sábado 19 de noviembre de 2022

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Cara y Cruz

Deserción tras deserción

Afligido por los altos niveles de ausentismo registrados en los tres niveles escolares...

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Afligido por los altos niveles de ausentismo registrados en los tres niveles escolares durante el mes de octubre, el Ministerio de Educación anunció hace unos días su decisión de indagar sobre las razones del fenómeno, con un abordaje que podría calificarse como multidisciplinario. Si bien esta admisión oficial del problema y el compromiso público de empezar a trabajar para resolverlo son para celebrar, conviene consignar algunas salvedades.

La falta de novedad es quizás la más evidente. Educación se alarma del ausentismo como si hubiera descubierto la pólvora, cuando se trata de una mácula crónica que, en sintonía con factores como el no menos significativo ausentismo docente, los paros, las deficiencias edilicias que dejan fuera de servicio a muchas escuelas por días, semanas y hasta meses y la sobreabundancia de feriados nacionales y provinciales, edificaron un incontrastable fracaso, al que el rector de la Universidad Nacional de Catamarca le puso el moño: más de la mitad de los jóvenes que inician estudios superiores abandona antes de terminar el primer año debido a fallas insalvables en la formación de base.

La singularidad ahora consiste en que, saludablemente, el Ministerio de Educación omitió achacarle la culpa por los indicadores a los efectos de la pandemia o la gestión de Macri y plantea un método para explorar salidas que comprometería a toda la comunidad educativa, familias incluidas.

Habrá que ver cómo se desarrolla el proceso, pero en principio el anuncio resulta auspicioso: el derrumbe es responsabilidad de toda la corporación educativa, conformada por los gremios y un funcionariato que se prodigan dentelladas feroces en cada discusión salarial, pero acuerdan cómplices canonjías bajo la mesa, sin acometer jamás seriamente la discusión sobre la menesterosa calidad educativa.

Surgirán de esta ronda de consultas abierta por Educación los motivos del ausentismo, pero la deserción de los alumnos está vinculada sin dudas con la deserción previa de los actores del sistema, que vienen asistiendo a la sostenida decadencia en una actitud prescindente, como mínimo.

El esfuerzo de los docentes comprometidos con su tarea encalla en las fallas estructurales de modo recurrente. Bien dicen que una golondrina no hace verano. Las recurrentes frustraciones acaban por aplastar las vocaciones mejor templadas y la degradación se retroalimenta.

Este triste panorama se traduce en una fuga de la educación pública hacia la privada, solo atenuada por la profundidad de la crisis económica y la devastadora inflación que incluso obliga a muchas familias a revertir su decisión por la imposibilidad de solventarla.

Nótese la perfección del círculo descendente: las familias no regresan al sistema público porque consideren que mejoraron sus prestaciones, sino resignada a la mediocridad porque no les alcanza la plata.

De tal modo la educación pública, que fue en un tiempo el sistema de integración social por antonomasia, termina convertida en un engranaje más de la exclusión. Solo acceden a formación sostenida y de calidad quienes están en condiciones de pagarla o los que, de pura chiripa, dan con espacios en el sector público exentos de la debacle, cada vez más excepcionales y circunscriptos a docentes puntuales cuya siembra corre severos riesgos de malograrse en cuanto los estudiantes los pierden.

Acabar con la cadena de fracasos y comenzar a desandarlos es el más trascendente de los desafíos que enfrenta la sociedad. Su continuidad condena a generaciones al desamparo, en un mundo cada vez más exigente.

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