jueves 6 de junio de 2024
Escritores catamarqueños por autores catamarqueños

De María Emilia a Luis Leopoldo y Juan Bautista

Jorge F. Chayep

Tres grandes poetas de nuestra tierra. Tres voces, dos graves y una aguda, que desnudaron su lirismo expresando su amor al terruño y su gente con maravillosas palabras engarzadas, cual nacaradas perlas de un collar, formando sus versos y narraciones. Tres amigos, hermanados por su poesía, que se profesaban mutuo afecto, admiración y respeto por su arte.

Dos hombres y una mujer catamarqueños. Los hombres se anticiparon en su eterno periplo de retorno al olimpo donde moran los poetas, al amparo y las divinas atenciones de Polimnia y Calíope.

La mujer les rindió su homenaje con sendas magníficas elegías.

Como ya habrán adivinado, estamos nuevamente trayendo a tres grandes de nuestras letras: Luis Franco (+1988), Juan Bautista Zalazar (+1994) y María Emilia Azar de Suárez Hurtado (+2009).

No es casual que se conocieran y cultivaran una sincera amistad.

Como dijo el gran Ernesto Sábato: "No hay casualidades sino destinos. No se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que en cierto modo está escondido en lo más profundo de nuestro corazón".

Los unía su amor a Gea, o Gaya, (como decía Franco, admirador y exquisito conocedor de la cultura griega, de la que escribió vastamente), la deidad primordial y tectónica del antiguo panteón greco: La madre tierra.

Los tres amaban y les cantaban, en verso y en prosa a sus montañas y valles; a sus ríos y arroyos; al agua cantarina que corre entre las piedras, o rumoreando en las acequias; a la vivificante lluvia; al cielo y las estrellas; al sol dador de vida y esperanza; al silencio poblado de rumores; a las doradas espigas, a los frutos, a las flores, a la tierra feraz y también a la greda; a todo el reino animal; y, fundamentalmente, a los hombres, mujeres y niños de nuestra tierra provinciana, y al amor, en sus variadas expresiones, con el espíritu henchido por la grandeza de la naturaleza.

Franco, que con sus cuentos, poemas y ensayos, tuvo proyección y destacada trascendencia nacional e internacional, relacionándose con figuras de la talla de Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Ezequiel Martínez Estrada, jamás se olvidó de su Belén natal, regresando siempre a sus viejos amores.

Gana su primer concurso literario nacional con su “Oda primaveral”:

Las golondrinas llegan. Oh el retorno salubre / y fragante de la primavera que cubre / los setos familiares con las rosas de octubre! / Belén, yo quiero ahora celebrarte en mi canto, / dulce aldea que tienes tanto del Belén Santo. / En tus olivos graves y en el sencillo encanto / del rebaño de ovejas que regresa paciente, / de las buenas mujeres que van hacia la fuente, / mientras la esquila tañe evangélicamente…

No podía faltar la mujer en la literatura de Luis Franco, su “Hembra humana”, a la que reconoce características propias que la hacen “superior” en alguna medida al hombre; y piensa que es solo la mujer la que tiene el poder de cambiar su situación de dependencia, algo que le permitirá a la humanidad toda tener en el futuro una igualdad, porque se acabarían las diferencias de clases sociales, razas o género, un pensamiento revolucionario para la época. De su amiga María Emilia dice: “...y entonces, como por milagro o magia, poemas de la más veraz femineidad y de la más diáfana y moderna belleza le vienen a las manos… una de las más claras poetisas que tiene nuestro país o los otros de la lengua”.

Franco recrea, en un bucólico poema, a aquellas mujeres que llevan el agua de la acequia a la casa, “Las Mozas de cántaro”, que casi dos siglos antes habían sido también pintadas al óleo por Francisco de Goya:

“La mansedumbre amorosa del ala del palomo / la del largo crepúsculo… El agua de la acequia / ahora canturrea más clara. Un cinamomo / con su aroma antiquísimo y religioso obsequia. / Las lentas aguadoras han llegado a la acequia. / Y cada cual su cántaro bruno o bermejo llena / tapándole la boca con follaje, sin prisa. / La acequia está olorosa de menta y hierbabuena. / Y el pintoresco grupo dice entre risa y risa / sus bromas y sus chismes. Fluye el agua de prisa. / Y poniendo un rodete de trapo en la cabeza. / Alzan, corona fresca, la tinaja cantante. / Y vuelven al camino. Con donosa destreza, / muchas de ellas llevando las manos adelante, / hacen girar el huso, ligero y susurrante. / El esfuerzo del cántaro da relieve a los pechos. / Brillan los ojos zarcos y los ojos oscuros; / las curvas de los cuerpos y de la senda, a trechos / se confunden en besos armoniosos y puros. / Del cántaro hermanitos menores son los pechos. / Se ve piernas morenas y se ve piernas blancas, / y tobillos desnudos, así como en un friso. / Algunas trenzas rozan las ancas. / Y las ancas / se mueven con un ritmo preciso e impreciso… / El desfile es tan puro, que se dijera un friso. / Mansedumbre amorosa del ala del palomo, / la del largo crepúsculo. El agua de la acequia / ahora canturrea más clara. Un cinamomo / con su aroma antiquísimo y religioso obsequia. / Las lentas aguadoras retornan de la acequia”.

El poeta comparte con Thoreau y Walt Whitman su pasión por la naturaleza, como cuando canta a “La espiga”:

“La ves subir al cielo: temblante, fina, sola, / con pureza que no hallas en ninguna corola. / Tiene algo de rosario y tiene algo de cruz / y el surco negro aclara como si diera luz. / Al sol, que en ley de padre le bendice el cariño, / muestra su fruto como una madre su niño. / Sufrida, el peso de oro de sus granos aguanta, / pero levedad de hostia tiene su gracia santa. / La ves subir al cielo: temblante, fina, sola… / Las aristas radiantes le han ceñido aureola”.

Su adusta ternura y amor filial se manifiesta cuando recuerda a su madre:

“A esta mujer callada, esta mujer oscura, / la alabo, así vestida de simpleza y cordura. / Su bondad está hilada de consuelo y abrigo, / y su corazón lleno de experiencia y de días / es corazón más cándido que el corazón del trigo. / Y nada hay tan de madre como sus manos pías, / doctas en la dulzura y en todo noble uso, / que hacen el pan de Dios y hacen rezar el huso, / y criaron con afanes santamente prolijos / las plantas de este huerto de su vida: sus hijos”.

Su poesía la lleva a declamar a Juana de Ibarbourou (refiriéndose al “Libro del gay vivir”):

“...Es tal como quisiera yo haber hecho uno mío; / más límpido y más puro y más bello que un río. / Libro al que estoy tentada de gritarle: hijo mío! / Bendita sea, Luis Franco, tu estupenda poesía. / Tu alegría dio el fruto que no dio mi alegría!”.

El otro de los amigos, Juan Bautista Zalazar, docente, poeta y cuentista exquisito e investigador literario, catamarqueño por adopción, también retrató fielmente en su obra la idiosincrasia, las costumbres, las creencias, los fenómenos de la naturaleza y el lenguaje de las gentes autóctonas de nuestra tierra, la vida, y el realismo mágico. Habiendo nacido en San Blas de los Sauces, localidad de la vecina La Rioja, cursó sus estudios primarios, secundarios y superiores en nuestra provincia, donde se afinca, formando una hermosa familia con su esposa y cinco retoños, sus “cinco espigas” como él propiamente lo expresa.

De María Emilia dijo, prologando uno de sus poemarios, Mi Tierra Azul: “...El elemento predominante es la ternura, que no se describe y no se comunica sino que se contagia, se comulga. La autora mira con el corazón todas las cosas… Entre las intuiciones, la más importante es el sincretismo mítico, por el cual se da la visión unitiva del mundo. Todos los reinos hermanados: hombres, pájaros, árboles en la misma jerarquía…”.

La naturaleza siempre presente en la temática de los tres escribidores. Nada es casual.

A la “Noche” le dice:

“Cuando se callan plumas y campanas / va volcando los huecos con pereza. / Para humillar paisajes y distancias / su caudal de rincones desaquieta. / Curiosos y altos pájaros embaraza / para llamar los ojos del poeta, / en cada ciego párpado abre un ala / y un abanico denso de quimeras…”.

A la “Lluvia”:

“Un chaco de piadosos alfileres / me agujerea el aire de los ojos. / En la escoba salvaje de los vientos / se despide el otoño…”.

La nostalgia en “Nuestro Adiós”:

“Te pienso desde aquí. Soy una herida. / Desde el sueño me llamas para verte / y un recuerdo pregunta por tu nombre / y es poco un corazón para quererte. / Hoy mi horizonte cabe en el pañuelo / que, en las aristas mismas del ayer, / bebió el adiós ahogado por las lágrimas, / donde quedó tu grito sin nacer. / Supone lo que acaso no dijimos / mi voz se educó para nombrarte. / ¡Recuerdo cuando aún bajo la sombra / de la lluvia cautiva de los sauces, / mi beso te cerraba las palabras / pues quedaba la astilla de una tarde!”.

O cuando el poeta va “Detrás de las raíces”:

“Detrás de las raíces / se me educan los ojos / desde que miro el mundo por su mitad de asombro. / Admiro a las hormigas / acarreando el otoño. / Cuando toco la lluvia / es el peso del cielo el que conozco. / El agua que los álamos se llevan / sube al mejor sollozo. / Vuelan los días que comió la oruga / y espero mi retorno…”.

O “Con mi Tierra”:

“En la mitad de un grito, la vidala, / oigo mi tierra. / En la alegría herida de una zamba, / el tiempo de mi tierra. / Por donde vaya va, y en la tonada / a cuestas con mi tierra. / En su nombre de sal todos los días / como mi tierra. / Y así voy caminándola -mi sangre / con la sed de mi tierra- / hacia esa ausencia entera, / la de la tierra. / ¡cómo quieren que calle! / ¡Que no lo diga fuerte, / a los que vengan / a repartir al fin mi última suerte, / cuando el adiós me nombre / CON ESTA TIERRA TAPARÁN MI MUERTE!”.

Un homenaje es un acto de amor que se realiza para mostrar respeto, reconocimiento o admiración hacia una persona o institución. Es, también, una forma de mantener viva la memoria y el legado, en este caso de aquellos que han dejado huellas imperecederas en la rica historia de las letras y el acervo cultural de la patria chica y la patria grande.

El que rinde homenaje también se perpetúa con su amoroso gesto.

El término homenaje se remonta a la Edad Media; pasó al español a través del oxitano 'homenatge', originado en el latín tardío 'hominaticum' cuya raíz es 'homo' (hombre), que jura fidelidad. En nuestro contexto, fidelidad a la amistad, con un interés común, las palabras.

María Emilia, acongojada por la muerte de su amigo Luis Franco, le rinde homenaje dedicándole estos versos elegíacos:

A LUIS FRANCO, POETA

Murió en Buenos Aires, en el amanecer del 1° de junio de 1988

Acostumbrado a galopar en potro / te habrá sido difícil cabalgar en una estrella / sin bridas y sin lomo. / La última estrella del amanecer / que te cerró los ojos. / Y así, ciego de poesía, / volvías a Belén y a Catamarca / buscando los zorzales y las calandrias / y la alegría. / Pero en tu Oda primaveral, / en tu Mozas de cántaro, en tu Espiga / o en tu Olivo, / no puede haber olvido. / Y en tu Madre encontrabas / el regazo universal de tus palabras. / Idioma de belleza que habla el alma. / Volvías para escuchar a tu zorzal / dando tres martillazos / sobre un yunque de cristal. / Y abriendo tu mañana / cruzando en el relincho de tu moro, / la insurrección del alba. / Nadie dirá que has muerto. / Si tu pasión que fue la vida / late con tu latido en cada verso. / Y es tu sangre más roja en el regreso / a la vertiente. / Ya para siempre. / Has abarcado América. / Y desde allí el Belén de tus sueños / conocerá la redondez del mundo. / Surgirás como el agua clara / de lo profundo. / y en la fuente, / tu poesía pura / se bañará desnuda.

1° de junio de 1989

Primer aniversario de su muerte

Posteriormente, también en el primer aniversario de la desaparición física de su otro amigo, Juan Bautista Zalazar, escribe esta sentida elegía para su homenaje:

A la memoria de Juan Bautista Zalazar

(Pidió ser sepultado en tierra)

1994 -7 de abril - 1995

En el primer aniversario de su muerte

Merecías dos madres. / Por eso es que la tierra te ofrecía su vientre / y el ritual de las fuentes. / Te has quedado en el llanto de los sauces / para escuchar el agua de tus ríos / desde esa lágrima de hechizos. / Eras un río de auroras / por eso no te has ido. / Tu latido golpea sobre el tambor del tiempo. / Y en esa aurora toro de tu sangre / tu Paloma se eleva hasta tocar el cielo. / Así era tu verbo: / Un toro enrojecido y una paloma blanca / que anidaba temblando en una lágrima. / Así era tu trigo. / Las espigas repletas / generosas de darse hasta la siembra. / De ese pan comía tu poesía / y quedaba en tu gloria / la belleza sin tiempo. / Circulaban las piedras por tus dedos / y allí, entre esa dureza / un árbol se ahuecaba en una cuna / y te doblaba la ternura. / Y volvías y volvías por un pájaro. / Él, que te conocía, te entregaba su canto. / Era lo mismo un niño. / Y era lo mismo el canto que su llanto. / Un poco de relincho amanecido / sumaba su caudal para la vida. / Pero abría cien puertas / y no las cerraba nunca / la mano larga de tu poesía. / Allí todos tus sueños / y con ellos / las cinco espigas de tu sangre / y la de ella, tu amor, María del Valle. / Te has quedado a vivir para la gloria. / Más allá del recuerdo. / En la tierra, en la sangre / y en las cuatro estaciones del calendario / de la Literatura. / Juan Bautista, te has quedado / sin tiempo. / Y en una de tus madres / tu corazón florecerá latiendo.

Está todo dicho.

¡Qué mejor homenaje a dos grandes de nuestras letras ofrendado por otra grande, que éstas, sus maravillosas palabras, hábilmente encadenadas en magníficos versos plasmados bellamente con tanto sentimiento!

No es el objetivo de esta nota el análisis literario de los poemas. Se trata simplemente de rememorar, admirar las magníficas composiciones, y dejarse llevar por la emoción que trasunta el verbo.

Ahora estarán los tres reunidos en el parnaso, con Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope, porque la poesía siempre estuvo ligada a la música, la danza y el teatro, y con todos los otros recordados artífices de las letras vernáculas, vivos para siempre, en la reminiscencia, y en la memoria de sus formidables legados literarios.

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