miércoles 1 de abril de 2026
Cara y Cruz

Con las botas puestas

Ramón Eduardo Saadi transitó la mayor parte de su ciclo aferrado a una causa que el peronismo catamarqueño sentía y en gran medida aún siente, como propia: demostrar que la Intervención Federal que lo destronó en 1991 fue una injusticia.

Esta percepción sobre el proceso político y social abierto por el femicidio de María Soledad Morales, exacto reverso de la que sustentó al FCS, cimentó durante más de una década niveles de adhesión que en amplios sectores alcanzaron ribetes devocionales.

Era una bandera poderosa

Los desafíos a su liderazgo se basaron siempre en cuestiones de método, en divergencias sobre las tácticas más apropiadas para revertir el infortunio electoral del peronismo y romper su aislamiento, pero jamás osaron cuestionar su inocencia y la de su gobierno en el brutal crimen.

Por feroces que fueran los enconos, nunca un antagonista interno se atrevió en Catamarca a complicarlo con el Caso Morales. Que él tampoco cediera a la tentación de entregar cabezas para tratar de salvarse el pellejo es una conducta que los justicialistas le reconocieron siempre.

La pertinacia en la persecución de esa meta reivindicatoria fue su capital a lo largo de un período signado por desencuentros viscerales e insensatos.

Quizás la pelea por ingresar al Senado Nacional sea la mejor síntesis de su parábola.

Propuesto por el PJ en 1995, cuando los senadores aún eran elegidos por la Asamblea Legislativa, un sinfín de contubernios institucionales se tramaron para impedirle acceder al escaño y encumbrar una figura menos incómoda. En 2001, primer turno de elección por el voto popular, perdió la candidatura en internas a manos de Luis Barrionuevo, pero dos años después consiguió por fin la banca, que ocupó hasta 2009.

Fue una derrota inferida a quienes desde púlpitos autoerigidos lo desacreditaban por supuestas inhabilidades morales mientras su gente se empecinaba en respaldarlo en las urnas. Lo que la burocracia política le había negado se lo terminó dando el voto.

Para entonces, la rabiosa fractura que dividió a los catamarqueños entre saadistas y antisaadistas en los ’90 había sido superada. Otros actores habían entrado en escena, otras eran las tensiones que tramaban la confrontación política, nuevas generaciones se abrían paso.

Ramón bajó el perfil, pero el peronismo retuvo la memoria de su terca resistencia como virtud militante.

Entre las luces y las sombras de su agitada trayectoria, conviene recordar que debió hacerse cargo del enorme poder que dejó vacante a nivel provincial y nacional en 1988 la muerte de su padre, el mítico y experimentado Vicente Leonides Saadi. Eran los albores de un menemismo que transformó las prácticas políticas, sobre el que convergieron intereses disímiles y complejos que trascendían las exiguas fronteras provinciales.

Para sus seguidores, Ramón encarnó al líder en disputa con la implacable lógica del poder.

No es mérito menor que la satanizante prédica descargada en su contra con una intensidad y extensión pocas veces vista se estrellara en el afecto de los miles de catamarqueños que lo siguieron incondicionalmente y se identificaron con su causa. Ningún análisis puede oponerse a ese sentimiento.

Contra algún reproche a su inflexibilidad y tozudez, se alza el reconocimiento de quienes rescatan que no se haya rendido cuando el peronismo de Catamarca era poco menos que un paria.

Ese es su legado, más allá de cualquier diferencia.

Símbolo de una época ayuna de matices, su tiempo se extinguió mucho antes que él.

Murió ayer, a los 74 años.

Desde el punto de vista político, con las botas puestas.

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