La jornada del paro fue una síntesis inquietante. Dos Argentinas más incompatibles que inconciliables quedaron...
La jornada del paro fue una síntesis inquietante. Dos Argentinas más incompatibles que inconciliables quedaron enfrentadas. Una burocracia sindical anacrónica, corrupta y mezquina encarnada a la perfección por el heredero del liderazgo camionero Pablo Moyano de un lado, vituperando a un Javier Milei que no atina a dar con un punto de estabilidad razonable para su gestión.
Son dos picos de una tenaza que asfixia al país, dos expresiones de la misma impotencia.
Que la CGT dispense a las gestiones peronistas una tolerancia que niega a las que no pertenecen a ese signo político y que haya ejecutado un paro sobre Milei en tiempo récord son ingredientes anecdóticos, secundarios. Lo más importante es que los autoproclamados representantes de la clase trabajadora solo se movilizan en defensa de sus canonjías.
El problema de los gordos cegetistas no es la pobreza endémica, ni el azote inflacionario que carcome el ingreso y la hace cundir. Si lo fuera, hubieran tomado las calles y capitaneado movilizaciones desde muchísimo antes de que Milei accediera al poder.
El problema es que el programa de Milei les amenaza las cajas: aportes sindicales, cuota solidaria compulsiva, manejo arbitrario de los fondos de las obras sociales.
La pobreza, el sufrimiento de quienes experimentan la degradación social son los pretextos que utilizan para intentar investir de alguna nobleza al objetivo real de la angurria. Cada vez con menor eficacia, por cierto.
Toda la simbología y retórica de justicia social a la que recurrieron para darle estatura épica a la protesta, los fondos erogados para la movilización, no alcanzaron a disimular el menesteroso impacto del paro. Viejos zorros de la manipulación, lo convocaron para el mediodía. Pero aún así…
Pasa que la informalidad laboral y el cuentapropismo se desparramaron de modo sostenido mientras ellos se dedicaban a engullir a dos carrillos, chantajear y negociar prebendas corporativas.
Los expulsados les tienen picado el boleto y no les iban a hacer el caldo gordo plegándose a movida tan obvia. Algo les arrimaron a la plaza los gerentes de las organizaciones sociales, burocracia parasitaria de la asistencia social cuya convergencia en la protesta atestigua, paradójicamente, la defección de un sindicalismo perimido: si hay representantes de la llamada economía popular, es porque los sindicalistas cebados asistieron impávidos al desplome del mundo del trabajo.
De ahí la composición de la marcha: muchedumbres arreadas por los sindicatos, las organizaciones sociales, los caudillejos del conurbano. Los políticos derrotados tienen que camuflarse en esa mixtura, resignados al comando de patibularios moyanos que ni por asomo postularían en elecciones.
El exabrupto de Pablo Moyano –metáfora, dijo él- es producto de la necesidad de inventarse un enemigo común que amalgame tanta divergencia. Al ministro Luis “Toto” Caputo hay que llevarlo en andas, pero para tirarlo al Riachuelo, dijo el camionero.
Los protagonistas del paro y la movilización explican el triunfo de Milei. La irrupción del outsider obedece al hartazgo de la sociedad con personajes como Pablo Moyano y sus epígonos de la casta sindical.
El electorado expulsado prefirió lo desconocido antes que reincidir en los candidatos con los que el sindicalismo y sus satélites vinieron pactando mientras la sociedad se desplomaba.
La prolongación de la crisis, la caída de las expectativas en la gestión libertaria y el desconcierto de la política ante el fenómeno permitieron a los cegetistas tomar el centro de la escena pese a su devaluación.
Pero todo está como era entonces, si la alternativa a Milei es semejante ejercicio de hipocresía corporativa.