lunes 26 de septiembre de 2022

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Carta al director

El 172 aniversario del paso a la inmortalidad del Padre de la Patria

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16 de agosto de 2022 - 01:00

Señor Director:

Referirse a nuestro héroe por antonomasia, al padre indiscutido de la patria, el Gral. Don José de San Martín, cuando mañana se cumpla el 172 aniversario de su muerte, constituye para cualquier argentino un elevado honor y una especial responsabilidad, toda vez que implica el culto a la figura del Libertador.

La grandeza de una nación descansa sobre sus pilares esenciales y es entonces que podemos decir que es propio de pueblos sanos, respetuosos de su pasado y de una íntegra soberanía, reverenciar a sus héroes y a las acciones que dieron basamento a su nacionalidad.

Y así nos lo recordaba el presidente Mitre al recibir los restos de San Martín en mayo de 1880 cuando dijo: “Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos y aquellos que se apoyan en sus tumbas gloriosas, mejor se preparan para el porvenir, nuestra condición de ciudadanos predispone entonces nuestro espíritu para su veneración y reconocimiento”.

Por eso resulta propicio proponer el recuerdo de un San Martín despojado de lo epopéyico, no un San Martín escolar sino un San Martín vital, tangible, modelo de perseverancia, de serenidad, de renunciamiento y de modestia.

La simple enumeración de los hechos históricos que jalonaron su existencia, pese a ser extraordinarios, no parecen suficientes ante la trascendencia de su figura.

Y ello nos coloca en una difícil disyuntiva cuando queremos juzgar si es más heroico en sus triunfos en Chacabuco y Maipú o en su callado retiro después de Guayaquil.

Solo para mencionar alguna de sus epopeyas, los invito a que hagan un estudio y análisis del cruce de Los Andes: superar alturas mayores a los 4.000 metros, con más de 5.000 hombres, con la organización de todo el sostén logístico militar que ello conlleva y librar batallas del otro lado en nombre de la libertad, no en nombre de conquistas como Aníbal o Napoleón, resulta de una dimensión que hoy en el mismo siglo XXI resultaría algo difícil de llevar adelante.

O si el resplandor de la gloria lo ilumina más cerca cuando recibe el estandarte de Pizarro en Lima, o cuando entrega a las nietas para sus juegos las condecoraciones de baile.

Hoy más que nunca se torna imprescindible el conocimiento de sus más profundos valores humanos, de sus extraordinarias virtudes ciudadanas, porque difícil es decirlo, pero vivimos tiempos en que fácilmente se trastocan escalas, se destruyen valores y en que un individualismo egoísta se expande peligrosamente.

San Martín nos enseñó el difícil arte de construir con poco para lograr lo mucho, su figura en el pedestal y permanecer en él sin deslumbrarse por la gloria, sin caer en la ebriedad del poder y he allí el héroe más humano que nunca, descendiendo sereno desde la cumbre de su propia grandeza, después de la aclamación de los pueblos agradecidos, para replegarse en el silencio del destierro voluntario.

Esa paz solo puede hallarla poco menos que a escondidas en Francia, en el casi anonimato europeo, es el envejecido protagonista de una época gloriosa.

Pero quedémonos con el hombre, con el San Martín estructurado en un inflexible código de ética, de toma de posición frente a la vida, en su sereno enfrentamiento con la adversidad.

Ese ideario sanmartiniano que se convierte en el breviario del diario vivir, en docencia. Y por ello, dicho ideario debe servirnos hoy para reavivar el fuego sagrado de la nacionalidad, para reavivar la ética del sacrificio, para ponernos de pie, en celosos defensores de nuestros derechos y de nuestras obligaciones.

Solo así seremos dignos como integrantes de este bendito suelo argentino de invocar al general don José de San Martín, para que nos infunda la virtud del sacrificio, para entregarnos a la causa de la patria.

Y nos enseñe el derrotero de la gloria por el que debemos avanzar en pos de sus grandes destinos.

Que nos ilumine en las horas aciagas y nos marque el sendero del estoicismo para permanecer incólumes ante la diatriba, la calumnia y el olvido.

Nos preserve de los odios y las pasiones mezquinas para que podamos ser definitivamente el gran pueblo argentino.

Finalmente decimos que es tiempo de volver a la senda de las virtudes sanmartinianas, que nos permitan hacer del honor una práctica, de la dignidad una bandera y del patriotismo una causa por la cual vivir y morir.

Cnel. (R) Eduardo Mendizábal

Vpdte. Asociación Cultural Sanmartiniana

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