martes 14 de mayo de 2024
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Domingo por la mañana

Rodrigo L. Ovejero

Voy a empezar aclarando una cuestión fundamental: esta columna no apoya ningún tipo de discriminación. Dicho esto, continúa un texto que tal vez el lector considere discriminador y prejuicioso. No veo nada de contradictorio en ello.

He planteado este tema en diversas reuniones sociales y he llegado a la conclusión de que muchos hemos tenido experiencias similares. Domingo por la mañana, calma, silencio, el necesario descanso de la mente antes de la vorágine semanal, y entonces, con la sonoridad de lo fatal, suena el timbre, y nos encontramos a dos personas con expresas intenciones de hablarnos de Dios.

Ahora bien, mi formación en teología es prácticamente nula, pero cuento con amplia experiencia en lo relacionado a estar despierto el domingo por la mañana, así que mi opinión no es la de un neófito. Amparado en dicha autoridad diré que están encarando el asunto de la manera equivocada.

La mente humana no está preparada para abarcar los grandes temas del universo los domingos por la mañana. Es por esa razón que, en esos días, mientras se ceba un mate o se le echa azúcar al café, a nadie en su sano juicio se le ocurriría requerirnos nuestra opinión con respecto a la dicotomía de libre albedrío o destino, o a la existencia de principios morales universales más allá de cualquier cultura. La conversación de máxima complejidad que puede llevarse a cabo en ese momento versa sobre las opciones de almuerzo o la probable formación de Boca Juniors, pretender ir más lejos que eso es ridículo. Quizás haya personas capaces de discutir las alternativas del sentido de la vida un domingo por la mañana, pero no deben ser la mayoría. Yo me siento incapaz de ello toda la semana, pero especialmente los domingos.

Por eso creo fundamental, para superar ese obstáculo, estimular la mente de la persona a la que van a visitar. Supongamos, por caso, que un domingo estas personas se presentan a mi puerta con un kilo de helado. No tengo dudas de que me predispondría mejor a discutir la existencia de un ser superior o la veracidad de las palabras de la Biblia si mediara un kilo de helado. Y creo que a cualquiera le ocurriría lo mismo. Imagínese el lector un domingo en el que se acerca el mediodía y no resolvió la comida, empieza a angustiarse ante el hecho inevitable de que tendrá que cambiarse de ropa para ir a comprar algo cuando de pronto, de la nada, aparecen por su hogar dos personas con una docena de empanadas, y lo único que pretenden a cambio de ella es conversar con usted por espacio de media hora acerca de Dios. Ni siquiera necesita hacerlos pasar, puede hablar con ellos allí mismo, en la vereda, mientras come las empanadas con cuidado de no mancharse porque, claro, son fritas. Como Dios manda.

Seguí leyendo
LO QUE SE LEE AHORA
renunciaron siete cirujanos en el hsjb y se encendio la polemica con el gobierno

Te Puede Interesar