martes 31 de enero de 2023

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Mirador Político

El emergente Pérsico

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En las elecciones catamarqueñas de 2011, la prensa metropolitana destacó como rasgo singular la candidatura a intendenta de Valle Viejo de Natalia Soria, quien lideraba, como ahora, la terminal local del Movimiento Evita orientado por Emilio Pérsico.

Doce años o seis elecciones después, Pérsico cierne la influencia que ha conseguido acumular desde entonces sobre La Matanza, distrito bonaerense clave y corazón del kirchnerismo, donde promueve la candidatura de su compañera, Patricia “La Colo” Cubría, contra las pretensiones de continuidad del intendente Fernando Espinoza

La cronología contribuirá a dimensionar la magnitud del desafío.

Cuando asumió la Presidencia en mayo de 2003, con un caudal de votos exiguo, Néstor Kirchner inició de inmediato las maniobras para apoderarse de la maquinaria bonaerense que obedecía a Eduardo Duhalde. El primer intendente que contactó fue el de La Matanza, Alberto Balestrini, quien en 2007 fue elegido vicegobernador de Buenos Aires y se desempeñó en el puesto hasta que en 2010 un accidente cerebrovascular lo sacó del juego. Murió en 2017.

Desde 2005, cuando dejó la Intendencia para ser diputado nacional, lo sucedieron en el poder matancero Espinoza, Verónica Magario y nuevamente Espinosa. Magario es la actual vicegobernadora de Axel Kicillof. De La Matanza salió también Gabriel Mariotto, igualmente ultrakirchnerista y vicegobernador de Daniel Scioli.

La Matanza es el partido de padrón más voluminoso del Conurbano, pero además de eso tiene para el kircherismo un valor simbólico central.

La arremetida electoral de Pérsico precisamente en esa geografía implica un grado de insumisión inédito de los movimientos sociales respecto de la jefatura de Cristina Kirchner. Es una emancipación que el kirchnerismo se niega a digerir.

De Soria a Pérsico

Lo fugaz del interés periodístico nacional por Natalia Soria, candidata y luego intendenta “piquetera” en aquellos tiempos de comicios provinciales desdoblados, indica que en 2011 se la consideraba un exotismo sistémico, apenas un dato de color. La lectura no era errada. Se postuló por el Frente para la Victoria, amparada por Lucía Corpacci y solo pudo sostenerse en la Intendencia chacarera un período, luego del cual se recicló en rol mucho menos protagónico como diputada provincial. La intendencia de Valle Viejo no volvió en 2019 a sus manos, sino a las de una Susana Zenteno inmaculada de precedentes piqueteriles, aunque beneficiaria también del favor corpaccista.

En contraposición con tales dependencias, lo que distingue el posicionamiento de Pérsico, a otra escala, es su autonomía respecto de la burocracia política tradicional, que refleja la alcanzada por los movimientos sociales en un período signado por la degradación social.

La evolución del Movimiento Evita constituye un caso paradigmático de procesamiento político de la pauperización. Es un emergente del fracaso colectivo nacional.

El kirchnerismo lo ataca con más énfasis ahora que lo amenaza directamente, pero la inquina apresuró su maduración a partir de las armónicas relaciones que Pérsico construyó con Carolina Stanley, ministra de Desarrollo Social de Mauricio Macri. Estos vínculos le permitieron acrecentar la administración de programas sociales y ganar la hegemonía en el ecosistema de las organizaciones en las que el Estado ha delegado la asistencia a la pobreza.

En la interna nacional, Pérsico juega con Alberto Fernández. Como Secretario de Economía Social en el Ministerio de Desarrollo Social que encabeza la albertista Victoria Toloza Paz, maneja el programa Potenciar Trabajo, que es objeto de investigación judicial por anomalías detectadas en una auditoría de la AFIP cuya filtración atribuye al kirchnerismo.

Las partidas para el Potenciar Trabajo se incrementaron en un 160% en el Presupuesto 2023, lo que sumado a otros mecanismos menos importantes le darán al líder del Movimiento Evita el control de unos 600 mil millones de pesos en el año electoral, la mitad de los recursos totales de la cartera.

El aumento duplica el otorgado a las políticas alimentarias a cargo de la dirigente de La Cámpora Laura Valeria Alonso. Mucho más rezagada quedó la Secretaría de Integración Socio Urbana, que tiene como principal tarea la urbanización de los barrios populares, a la que se le presupuestaron 11.213 millones. Este organismo está al mando de Fernanda Miño, dirigente del Movimiento de Trabajadores Excluidos, cuyo referente es el cristinista Juan Grabois.

Por si el Potenciar Trabajo fuera poco, Pérsico también tiene influencia en estas políticas de urbanización. Por resolución ministerial, el 25% de las obras que se realizan en los asentamientos deben asignarse a cooperativas de trabajo de los movimientos sociales agrupados en la Unión Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). El secretario general de la UTEP es Esteban “Gringo” Castro, dirigente del Movimiento Misioneros de Francisco fundado por iniciativa de Pérsico. El mismo decreto manda que a las cooperativas de la economía popular se les otorgue el 30% de la obra pública nacional de hasta 300 millones de pesos.

Con estos instrumentos enfrenta el Movimiento Evita al kirchnerismo en el área metropolitana, con La Matanza como epicentro de su ofensiva.

La transformación

Las objeciones a los movimientos sociales giran en torno a su carácter parasitario y los supuestos perjuicios que provocan en la cultura del trabajo. Pierden de vista, sin embargo, el significativo crecimiento de la marginalidad y la economía informal, que están por encima del 50%, y la falta de respuestas al flagelo de la exclusión.

Si bien no lo pregonan a los cuatro vientos, las organizaciones han dejado de negar que se financian con parte de los recursos del asistencialismo. Equiparan el método a los aportes sindicales o las contribuciones a los partidos políticos. El razonamiento puede ser cuestionable, pero era absurdo suponer que transformaciones de la estructura social tan profundas como las que la Argentina ha experimentado no tendrán correlato en el terreno político.

La escena se ha reconfigurado al ritmo de un desplome que las instituciones no parecen en condiciones de canalizar. La propia necesidad de recurrir a las organizaciones sociales para auxiliar a la pobreza lo demuestra: el elefantiásico Estado nacional no puede hacerlo por sí solo.

En junio, cuando Cristina propuso terminar con la “tercerización” del asistencialismo, el “Evita” le respondió con un diagnóstico.

“Los planes sociales son apenas el 10% de la economía popular y el 5% del conjunto de los trabajadores y las trabajadoras. El IFE nos demostró que había más de 11 millones de trabajadores y trabajadoras por fuera de las relaciones de dependencia. Hay 6,5 millones en el sector privado y más de 3 en el sector público. Los 11 millones de trabajadores y trabajadoras a las que nos referimos no se quedaron esperando que el Estado o el mercado resolvieran sus ingresos: salieron a buscárselos y hoy son la mayoría de la fuerza de trabajo”, consignó tras recordar que “hace más de 50 años que no crece el trabajo registrado en la Argentina”.

El problema no es Pérsico y sus epígonos, sino una dirigencia política reacia a hacerse cargo de sus responsabilidades en el retroceso del país.

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