Oficialismo y oposición procesan la revuelta de Jujuy en clave de campaña e introducen el miedo como insumo proselitista.
Oficialismo y oposición procesan la revuelta de Jujuy en clave de campaña e introducen el miedo como insumo proselitista.
Ambos contendientes caracterizan el estallido como un presagio.
Para Unión por la Patria es el anuncio de la desmesura represiva que Juntos por el Cambio precipitará sobre el país accede a la Presidencia. Juntos por el Cambio respalda al gobernador radical Gerardo Morales, acusa al Gobierno nacional de instigar y solventar los incidentes y pronostica que el kirchnerismo reaccionará con la misma violencia desmadrada si pierde y debe entregar el poder en diciembre.
Estos augurios apocalípticos y autoexculpatorios se intercambian sobre las evidencias del Estado fallido que las jornadas de Jujuy condensan más allá de sus singularidades: crisis de representatividad, repulsa a la actividad política tradicional, instituciones impotentes para gestionar el conflicto social debido a su descrédito, proliferación de organizaciones paraestatales financiadas con recursos públicos.
Tal vez sea cierto que el kirchnerismo esté detrás de la escalada, pero Morales no está en condiciones de desmentir el poder hegemónico que construyó en Jujuy, con la captura de la Justicia y un nepotismo obsceno. Si hay infiltrados, conviene revisar las fisuras por las que fluyen las filtraciones.
No se trata de neutralidad, sino de perspectiva.
Podrá adherirse a cualquiera de las dos hipótesis catastróficas que oficialistas y opositores diseminan, pero hay una proyección más inquietante e inmediata: Jujuy exhibe en formato trágico la desconexión entre representantes y representados que viene manifestándose en sordina decreciente con la abstención electoral, el voto en blanco y el crecimiento de alternativas estrafalarias y mesiánicas como la del libertario Javier Milei.
La política endogámica es el combustible de las aventuras violentas. Morales avanzó con la aprobación de una reforma constitucional cuestionada en las calles, y el Gobierno nacional sopla el incendio iniciado sobre esas pasturas secas.
Era una ingenuidad suponer que iba a privarse de semejante papa, cuando se dinamitó a sí mismo entregado a sus litigios internos y está partido hasta por el reglamento de las PASO. No iba a negarle a los foráneos perjuicios que prodiga a los propios ¿Qué esperar para el futuro?
Lo que la fractura jujeña prefigura, antes que represiones o revueltas indefectibles, son las dificultades que tendrá el próximo Gobierno, cualquiera sea, en la tarea de lograr los consensos indispensables para llevar adelante un programa económico y social consistente, que permita comenzar a desandar la prolongada degradación argentina.
La represión o las revueltas sobrevendrán si se fracasa en la meta de revertir una fragmentación rabiosa que despoja de legitimidad al poder estatal, para desperdigarla en facciones que terminan arrogándose la representación popular.
Esta dinámica estimula una marginalidad institucional que irrumpe cada tanto para exponer la fragilidad del sistema, su condición de rehén.
El femicidio de Cecilia Strzyzowski en Chaco catapultó a la escena nacional al clan liderado por Emerenciano Sena, quien en 25 años consiguió edificar un Estado provincial paralelo amparado por el gobernador Jorge Capitanich y sus antecesores.
La evaluación de este episodio también se ajustó a las estrategias electorales. Los cuestionamientos de Juntos por el Cambio al régimen de Capitanich fueron complementarios con la prescindencia y los intentos de circunscribir el caso a la esfera policial de la Casa Rosada y el kirchnerismo, como si a Sena lo hubiera traído la cigüeña y las prebendas que se le otorgaron hubieran sido inocuas en su sentimiento de impunidad.
Podrían atribuirse las oportunistas reacciones a los apetitos propios del período electoral, pero la mirada retrospectiva indica que el ombliguismo es crónico.
Deslegitimada, la grieta apuesta al miedo. n