miércoles 26 de agosto de 2026
COLECCIÓN SADE

Don Burgos

Por María Mercedes Chasampi

Don Burgos era el carnicero del barrio. Cuando uno entraba a la carnicería, un tanto sombría y opaca, se encontraba con él, que irradiaba una luminosidad contagiosa. Un señor de mirada amigable y figura delgada y alta. Detrás del bigote blanco titilaba una sonrisa. Don Burgos siempre sonreía, aunque fuera con la mirada.

Yo, en esa época, era una niña todavía y me ocupaba de hacer los mandados, de manera que era una clienta asidua de la carnicería. Habré tenido unos diez u once años. Recuerdo que ese año hice la comunión con un hermoso vestido blanco que mi abuela cosió a mano con todo amor y dedicación.

También recuerdo que aquel fue un tiempo poco grato para mí. Ese año me habían salido testes en las manos. Uno no sabe en qué momento aparecen las testes. Comenzaron a brotar de a poco hasta que un día tuve todos los dedos horriblemente cubiertos de unos granos ásperos y duros que amargaban mi existencia.

Mi mamá ya había probado mil y una recetas para intentar exterminarlas, pero nada surtía efecto y no había vestido blanco que fuera capaz de taparlas. De manera que lo que más recuerdo del día de mi comunión son las putas testes y momento en el que les tenía que tomar las manos a mis compañeras de banco.

Las testes son contagiosas, pero cuando uno es niño no entiende esas cosas y lo único que quiere es arrancarlas, de manera que me las mordía, las limaba, las lijaba y otras mil y tantas torturas que no hacían más que multiplicarlas cada vez.

No sé en qué momento empecé a querer cortarlas de raíz y, cuando estaba sola, agarraba una gillette y me las cortaba al ras hasta que brotaba la sangre. Dolían mucho. Era una verdadera tortura.

Yo me las contaba una por una todos los días. Dicen que no hay que contarlas porque salen cada vez más, pero yo me las contaba igual. Hasta que un día fueron tantas que me perdía a mitad de la cuenta. Más de setenta y cuatro tenía.

Mi mamá ya había probado mil y una recetas para intentar exterminarlas, pero nada surtía efecto y no había vestido blanco que fuera capaz de taparlas. De manera que lo que más recuerdo del día de mi comunión son las putas testes y momento en el que les tenía que tomar las manos a mis compañeras de banco Mi mamá ya había probado mil y una recetas para intentar exterminarlas, pero nada surtía efecto y no había vestido blanco que fuera capaz de taparlas. De manera que lo que más recuerdo del día de mi comunión son las putas testes y momento en el que les tenía que tomar las manos a mis compañeras de banco

Un día, en la carnicería, don Burgos vio mis manos entestadas y me preguntó si quería que me las curara. Lo miré sorprendida y le dije que sí, con un sí que, más un sí, era una súplica. Entonces se fue calladito hacia el fondo del local y volvió con unos pedazos de tocino y me embadurnó las dos manos mientras dibujaba cruces y rezaba una oración en voz baja.

Yo miraba el movimiento de sus manos y en mi interior también rezaba para que se fueran. Ahí me contó que él curaba testes en secreto. Cuando terminó me dijo que me fuera y que por ninguna razón volviera la vista hacia atrás.

En Catamarca son comunes las testes y hay gente que dice que esas son pestes de gente pobre. También es común que la gente herede el don de curar algunos males sin ser curandero. Entonces te curan el empacho, la paletilla, las muelas, los parásitos, el mal de ojo y las testes. Eran tan martirizantes aquellas verrugas que seguí al pie de la letra todas las indicaciones de don Burgos…

Aquí hay un blanco en mi memoria porque no recuerdo si desaparecieron ese día o días después. Una sola cosa recuerdo, y es que un día me acordé de las testes y ya no las tenía. Nada, ni una cicatriz me quedó.

Un día fui a la carnicería y él no estaba. Había otro señor atendiendo. Le pregunté dónde estaba don Burgos y me dijo que esos días se había sentido enfermo y que por eso no iba a trabajar.

Ese mismo día a la tarde lo vi entrar en la carnicería y me quedé por ahí cerca para saludarlo cuando saliera. Unos minutos después lo vi salir. Luego de poner el candado, tambaleó. Creí que iba a caerse. Lo escuché toser y empezó a tomarse el estómago como si tuviera náuseas. Lo vi acercarse a una planta de morera y pensé que iba a desmayarse cuando lo vi vomitar en el cantero. Después de ese día no volví a verlo.

Pasaron los años y yo crecí. Hace poco pasé por la carnicería y la contemplé con una nostálgica gratitud, como esas que se siembran en la infancia y florecen para toda la vida.

Miré la morera intentando evocar el último recuerdo que tenía de él. De la morera solo quedaba el cadáver. El tronco y las ramas secas. Todas llenas de testes.

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