En El cielo que nos abarcó, Paula Bustamante despliega una Poética del dolor, donde la memoria y el lenguaje se entrelazan para transformar la herida en una forma habitable de belleza.
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¿Cuánto dolor puede abarcar un poema?
Por Estefanía Herrera
La colección “Chinitas”, publicada por El Guadal Editora, fue delineando en los últimos dos años una singular cartografía de la poesía escrita por mujeres en Catamarca. El proyecto, sostenido por el trabajo autogestivo de su editor Víctor Aybar y de todos los integrantes de la editorial nació con una lógica tan sencilla como poderosa: cada libro publicado contribuye a hacer posible el siguiente. Así, cada ejemplar vendido no es sólo un objeto de papel, sino también el cimiento y el impulso que permite que otra voz llegue a la imprenta.
Desde sus primeros títulos -entre los que se encuentran La tierna ferocidad de los días de Celia Sarquís y Diestra de quien escribe estas líneas- la colección fue creciendo como un mapa en expansión. De mano en mano, de verso en verso, de verde en verde, El Guadal fue reuniendo una constelación de poetas que atraviesan edades, sensibilidades y paisajes diversos. En ese recorrido, la serie se ha convertido en un espacio de encuentro donde conviven distintas generaciones de la escritura local. Ese mapa poético cierra con Camila Ortega y Paula Bustamante, las “chischicas”, como afectuosamente se las nombra dentro del proyecto editorial, quienes llegan para refrescar y ensanchar este horizonte, confirmando que la vitalidad de la poesía catamarqueña no sólo persiste, sino que sigue encontrando nuevas formas de decirse.
Sobre El cielo que nos abarcó
¿Cuánto dolor puede abarcar un poema? Paula parece responder desde una hondura poética capaz de transformarlo en belleza. Sabemos que hay experiencias que desbordan las orillas del lenguaje, hay pérdidas que trizan la línea del tiempo, silencios que se heredan como una herida familiar, memorias que siguen respirando aun cuando aquello que las originó ya no está.
Sin embargo, la poesía insiste. No para resolver el dolor ni para explicarlo, sino para abrir en el lenguaje un lugar donde pueda existir sin desaparecer del todo. El cielo que nos abarcó nace precisamente de esa insistencia y despliega una verdadera poética del dolor, donde la palabra intenta transformar el vacío en un lugar habitable, donde cada verso nombra la pérdida no sólo para hacerla existir sino también para delinear la forma de esa herida.
En este poemario, el cielo no se limita a lo visible, sino que funciona como una medida simbólica de la experiencia humana. Bajo él se inscriben los amores, las pérdidas, las genealogías, los recuerdos que el tiempo no consigue borrar. Los primeros versos lo dicen con una sencillez que es también una revelación:
El cielo que nos abarcó
y nos hizo pequeños
pequeñitos
hasta desaparecer
Este cielo contiene una paradoja profundamente humana puesto que nos abarca, nos envuelve, nos incluye en su vastedad y, al mismo tiempo, nos vuelve diminutos. Frente a su extensión, nuestras vidas parecen apenas un instante, y el cielo termina convirtiéndose en una medida posible del amor y del dolor.
En la primera parte del poemario, la voz poética recorre la memoria de un amor que ya pertenece al pasado. No se trata de una celebración sentimental, sino de una contemplación delicada de aquello que alguna vez existió y ahora permanece como vestigio:
Este amor en pluscuamperfecto
me dejó sin saber
ni cuándo
ni cómo
ni por qué
ni hasta dónde
El amor aparece entonces como una forma gramatical, como un tiempo verbal que señala lo que fue posible y ya no lo es. Lo que queda no es el acontecimiento mismo, sino su huella o, como dice uno de los versos más hermosos del libro, lo que persiste es “el vestigio / de un cielo compartido”.
En la segunda parte del poemario hay un instante en que la voz poética parece detenerse frente al límite mismo del lenguaje, como si hubiera llegado a la orilla de aquello que no puede decirse y, aun así, necesitara intentar nombrarlo. Ese momento aparece en la sección titulada “El hijo”, donde la escritura se vuelve más desnuda, más grave, más cercana al temblor de lo irreparable. Allí Paula se inclina sobre el abismo de la pérdida y nos entrega unos versos que resuenan con la claridad dolorosa de una verdad:
Niño azul niño callado
dejaste el futuro vacío:
una palabra que no existe
entre los labios
La constatación es profunda: hay pérdidas que el lenguaje no sabe nombrar. La voz lírica lo reconoce con una lucidez que desarma. Existen palabras para casi todas las ausencias, el huérfano que pierde a sus padres, la viudez que nombra la soledad del amor pero cuando es un hijo quien falta, cuando el tiempo se quiebra y el futuro se vacía antes de haber sido siquiera pronunciado, el lenguaje guarda un silencio de piedra. Sin embargo, la poesía comienza precisamente allí donde la palabra se detiene. Ahí, donde el diccionario deja un abismo, la voz poética avanza como quien tantea en la penumbra, sale a buscar esa palabra ausente entre las grietas del idioma, la persigue en la respiración misma del verso y la convoca, finalmente, desde el temblor más sagrado de la memoria.
Quizás por eso, más adelante, el yo lírico decide habitar una figura de orfandad invertida cuando escribe:
aunque este dolor vestido de azul y frío
nos ha dejado huérfanos
En ese punto del poemario, la orfandad invertida construye una figura de gran potencia simbólica. Al nombrar como “huérfanos” a quienes han perdido a un hijo, el poema desplaza el sentido habitual de las palabras. No se trata de una simple metáfora, sino de un movimiento propio del trabajo poético, cuando la pérdida trastoca el orden del mundo, el lenguaje también necesita reorganizarse para intentar decir aquello que todavía no alcanza a nombrar.
En ese territorio de desamparo, la voz poética reconoce además la fragilidad de las antiguas formas de consuelo. No alcanzan las plegarias, ni el llanto, ni la voluntad para atravesar la distancia que se ha abierto entre la vida y la ausencia. Ni el ruego más profundo logra cruzar esa frontera invisible que separa al hijo de la orilla donde lo esperan. Si la tierra no posee las palabras suficientes para este dolor, la poeta sale a buscarlas y eleva su mirada hacia otra dimensión, hacia ese cielo que el título del libro ya había insinuado como refugio, como vastedad donde la ausencia puede adquirir otra forma de permanencia. Y entonces leemos:
miro las formas del cielo
y sé:
un dios griego
cuida tu sueño
El cielo se transforma entonces en custodia, en un lugar simbólico donde lo perdido no desaparece del todo porque ha sido confiado a la memoria del poema.
Luego, el libro se adentra en otra zona del dolor: aquella donde la identidad aparece atravesada por una historia que nos precede, por un linaje que pesa y se transmite como una memoria oscura.
¿Cuánto dolor puede abarcar un poema?, vuelvo a preguntarme.
¿Hasta dónde llegan las palabras cuando intentamos nombrar aquello que el dolor vuelve casi indecible?
Hay versos que una, como poeta, hubiera querido escribir. No por ambición literaria, sino porque nacen exactamente desde esa punzada insoportable.
Yo no pude hacerlo.
Pero Paula sí. Y se lo agradezco:
Oigo un llanto visceral
y no es el mío
Es mi niña
que ha llorado a voces
ha llorado penas en silencio
y de tanto callar
las ha olvidado
No sabe que viajan en el tiempo
atraviesan el cuerpo y la memoria
bajo la forma del desencanto
Cuando ni siquiera las aguas del Leteo alcanzan para borrar la memoria de nuestros dolores, aparece esta nueva Casandra para descifrarlos y traducirlos en versos, para convertirlos —aunque pesen— en una profecía que nos permita seguir caminando en ese territorio donde la memoria y la pérdida todavía buscan un lenguaje.
Paula, nos regala un poemario donde por momentos contenemos la respiración para luego serenarnos al comprender que la palabra poética es esa barca frágil que cruje, pero que aun así consigue sostener nuestras angustias.
¿Cuánto dolor puede abarcar un poema?
¿Cabe en una palabra?
¿Cabe en un poema?
¿O necesita, como sugiere Paula, la inmensidad de ese cielo que alguna vez nos abarcó?