sábado 19 de noviembre de 2022

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Opinión

Catalino del viento

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Nuestra puna, mágica y misteriosa, tierra de pétreos secretos y ancestrales silencios es la tierra de mil volcanes e infinitos horizontes de roca y azul cielo.

Allí un mínimo yuyo y un atisbo de flor, es un milagro de la vida.

Allí lo irreal es cotidiano y todos los días el cielo lucha para calmar la furia loca de los volcanes.

Allí, llamas y vicuñas se mimetizan con terrones y arenas para luego despeñarse a las vegas y ríos hilachentos, pero imprescindibles.

En ese reino vive desde hace una pila larga de años, un coyita retacón y de sonrisa fácil, nacido en Susques, cuando éste era disputado por Bolivia y Chile, luego formó parte del Territorio de los Andes y finalmente de Jujuy. Se casó con una descendiente de los Guzmán del norte chileno. Creció con una ushuta en la arena, la otra en el humedal, sus manos en la ladera volcánica y sus ojos en el cielo.

El paraje conocido como La Tranca está a unos cuatro kilómetros, al norte de la villa de Antofagasta y es una verdadera puesta en escena: una tranquila, polvorienta y ondulante huella de aproximadamente un kilómetro, parte de la ruta 43 hacia el oeste atravesando el secadal hasta chocar con el humedal formado por la depresión de uno de los cursos de agua más importantes, el río Punilla. El telón de fondo son los ocres, marrones, rojos, grises, negros, violetas (según la hora del día) de las laderas y farallones que violentamente suben, protegiendo ese pequeño mundo.

Allí construyó su rancho el Catalino Soriano.

Conozco a Catalino desde hace unos 40 años, cuando llegué deslumbrado, por primera vez, a la puna y me topé con él. Desde siempre fue algo así como una leyenda viviente de la otra Catamarca, la que no figura en los libros de historia, enciclopedias ni manuales. Conocedor como nadie de la puna, a la que leía como a la palma de su mano.

En 1987 la Agrupación de Montaña Calchaquí, luego de que por primera vez una expedición catamarcana pisara la cumbre del Ojos del Salado en Tinogasta, se fija un nuevo gran objetivo: la primera expedición de Catamarca para conquistar la cumbre del gigantesco volcán Galán en Antofagasta de la Sierra. Me nombra Jefe de Expedición y viajo a la puna para armar toda la logística (Gendarmería Nacional, Municipalidad, Mini Hospital, comunicaciones, traslados, proveedurías, emergencias, etc.). Lo más importante era contar con un buen guía y baqueano. Fui en busca de Catalino. Le conté el proyecto y en el acto se sintió parte del mismo. Rudy Bulacios, Víctor Bulacio, Ricardo Barrionuevo, Rubén Perea, Pepe Rosa y Ángel Ireba partimos hacia la puna arriba de la carga de un camión de René Vazquez.

Don Catalino partió desde su rancho con una recua de mulas cargueras. Pepe Rosa instaló la base de comunicaciones en la Villa de Antofagasta y al día siguiente partimos en un camión de Gendarmería Nacional a campo traviesa hacia el norte. Nos esperaba Catalino en Real Grande y empezamos el acercamiento a pie ascendiendo hasta los 5.000 m s.n.m. durante más de 25 km. Sin saberlo estábamos abriendo una nueva ruta para llegar al Galán. Instalamos el Campo Base cerca de la Laguna Diamante y armamos un móvil de comunicaciones alimentado con ¡una batería de automóvil! Durante la aclimatación, Rubén Perea, con quien compartíamos carpa, se descompensa (creer o reventar: no cumplió los ritos indicados por Catalino para pedir permiso a la Pacha). Con todas las características de un edema de pulmón, decido evacuarlo a la villa de Antofagasta. Catalino, presto, ensilla dos mulas, atamos a Rubén a una y le indico a Catalino que baje a Real Grande. Era la medianoche y recién a las 8 de la mañana teníamos comunicación con la base en la Villa. Informo las novedades y un Unimog de Gendarmería con personal de salud, parte raudamente a Real Grande. Rubén es atendido, estabilizado y trasladado al hospital de la Villa. Don Catalino pega la vuelta y al otro día empezamos el ascenso. Armamos el Campo de Altura a los 5.400 m s.n.m. y al otro día atacamos la cumbre. Como no había antecedentes, nos dividimos en 2 grupos para asegurarla. Pisamos las 2 cumbres más altas del Galán, recogimos testimonios de la expedición inglesa-norteamericana de 1982 y del Club Amigos de la Montaña de Salta del mismo año.

Estoy seguro de que en Catalino está resumida la sabiduría ancestral de los 40.000 años que tiene la existencia del hombre en la puna.

En la Feria de la Puna del año 1989 tuve que improvisar de animador y como siempre, allí estaba Catalino. Con la paz que le da la puna, avanzó por el escenario con su cajita chayera.

Así decían sus coplas:

De estas tierras me he venido

de aquel lejano lugar.

Con mi cajita en la mano

dispuesto para cantar

Antofagasta es muy lindo

rodeado todo en volcán.

El recuerdo que yo tengo

de la cumbre del Galán.

A mí me piden que cante

coplas no me han de faltar.

Las coplas me van brotando

como agua del manantial.

Ronquito de mi garganta

por el polvo del camino.

Sirvan la copla grabada

con mi nombre Catalino

Es agricultor, arriero, guía de montaña, casi todas las expediciones arqueológicas, antropológicas y mineras de la puna lo tenían como integrante, baqueano, pastor, coplero, conocedor y guardador de todos los secretos y tesoros de la puna.

En la publicación “Los otros arrieros de los valles, la puna y el desierto de Atacama” de Molina Otárola (Universidad de Tarapacá-Universidad Católica del Norte. Centro de Investigaciones del Hombre en el Desierto, CIHDE), se lo nombra como Catalino Soriano Mamani y es considerado como uno de los más importantes arrieros de ganado desde la puna catamarcana hacia Atacama en Chile.

Fue destacado por el ex senador nacional Dalmacio Mera como personalidad destacada de su comunidad.

Hace unos años volví a visitarlo; el paso de los años empezaba a hacer mella en su cuerpo, sin embargo, me reconoció en el acto e intercambiamos anécdotas de la expedición Galán´88.

Hace poco cumplió 93 años.

La semana pasada don Catalino se murió mansamente en su rancho de La Tranca, escuchando al viento silbar arriba en los roquedales y el rumor del río, abajo, en la vega.

Sin ningún tipo de duda puedo afirmar que Catalino era parte del patrimonio inmaterial, cultural, folklórico, turístico de esta Catamarca que sistemática y prolijamente olvida e invisibiliza su patrimonio.

La muerte de un hombre de la puna no fue noticia en los diarios, ni en las radios ni en la televisión.

Seguramente un silbo del campo, el tropel de unas vicuñas y la ladera de un volcán nos traerá su nombre del último baqueano de la puna.

Catalino de la puna, Catalino del viento.

NEGRO AROCA

Catamarcano

Guía y Experto en Turismo - Montañista

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