Hace aproximadamente quince mil millones de años (un martes, probablemente) toda la materia existente se condensó en un solo punto del espacio y el tiempo y esa carga de energía generó lo que se conoce como el Big Bang, la gran explosión que dio origen al universo y a una sucesión infinita de maravillas, pero también de horrores, y estos últimos cada vez más truculentos, hasta culminar en el más horrendo de todos: la aparición de alas en una cucaracha.
Se habla muy poco de cucarachas, por alguna razón no suelen ser temas de conversación en los té canasta, pese a su ubicuidad. Mi primera hipótesis es que se trata de un insecto que marca a las claras nuestra situación socioeconómica. Digámoslo de esta manera: una persona puede tener millones de dólares en el banco, pero si le dicen que algo es de color marrón lomo de cucaracha y se hace una idea perfecta del tono, esa persona no es de clase alta. Podrá acumular riquezas incalculables, codearse con las más altas esferas, pero jamás será de clase alta. Es lo mismo que hablar de gris cola de rata, son conceptos cromáticos inimaginables para la verdadera oligarquía, la que cuenta con chofer y cocinero desde el nacimiento.
Estoy seguro de que si investigara un poco para esta columna podría encontrar cientos de especies de cucarachas, pero a los fines prácticos podemos dividirlas en dos: las cucarachas chicas y las cucarachas grandes, siendo estas últimas las que a veces alcanzan el ominoso estado alado, aberración voladora que pone a prueba nuestro temple de manera definitiva. La diferencia entre ambas no es simplemente de tamaño, también difieren en lo crujiente de cada una, al punto de que se puede realizar una afirmación similar a la del párrafo anterior utilizando para ello el sonido en lugar del color. Si una persona puede reconocer el sonido de una cucaracha siendo aplastada, que ni se le ocurra inscribirse en el Rotary.
Voy a retomar una costumbre olvidada de esta columna para recomendar una obra sobre el tema. En este caso se trata de una novela acerca de cucarachas mutantes asesinas llamada The Nest, escrita por Gregory A. Douglas. Es divertida y sumamente asquerosa, como debía serlo, está llena de muertes viscosas y decisiones sin sentido, como toda historia terrorífica clase B necesita. Trata de un pequeño pueblo ubicado en una isla que resulta atacado por una colonia de cucarachas que han aumentado su tamaño, ferocidad e inteligencia por la contaminación provocada por desechos químicos. Puedo pensar en pocos horrores más terribles que una cucaracha demasiado grande para ser pisada con éxito.
Y hablando de inteligencia, un dato curioso es que las cucarachas son uno de los insectos más inteligentes que existen, su capacidad de adaptación es asombrosa. De hecho, las cucarachas son tan inteligentes que en el año 1987 se realizó una partida de ajedrez entre el gran maestro soviético Anatoly Kurylenko y una cucaracha que culminó con la victoria del insecto, pues Kurylenko salió corriendo en el momento en que su contrincante, ofuscada por perder su reina, comenzó a volar.