ver más
El mirador político

El arquetipo Aerolíneas

22 de septiembre de 2024 - 00:15

Los abusos y privilegios de la casta aeronáutica explican el fracaso de Aerolíneas Argentinas mucho mejor que los subsidios que deberían aplicarse en el precio de los vuelos a destinos no rentables.

Pasajes gratuitos en “business” para los pilotos y sus familiares y emolumentos fuera de toda escala, establecidos en desmedro de cualquier lógica gerencial razonable, son los ingredientes más visibles de una estructura de canonjías que le arrebata recursos a la única función que justifica contar con una línea de bandera solventada por el tesoro público: proporcionar el servicio de transporte aéreo y conectar destinos que la oferta privada descarta porque no arrojan utilidades. Obtener una renta para el sector público podría ser otro motivo para sostener una línea de bandera, pero la incapacidad de la política argentina en tal sentido es proverbial.

La competencia por financiamiento entre los saludables criterios de promoción social y la rapacidad de la oligarquía que conforman el funcionariato jerarquizado y las organizaciones sindicales es clave para entender el proceso de distorsión de las metas de Aerolíneas, que se erige de este modo en arquetipo de las empresas y enclaves estatales quebrados menos por los costos de sus funciones que por la decisión de convertirlos en cuevas de privilegio.

La tensión entre el diseño teórico de las reparticiones públicas y la práctica es un modelo de análisis que podría aplicarse sobre ANSES, la AFIP, el PAMI y el auxilio a la pobreza intermediada por organizaciones sociales, en base a un interrogante disparador tan simple como estimulante: ¿cuánto dinero podría asignarse a mejorar la atención de la seguridad social, la educación, la salud y la calidad de vida de la sociedad en general si se restringieran las prebendas?

El caso de Catamarca es ejemplar. El costo de los vuelos a la Provincia en Aerolíneas Argentinas puede llegar a triplicar el de los que tienen otros destinos en la región. Las gestiones ante la empresa para revertir esta asimetría han sido siempre infructuosas. Frente a las revelaciones del conflicto en curso, es lícito preguntarse si esta reticencia a satisfacer los requerimientos catamarqueños no tendrá algo que ver con las fortunas que demanda mantener los salarios multimillonarios y las ventajas de burócratas y pilotos. Quizás eliminando los vuelos gratis al exterior en “business” se podría armar un presupuestito como para que viajar en avión a Catamarca no saliera tan caro.

No deben faltar sofistas capaces de elaborar razonamientos que desacoplen una cosa de la otra, pero nunca se ha intentado profundizar siquiera en una discusión de esta naturaleza. Cualquier embrión de debate en tal sentido es sepultado por las bullas de la intransigencia ideológica que oponen hipócritamente la Patria y la soberanía a las intentonas de privatización, en una dicotomía estéril en que lo público y lo privado se postulan como inconciliables.

Cuestión de eficiencia

Los paladines del Estado atribuyen a los de la privatización intenciones mefistofélicas y viceversa, pero la antinomia es falsa. El problema no es si Aerolíneas es estatal o privada. El problema es que se la gerencie correctamente para que pueda cumplir con eficiencia la función de suplir al sector privado donde sea necesario.

El Estado, que recuperó el control de la línea en 2008, ha demostrado ser un pésimo administrador en tal sentido. Y no lo fue por impericia, sino por exceso de pericia: incompetentes para la prestación del servicio, los funcionarios han sido muy competentes en saquear los presupuestos para favorecer acólitos y atender la gula de las castas que convirtieron a organismos y empresas públicas en sus feudos corporativos.

Llama la atención que legisladores nacionales del interior como los catamarqueños, que encima representan a un distrito castigado con tarifas prohibitivas, hayan rechazado que Aerolíneas fuera privatizada cuando se discutió la Ley Bases. Una línea de bandera correctamente gerenciada beneficia al interior, no al área metropolitana.

La diferencia entre el gerenciamiento público y el privado radica en que el privado debe necesariamente mantener en equilibrio su ecuación económica. No puede fijar sueldos ni hacer contratos a su antojo, independientemente del resultado económico, sin riesgo de entrar en quiebra. El subsidio total o parcial de rutas no rentables puede mantenerse con financiamiento estatal, sin perjuicio de que la operación esté a cargo de un prestador privado que obtenga sus utilidades de las rutas que sí lo son.

Lógica defectuosa

La objeción que por lo general alzan contra este diseño los fundamentalistas del estatismo es que podría verse desvirtuado por componendas corruptas entre los prestadores privados y los funcionarios encargados de liberar subsidios. Si bien abundan los ejemplos en tal sentido, es notorio cómo el estatismo desconfía de la integridad de los eventuales representantes del Estado, pero concluye que debe renunciarse a la gestión privada para entregarla íntegra a los sujetos de los que desconfía.

La pertinacia en esta lógica defectuosa ha tenido resultados lamentables. Las prestaciones del Estado no solo son pésimas, sino también deficitarias en miles de millones de dólares y minadas por corruptelas y privilegios, como puede corroborarse en cualquiera de las actividades ajenas a sus funciones específicas que acomete con el pretexto de defender a la Patria contra presuntas conjuras internacionales.

Pobre Patria, invariablemente condenada en la Argentina a ser el último refugio de los canallas.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar

video