Para el ministro de Infraestructura y Obras Públicas, Eduardo Niéderle, la cartelización de la obra pública es un fenómeno natural tan indefectible como la salida del sol por el lado del Ancasti y su puesta por el Ambato. O la sucesión de las estaciones, o el implacable viento catucho, ese innombrable.
Se debe, les explicó ayer los diputados, a que hay pocas empresas disponibles para la gran cantidad de obras que hace el Gobierno, sin privarse de señalarle a la oposición que la práctica ya era denunciada en los tiempos del FCS.
Habrá que creerle. Lo tradicional de las sospechas le consta porque las experimentó en carne propia, según contó, cuando trabajaba en la empresa Capdevila, para la cual dirigió, entre otros éxitos, la construcción del Estadio Bicentenario, cuyos defectos tuvo la suerte de enmendar ya ocupando el lado asignado al funcionariato en el mostrador de los enjuagues. Su caso es el ejemplo vivo de que la vida siempre da revancha: está tan satisfecho con su experiencia que hasta recordó los asados que comían con el extinto ex gobernador Eduardo Brizuela del Moral. Frecuentes
Cultor del muerto el perro se acabó la rabia, para que las lenguas viperinas de la aldea no diseminen dudas sobre amañamientos en las licitaciones, lo mejor a su criterio es no hacerlas y recurrir a desdoblamientos de contratos para asignar las obras directamente, sin tanto bulevú administrativo.
No le pareció pertinente explicarle a los tribunos si su pareja, también funcionaria, es pariente del titular de la empresa polirrubro Air Total, Rodolfo Gallo, a quien le adjudicó alrededor de 40 contratos directos en menos de un año por más de 2.000 millones de pesos.
En cambio, les enrostró a los opositores que la generosidad y ecuanimidad oficial son de tal amplitud que también sujetos vinculados al radicalismo muerden del presupuesto. De modo que en lugar de pedir informes, interpelarlo y amenazarlo con denuncias penales, los opositores tendrían que agradecerle los favores, no vaya a ser que un día se levante con la montura ladeada y, con la misma arbitrariedad que decide a quién favorece con las obras, se las quite o los expulse del padrón de afortunados.
En beneficio del manirroto Niéderle, se admitirá la antigüedad de la “cartelización”.
El Ancasti denunció un caso concreto en 2011, cuando el ex vicegobernador Octavio Gutiérrez, ya fallecido, capitaneaba el Instituto Provincial de la Vivienda y se dio la extraordinaria casualidad de que el reparto de la edificación de 1.300 casas, surgido de una megalicitación, coincidió casi con pelos y señales con una lista que había circulado con anterioridad y que este medio había resguardado en sobre lacrado en una escribanía, a la espera de que los hechos verificaran la componenda.
La causa judicial, naufragó entre el tiempo y la falta de ganas de los que cobran por investigar.
Debe reconocérsele al ingeniero Niéderle la contribución a la transparencia y que se haya hecho espacio en su saturada agenda para desburrar a diputados curiosos acerca de la inutilidad de los esfuerzos tendientes a transparentar el manejo de los recursos públicos.
Quedan vigentes, no obstante, las dudas sobre el efecto que la naturalizada “cartelización” y los imaginativo sucedáneos burocráticos pergeñados para eludir licitaciones tienen sobre los montos que el Estado paga por las obras. Porque la competencia entre privados no solo tiene por objeto satisfacer pruritos éticos, sino también, y acaso sobre todo, obtener las mejores condiciones en precio y calidad para el erario que solventa todo.
Como solventó el Estadio Bicentenario de Capdevila y Niéderle. Dos veces: una para que se haga mal, la segunda para refaccionarlo, con destino que está por verse.
No vaya a ser que aparezcan nuevos defectos y se apele a eso de la tercera es la vencida.n