no hay que ir a trabajar).

Quizás el lector se pregunte en qué se relacionan las pantuflas con Batman. Justamente es la lejanía de ambos conceptos lo que los une: Batman jamás usaría pantuflas (y en caso de que lo hiciera, serían bati-pantuflas) así como tampoco usaría ojotas, franciscanas, alpargatas ni en general cualquier otro calzado sin usos tácticos. Quizás unos mocasines, cuando está vestido de Bruce Wayne en alguna gala social, pero ni siquiera eso es seguro, nunca se sabe cuándo hay que saltar por los techos en persecución de un cachafaz.

Todo este asunto de las pantuflas y Batman se me ocurrió porque pensé que debe ser muy trabajoso combatir el crimen. Recuerdo una declaración de la siempre sensible Amalita Fortabat, contando que estuvo a punto de irse a vivir a África como misionera, para ayudar a los enfermos y a los pobres, pero a último momento se arrepintió por el calor. Ella sufría mucho el calor.

Pues bien, si yo fuera Batman esta ciudad estaría mucho más complicada en invierno, las inclemencias del tiempo apaciguarían mi sed de justicia. Delincuentes de la más baja ralea podrían campar a sus anchas por las calles catamarqueñas al amparo de las bajas temperaturas, de ninguna manera me subiría al bati-móvil una noche por debajo de los diez grados. Y tampoco en lo más profundo del verano, para ser sincero, porque ponerse ese traje con cuarenta grados a la sombra no debe ser una tarea fácil. Yo combatiría el crimen en los días fresquitos, lindos, en lo posible con una temperatura entre veinte y treinta grados, y sin viento, por supuesto, para que no me esté molestando la capa.

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