Leonardo Silio es sacerdote. Realiza su tarea pastoral en 15 barrios populares del Conurbano bonaerense profundo, en Moreno sur, donde la pobreza estructural habita desde hace décadas pero que ahora enfrenta una realidad mucho más dura. Su tarea pastoral incluye lo doctrinario pero también, inescindible de aquella, un arduo, solidario y comprometido trabajo social de acompañamiento a los grupos más vulnerables de la sociedad.
El hambre golpea fuerte y es el problema más urgente. En una entrevista con el portal tiempoar.com.ar Silio explica: “Desde la pandemia venimos trabajando fuertemente con todo lo que es alimentario, teníamos algunos merenderos pero tuvimos que transformarlos en comedores, en ollas populares. En los últimos meses se agrandaron muchísimo, hoy en la parroquia San Martín de Porres tenemos siete comedores donde todos los días comen 2500 personas, en su gran mayoría niños, niñas y adolescentes que están en edad escolar. Vienen antes de ir a la escuela porque si no van con el estómago vacío, eso nos duele muchísimo”.
El hambre y la pobreza son los dramas cotidianos y los que demandan abordajes más urgentes de parte del Estado. Pero el Estado se ha alejado desde hace unos meses de esos sectores. Y esta ausencia, además de profundizar la miseria, despierta otro problema muy grave. El propio cura lo explica: “Es una regla de tres simple: cuando desaparece el Estado, aparecen otras cosas en el barrio y no son justamente buenas. (…) Frente a su ausencia empiezan a crecer otras fuerzas. La del narcotráfico impacta mucho en los adolescentes y niños del barrio. Ellos, fácilmente, entran en el comercio de la droga para tener ese dinero que no pueden alcanzar de otra forma. Nos encontramos con que muchísimos chicos han abandonado la escuela porque se encuentran inmersos en este flagelo tan dramático”.
El avance del narcotráfico en contextos de agudización acelerada de la pobreza y de retiro del Estado es un fenómeno que se ha registrado históricamente en muchas ciudades latinoamericanas. En Argentina se verifica cada vez más desde hace décadas, pero en los últimos meses se advierte un crecimiento de esa tendencia. Como la escuela no los contiene, sus familias tampoco y sin alternativas laborales, niños y adolescentes pasan del consumo problemático a formar parte de la estructura narco, reclutados por los dirigentes intermedios de esas bandas criminales. Los “soldaditos”, que así se llaman, forman parte del eslabón más débil de la cadena narco. Pero una vez que entran, es difícil salir. Por ahora es un fenómeno muy nítido en Rosario, en el conurbano y la periferia de otras grandes ciudades. Pero el fenómeno pude escalar si el Estado no vuelve a estar presente en esos contextos extremadamente difíciles. Como señala Luis María Ceterina, juez penal de Rosario, la urbe más complicada, “esa recuperación de la presencia justa del Estado es indispensable para que puedan volver a funcionar todas las demás instituciones sociales”. Y para que los chicos estén en la escuela o jugando.