Vacancia. Marita Colombo murió víctima del coronavirus, en ejercicio de la presidencia de la UCR.
La interna del radicalismo catamarqueño adquiere características que, si bien en principio pueden parecer extrañas, o heterodoxas, responden a lo que se supone debe parir: un orden que reemplace al que se configuró en las últimas cuatro décadas orientado por la relación amor-odio entre los exgobernadores Oscar Castillo y Eduardo Brizuela del Moral. Si el litigio no sirve para eso, no sirve para nada.
Si se asume esta perspectiva, es más fácil comprender los movimientos de la pléyade de sectores que fueron conformándose desde que la cartografía diseñada al influjo de esos dos puntos de referencia del cielo boinablanca entró en agonía. Uno, Brizuela, poseedor de una intención de votos muy significativa, murió; el otro persiste en repliegue, con un capital basado nada menos que en el hecho de haber derrotado al saadismo y haberle dado en 2003, frente a Luis Barrionuevo, ocho años de sobrevida al FCS, la fuerza que durante más tiempo gobernó en toda la historia institucional de Catamarca: 20 años.
Ha de convenirse que no se trata de liderazgos fáciles de empardar.
En la larga agonía del castillo-brizuelismo –con permiso de Tulio Halperín Donghi- hay que rastrear las singularidades de la pelea radical de la hora: el oficialismo partidario está representado por el diputado nacional Francisco Monti, el senador nacional Flavio Fama y los diputados provinciales Alfredo Marchioli y Natalia Herrera.
¿En qué consiste la particularidad?
Monti es presidente del partido por una circunstancia fortuita: proviene de las filas del ex intendente de la Capital Ricardo Guzmán y era el vicepresidente, por esas alianzas de ocasión trenzadas para retener el control de la burocracia partidaria, de la ultracastillista Marita Colombo, a quien se la llevó el coronavirus. Sube por deceso, no por elección o rosca.
Esto es: Monti ocupa un espacio central en el esquema de la UCR no por sus méritos, sino por un episodio ajeno a su voluntad y a su pericia política. O lo que es lo mismo: no se ha ganado la conducción del radicalismo local.
De ahí que los aspirantes a herederos de Oscar Castillo lo cuestionen. Para ellos, fundamentalmente para los diputados Luis Fadel y Luis Lobo Vergara, se trata de un usurpador. La presidencia de la UCR es Celeste, Monti es solo un accidente producto del inesperado deceso de la recordada Marita. Debe devolver a batuta obtenida por un imponderable biológico, admitir el carácter vicario de sus potestades.
El problema es que Monti no se allana a este argumento y, encima, construye relaciones desde la presidencia partidaria obtenida tan inesperadamente, no solo con la conducción nacional de Gerardo Morales, sino también con el PRO y la Coalición Cívica.
En este marco, todos los participantes de la interna del radicalismo machacan sin excepción la lista de unidad, que serviría, según dicen, para ordenar una oferta competitiva.
Brilla por su ausencia una evaluación dirigida a establecer lo que surgiría de tal unidad. Todos consideran que un radicalismo unido sin pasar por las urnas estaría en mejores condiciones de dar la batalla por la recuperación del Gobierno en la generales, pero este aserto no se somete a revisión.
La pregunta a responder es si la lista de unidad arrojaría una conducción de la UCR lo suficientemente legítima como para articular un frente opositor consistente a su alrededor. O mejor: ¿puede legitimarse una conducción sin elecciones internas efectivas?
Es el gran interrogante que debe responder la UCR, ya en el tramo final hacia la presentación de listas, que es el 3 de marzo.
Ahí radica la gran definición: Monti, resabio del guzmanismo, llegó a la presidencia aliado con los castillistas, que hasta ahora lo enfrentan.
El nervio de la pelea quedó claro con el documento que el castillismo y sus aliados le dedicaron el fin de semana descalificándolo como presidente del partido.
En última instancia, para los herederos de Oscar se trata de recuperar el cetro de Marita Colombo.