miércoles 1 de abril de 2026
Editorial

Contrasentido formidable

Ayer se celebró el Día Mundial de la Alimentación, proclamado en 1979 por la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación...

Ayer se celebró el Día Mundial de la Alimentación, proclamado en 1979 por la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), oportunidad que cada año sirve para reflexionar, entre otras cosas, respecto de la inequidad y los desequilibrios propios del mundo globalizado en que vivimos.

La propia FAO difundió en los últimos días datos que exhiben un contrasentido formidable. En un planeta donde alrededor de 750 millones de personas padecen hambre y más de 3.100 millones de personas no pudieron permitirse una dieta saludable, el 30% de los alimentos producidos son desperdiciados. Más del 13% de los alimentos producidos a nivel mundial, dice un informe elaborado por la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), se pierde en la cadena de suministro después de la cosecha y antes de la venta al por menor, y otro 17% se desperdicia en los hogares, en los servicios alimentarios y en la venta al por menor.

El número de personas con hambre, que venía disminuyendo progresivamente desde comienzos de siglo hasta 2019, se incrementó notablemente a causa de la pandemia. El año pasado había 122 millones más de personas con inseguridad alimentaria más que en 2019.

Una de las organizaciones no gubernamentales que más viene trabajando a nivel mundial en la problemática, la española Manos Unidas, indicó en un documento que a pesar de que la crisis causada por la Covid-19 parece haber quedado atrás, los problemas relacionados con la inseguridad alimentaria y la nutrición persisten. “Las consecuencias no solo agudizan el hambre, sino que repercuten, lógicamente, en el aumento de las personas pobres y enfermas”, sostiene.

Añade, asimismo, que el cambio climático, los conflictos armados y la inestabilidad económica son varias de las causas que alejan a las personas más vulnerables de la seguridad alimentaria y el derecho a la alimentación.

“La inequidad en el acceso a los bienes, el consumismo de los más ricos, los intercambios comerciales injustos, las consecuencias del cambio climático, el acaparamiento de tierras con fines extractivos y agroindustriales, la especulación con el precio de los alimentos, un sistema alimentario que no está diseñado para satisfacer las necesidades de la gente, las guerras y conflictos interesados y, en definitiva, la explotación de unas personas por otras y de unos países por otros”, señala.

Pero no se limita a trazar un diagnóstico sombrío, sino que también propone ejes estratégicos para luchar contra el hambre y la pobreza: el fortalecimiento de la agricultura familiar sostenible, la defensa de los derechos humanos y el cambio de estilos de vida y consumo, por ejemplo.

En el actual estado de situación, el cumplimiento del objetivo fijado por las Naciones Unidas para 2030 de terminar con todas las formas de hambre y desnutrición parece muy difícil de cumplir. Se necesita, además del trabajo comprometido de estructuras supranacionales y ONG, que los gobiernos de los países centrales tomen decisiones tendientes a morigerar las asimetrías que, en nombre del libre mercado, han dado forma a un mundo con enormes desigualdades.

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