domingo 26 de mayo de 2024
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Conocidos en común

Rodrigo L. Ovejero

Hay un viejo dicho –hay muchos, en realidad, pero ahora nos interesa uno en particular- que señala que el mundo es un pañuelo. No refiere tanto a la naturaleza textil de la trama terráquea como a sus engañosas proporciones, las cuales se afirman mucho más pequeñas de lo que parecen a simple vista. Personalmente, encuentro esta afirmación falsa desde la más elemental premisa: existen porciones gigantescas de este planeta que jamás he pisado y, por más empeño que ponga en ello, jamás pisaré. Ergo, el mundo no es un pañuelo. Es, cuanto menos, una sábana de dos plazas.

Sin embargo, me interesa atraer la atención acerca de una costumbre muy propia del catamarqueño, que se relaciona estrechamente con esta afirmación de pequeñez mundial. Una de las acrobacias conversacionales más practicadas por los catamarqueños es la averiguación acerca de los conocidos en común. Dos catamarqueños se conocen y naturalmente la charla deriva hasta que comienzan a interrogarse por sus antecedentes familiares, laborales y escolares. Este contrapunto se mantiene hasta que descubren un nombre en común, quizás de relación tenue, pero relación al fin. Alcanzado ese dato, la conversación entra en un pozo propio de que los interlocutores no saben bien qué hacer con esa información, ni siquiera pueden recordar el motivo de su búsqueda.

Yo he desarrollado una serie de estrategias para sortear estas conversaciones, sobre todo en los casos en los que se extienden más de lo deseable. Llegado cierto punto sin retorno, alego conocimiento de nombres que jamás he oído en mi vida, lealtades inquebrantables hacia perfectos desconocidos, amistades inexistentes y amores con mujeres con las que jamás he cruzado palabra, todo con el afán de dar por terminada esa conversación. En otras oportunidades refiero que un accidente automovilístico me ha hecho perder una cantidad sustancial de recuerdos, y por lo general este infortunio desalienta al interlocutor.

Vale decir que esta costumbre se practica con mayor intensidad cuando dos catamarqueños se conocen fuera de los límites de la provincia. La búsqueda de conocidos en común en esas circunstancias se convierte en una carrera desesperada por confirmar y acreditar nuestra pertenencia a esta tierra. A veces pienso que algunas personas sospechan de la existencia de falsos catamarqueños e intentan encontrar fisuras en sus historias de vida, incoherencias en sus biografías que demuestren la calidad impostada de su condición de catamarqueño. Quizás podríamos contar con métodos más sencillos, pero también más directos, y todos saben que a los infiltrados no se les puede atacar de manera directa.

Creo que esta costumbre, de todos modos, tiene un sentido pintoresco y amable, creo que se trata de confirmar que pese al crecimiento de la ciudad seguimos siendo un pueblo, seguimos teniendo lazos en común. No imagino a dos neoyorquinos o romanos tener esta clase de conversaciones, no son propias de metrópolis. Y debo admitir que todavía siento cierta satisfacción en el hallazgo de que la persona que acabo de conocer es prima segunda del plomero que instaló el termotanque de mi casa.

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