domingo 3 de mayo de 2026
Cara y Cruz

El imperio de la motosierra

El nuevo récord inflacionario de septiembre se inserta en una escena de descalabro económico que deja a esta altura escasos márgenes para las sorpresas.

En la escalada de la crisis, el vacío de poder pretende disimularse con gestos efectistas y operaciones sucias que siembran obstáculos para lo que emerge cada vez con mayor claridad como prioritario: reconstituir el tejido político para tratar de encauzar el desmadre en base a consensos mínimos.

Arduo desafío en el marco de una campaña muy contaminada por el afán destructivo mutuo. La motosierra ha dejado de ser patrimonio de Javier Milei. El libertario ha conseguido imponer sus desmesurados términos en la discusión, pero es preciso señalar que sembró en terreno ya abonado por los odios de la vieja grieta entre kirchneristas y macristas.

La erosión del rival, con arremetidas cada vez más brutales, prevalece por encima de cualquier atisbo de construcción. Los candidatos postergan esa tarea para el balotaje, pero se afianzan los interrogantes sobre las posibilidades que tendrán para hacerlo y hay un elemento que se ha perdido de vista en el salvajismo que se ha apoderado del litigio: 10 millones y medio de votantes no concurrieron a las urnas en las PASO.

Es por lo menos dudoso que el degradante espectáculo al que asisten los aliente a inmiscuirse. Que Sergio Massa, el ministro de Economía de semejante caos, retenga competitividad como candidato a presidente resulta menos extraño en cuanto se consideran las cualidades de sus contendientes. La calidad de la oferta electoral marca el nivel del desplome de la política en la consideración pública.

Patricia Bullrich, por un lado, crédito de Mauricio Macri que se impuso sobre Horacio Rodríguez Larreta en una interna de Juntos por el Cambio tan cerril que perjudicó las chances del espacio. Este deterioro es una novedad. Todas las fuerzas nacionales que dirimieron en internas sus candidaturas desde la restauración democrática mejoraron sus chances electorales.

Carlos Menem se potenció tras derrotar a Antonio Cafiero en 1988.

El FREPASO se afianzó a mediados de los ’90 y dejó al radicalismo tercero en las presidenciales de 1995 luego de la victoria de José Octavio Bordón sobre Carlos “Chacho” Álvarez.

Fernando de la Rúa accedió a su finalmente frustrada Presidencia en 1999 después de ganarle la candidatura de la Alianza en internas a Graciela Fernández Meijide.

Macri ganó la candidatura a presidente de Cambiemos en 2015 en primarias contra el radical Ernesto Sanz y la líder de la Coalición Cívica Elisa Carrió.

Obviamente, ninguna de esas confrontaciones estuvo signada por un fenómeno como el que ahora protagoniza Milei, usufructuario electoral del fracaso de lo que denomina “la casta”, que ha llevado la pobreza a más del 40% y extendió la marginalidad económica a niveles estratosféricos.

Milei tiene una diferencia central con personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro: no viene precedido por una estructura política visible. Trump llegó a la Presidencia de Estados Unidos desde el Partido Republicano. Bolsonaro inició su carrera política en 1991: 30 años antes de llegar a la Presidencia del Brasil.

El carácter de “out sider” de Milei no tiene máculas y de ahí el alto impacto que adquieren los vínculos que comienza a tejer con miembros de la “casta” a la que vitupera.

Desde su milenarista visión de la política, para él la explicación es simple: para dejar de ser casta, basta atravesar el Jordán libertario.

Milei bautiza y decide. Cunden los dispuestos a convertirse en el imperio de la motosierra.

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