El desmesurado aumento que se habilitaron los senadores nacionales en sus dietas, en un trámite con intenciones de clandestinidad aderezado por la incorporación de un aguinaldo que hasta ahora no cobraban, incluye un aspecto significativo e insuficientemente valorado del proceso que se desarrolla desde que Javier Milei accedió a la Presidencia.
El senador porteño Martín Lousteau confirmó las conjeturas sobre la causal del irritante movimiento: con el ascenso a la categoría de secretario de Estado, el vocero presidencial Manuel Adorni cobrará más de 4 millones de pesos y un senador, hasta el jueves, embuchaba 1,9 millones.
“A mí no me parece bien que el vocero del presidente gane tres veces más que un senador. No me parece bien que el sueldo de un senador sea el inicial de un cajero de un banco", dijo. También consignó que los senadores cobran menos que “un tuitero” presidencial.
El escándalo que desencadenó el “dietazo”, convenientemente estimulado por el propio Milei en su batalla épica contra el “nido de ratas” y jalonado por meritorias exhibiciones de hipocresía, oculta un interrogante medular: ¿con qué criterio se establecen los emolumentos de la administración pública y el funcionariato?
Ningún senador, tampoco Lousteau, ofrece explicaciones al respecto. Parece que se tomó como referencia lo que gana un juez. El justificativo de cualquier modo, si hay que atenerse a lo que el radical dice, serían envidias endógenas de la casta, infantilismos: los senadores se aumentan porque los ofende que Adorni o los tuiteros del presidente ganen más que ellos.
Debate emergente
El episodio del Senado termina de descubrir que la irrupción de Milei, con todos sus controversiales, agresivos y hasta deleznables ingredientes, ha llevado a la superficie discusiones que se mantenían clausuradas, tal vez porque la política tradicional no estaba en condiciones de desenfrenarlas sin inmolarse. Quizás solo era posible que emergieran por obra de un catalizador foráneo.
El estancamiento económico argentino, que lleva más de una década, tiene como correlato el crecimiento de la informalidad laboral y un incremento del empleo público registrado en detrimento del privado.
De representar poco más de 55% de los trabajadores registrados en 2012, los empleados del sector privado pasaron a computar poco menos del 48%, mientras que los del sector público, que hace una década representaban menos de 24%, ahora ya tienen una incidencia que supera el 26% del total. La informalidad, en tanto, se ubica alrededor del 50%.
Sobre este fenómeno se inscribe otro, en el que Milei se afirma para su feroz ataque sobre el sector público: la conversión de los puestos del Estado en moneda proselitista y reaseguro de privilegios, con sueldos promedio superiores hasta en un 30% respecto de los del sector privado.
Clientela libertaria
La situación es ilustrativa desde el punto de vista político.
El predicamento de Milei se asienta, en principio, sobre el enorme universo que está afuera del paraguas del empleo estatal en cualquiera de sus formatos, que fue juntando herrumbre durante años hasta encontrar canal de expresión electoral, pero también dentro de los propios cuadros de la administración pública que vieron malogradas sus expectativas de desarrollar una carrera por la invasión de logreros premiados con salarios fuera de cualquier escala.
En Catamarca se dio un ejemplo muy nítido de esto cuando referentes del oficialismo local expresaron su aflicción por los despidos en la ANSES. A los libertarios les bastó señalar que los afligidos, reciclados en puestos electivos o jerárquicos de la administración pública provincial, habían tomado la precaución de auto-otorgarse la planta permanente en el organismo nacional antes de emigrar, dejando a contratados que en algunos casos superaban los diez años en esa condición a la intemperie, a merced de la motosierra.
En más de una década de decadencia, en la Argentina se fue configurando una “casta” parasitaria estatal al amparo de la política, que además de jugosos salarios obtuvieron dividendos a través de la administración de cajas millonarias para financiar enjuagues y corruptelas y todas las gangas de los viáticos y gastos de representación.
Justificativos
Cuando la crueldad y las injusticias de su purga en el sector público amenazan tornarse demasiado gravosas, Milei recurre a la inagotable cantera de abusos que se han perpetrado a lo largo de esta transformación del Estado en herramienta clientelar y fuente de corrupción.
El derrotero de la ANSES, PAMI, la AFIP, empresas estatales como Aerolíneas Argentinas, AySA o la propia YPF le proporcionan insumos al parecer infinitos para fondear conceptualmente su cruzada.
Son reparticiones que se afianzaron como sueño laboral dorado por sus sueldos y destinos muy codiciados por las nomenclaturas políticas para prosperar y hacer negocios.
La degradación acabó fundiendo al Estado por una razón capital: la facultad de los altos mandos para, en connivencia con las organizaciones sindicales, fijar sueldos y decidir gastos con criterios divorciados de cualquier racionalidad económica.
¿En cuánto contribuyó esto al desenfreno de la emisión para solventar el déficit? Salarios, cajas chicas, parques automotores, insumos, viajes…
En el sector privado no es posible gastar por encima de los ingresos indefinidamente sin quebrar. El equilibrio económico y financiero es condición indispensable para mantenerse a flote. La ausencia de este factor en la administración de los organismos estatales fue generando una inequidad creciente y cada vez más ostensible.
De ahí la inquina hacia la “casta” política de la que emergió Milei. El privado, los monotributistas y los autónomos solventaban con una presión tributaria cada vez más asfixiante el despilfarro de un sector público bulímico. Los agentes públicos de carrera fueron desplazados por arribistas.
Así se construyó la aversión al Estado y a la política sobre la que cabalgan Milei y su prédica de tierra arrasada. Las objeciones a los excesos y contradicciones libertarias, que no se reducen a Adorni, se diluyen en la intensidad y volumen de las cometidas por sus antecesores.
Pasa que Milei lleva apenas cuatro meses en el comando. Podrá creerse o no en su promesa de que la motosierra y la licuadora estabilizarán la economía y abrirán paso a un rebote económico. Pero ese incierto horizonte sigue siendo, para la mayor parte de la sociedad, más atractivo que la verificada venalidad e incompetencia de quienes lo precedieron.