Ayer se celebró el Día Mundial de la Alimentación, proclamado en 1979 por la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), oportunidad que cada año sirve para reflexionar, entre otras cosas, respecto de la inequidad y los desequilibrios propios del mundo globalizado en que vivimos.
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Contrasentido formidable
La propia FAO difundió en los últimos días datos que exhiben un contrasentido formidable. En un planeta donde alrededor de 750 millones de personas padecen hambre y más de 3.100 millones de personas no pudieron permitirse una dieta saludable, el 30% de los alimentos producidos son desperdiciados. Más del 13% de los alimentos producidos a nivel mundial, dice un informe elaborado por la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), se pierde en la cadena de suministro después de la cosecha y antes de la venta al por menor, y otro 17% se desperdicia en los hogares, en los servicios alimentarios y en la venta al por menor.
El número de personas con hambre, que venía disminuyendo progresivamente desde comienzos de siglo hasta 2019, se incrementó notablemente a causa de la pandemia. El año pasado había 122 millones más de personas con inseguridad alimentaria más que en 2019.
Una de las organizaciones no gubernamentales que más viene trabajando a nivel mundial en la problemática, la española Manos Unidas, indicó en un documento que a pesar de que la crisis causada por la Covid-19 parece haber quedado atrás, los problemas relacionados con la inseguridad alimentaria y la nutrición persisten. “Las consecuencias no solo agudizan el hambre, sino que repercuten, lógicamente, en el aumento de las personas pobres y enfermas”, sostiene.
Añade, asimismo, que el cambio climático, los conflictos armados y la inestabilidad económica son varias de las causas que alejan a las personas más vulnerables de la seguridad alimentaria y el derecho a la alimentación.
“La inequidad en el acceso a los bienes, el consumismo de los más ricos, los intercambios comerciales injustos, las consecuencias del cambio climático, el acaparamiento de tierras con fines extractivos y agroindustriales, la especulación con el precio de los alimentos, un sistema alimentario que no está diseñado para satisfacer las necesidades de la gente, las guerras y conflictos interesados y, en definitiva, la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros”, señala.
Pero no se limita a trazar un diagnóstico sombrío, sino que también propone ejes estratégicos para luchar contra el hambre y la pobreza: el fortalecimiento de la agricultura familiar sostenible, la defensa de los derechos humanos y el cambio de estilos de vida y consumo, por ejemplo.
En el actual estado de situación, el cumplimiento del objetivo fijado por las Naciones Unidas para 2030 de terminar con todas las formas de hambre y desnutrición parece muy difícil de cumplir. Se necesita, además del trabajo comprometido de estructuras supranacionales y ONG, que los gobiernos de los países centrales tomen decisiones tendientes a morigerar las asimetrías que, en nombre del libre mercado, han dado forma a un mundo con enormes desigualdades.