miércoles 1 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Creacionismo y helado

Rodrigo L. Ovejero

El universo es en esencia traidor, nuestros sueños, anhelos o deseos más fervientes se ven casi siempre obstaculizados por elementos tan disímiles como la muerte, el papel celofán o la intolerancia a la lactosa.

A tono con esa introducción, hoy vamos a hablar de un tema del que no se habla demasiado, seguramente porque no tiene importancia. El puntazo del helado, ese puñal que se nos clava en el medio de la frente, exactamente donde estaría el tercer ojo, en el momento en el que venimos surfeando la ola del dulce de leche y parece que nada puede detenernos en nuestro afán de extinguir todo helado de la faz de la tierra.

Borges afirmaba nunca haberlo sentido, acaso a tono con la sobriedad de su prosa. De hecho, un primer borrador de su célebre poema El Remordimiento daba cuenta de esta circunstancia: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No me ha pegado un puntazo de helado. Que los glaciares del sambayón me arrastren y me pierdan, despiadados”. Con los años incluso comentaría en círculos íntimos que lamentaba no haber insistido con esa redacción, pero por aquella época se le había formado el callo literario de otorgar a todo lo que escribía dosis altas de gravedad y solemnidad. Además, había intentado un canje con la heladería del barrio y los dueños, de manera muy amable, habían declinado la oferta.

Pero volvamos al hecho en sí, despojado de todo significado literario o directamente cultural, ya que estamos. Por mi parte, llevo una temporada sin sufrirlo, la vida adulta se ha encargado de hacerme saber que ya no puedo dar rienda suelta a mis deseos de ninguna clase sin consecuencias, y desde entonces los puntazos de helado se han ido haciendo cada vez más espaciados, y mucho me temo incluso que llegara un día en el que dejarán de existir por completo. Lo cual es una pena, porque a pesar de mi agnosticismo tengo la teoría de que una alarma de esa clase solo pudo haber sido puesta ahí por un creador.

Piense, por un momento, el lector, en el goce del helado. Es más, si por casualidad tiene una heladería a mano detenga la lectura ahora mismo y tómese un helado. Luego sigue leyendo, yo lo espero. Semejante disfrute necesita un freno riguroso, de lo contrario uno se dejaría llevar por lo que en psicología y psiquiatría se conoce como el frenesí del helado y las cantidades consumidas nos podrían provocar daños enormes. Médicos y demás estudiosos de la anatomía humana podrán explicar el funcionamiento de este mecanismo de defensa de nuestro cuerpo, pero no caben dudas de que resulta extraño que hayamos nacido dotados de una habilidad que, por ejemplo, para los primeros homo sapiens, no tuvo utilidad alguna. Es obvio que, en aquel momento, mientras se marchaban de la tierra, un ser de las estrellas le dijo a los que viajaban con él:

-Saben que, bajemos cinco minutos, les dejemos puesta la alarma del helado, por las dudas después no podamos volver.

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