Todo lo que ha sido escrito, y todo lo que se escribirá, alguna vez se convertirá en cenizas. Ojalá esta columna tenga suerte y se prenda fuego en algún asado, o en algún fogón alrededor del cual se canten canciones o se cuenten historias de terror. Me gustaría que arda fuerte y luminosa, de ser posible luego de leída, y que, a las palabras, ya convertidas en motas grises y fugaces, las lleve el viento hacia el infinito.
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Cenizas
Para hablar de ceniza lo primero es encender el fuego y recordar al Ave Fénix, animal mitológico que tenía el poder de arder hasta consumirse hacia el final de su vida y luego renacer de las cenizas tan nuevo como antes de verse envuelto en llamas. Una anécdota desopilante recuerda a un médico local de renombre mencionar en su discurso que cierta organización renacería de sus cenizas al igual que el Gato Félix, confundiendo así animal y nombre con una comicidad imposible de conseguir voluntariamente.
Otro recuerdo acerca de cenizas que guardo con mucho cariño era la época en la cual, en la escuela primaria -habitualmente para el día del padre- los alumnos hacíamos ceniceros de masilla, alentando a nuestros progenitores en su búsqueda incansable del cáncer de pulmón. Los míos eran irregulares -las actividades prácticas nunca fueron mi fuerte- las hendiduras para el cigarrillo muy poco funcionales y todas de distinto tamaño. Según mis cálculos, durante las décadas del ochenta y el noventa los alumnos catamarqueños habremos hecho más de cincuenta y tres mil ceniceros sin que un solo padre haya tenido la deferencia de utilizarlos. Eso habla muy mal de la consideración de los padres, o de la destreza de los niños, o de ambas cosas.
En el tema que nos ocupa quiero hacer referencia a tres obras, cada una, a su manera, hermosa. La primera de ellas es la zamba Cenizas de un amor, que tiene esas cosas de las grandes canciones, que es más que la letra y más que la música, y nadie sabe en definitiva bien qué es. La segunda es una película por la que siento algo muy parecido al amor, El gran Lebowski¸ con un gag fantástico en el momento en que los protagonistas intentan esparcir las cenizas de su amigo. Y la tercera es, por supuesto, Las cenizas de Stephen (no es necesario que explique nada acerca de esa maravillosa novela).
Me gustaría, por fin, recordar una anécdota protagonizada por Sir Walter Raleigh. Este marino vivió en el siglo XVI y se le atribuye haber introducido el tabaco en Inglaterra. En una ocasión apostó que era posible pesar el humo de un cigarrillo, poniendo en la balanza la ceniza y comparando lo que marcara con el peso previo a encenderlo. La venta de humo empezó aquel día, y no ha dejado de ser una actividad exitosa desde entonces.