Enrique Traverso
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Carta a la tonsura
El 1° de junio de 1988, luego de algunas complicaciones pulmonares que lo habían aquejado durante largo tiempo, a cinco meses de cumplir 90 años, muere en Capital Federal don Luis Franco.
Los hechos que voy a referir me fueron contados por destacados personajes que han dejado esta tierra de marabunta y escapularios hace un par de años. Por una parte, Carlos “Coya Varela”, hijo del pintor Varela Lezana, uno de los mayores pintores que diera el norte argentino. “Coya” era un hombre manso de un temple formidable, que fue intendente de esta ciudad.
El otro testigo que me narró lo de aquellos días febriles, cuando muchos jóvenes sentían simpatía por la revolución cubana, fue Mardonio Díaz Martínez, abogado suspicaz y dueño de una picaresca incomparable, miembro de una familia que sufrió las atrocidades de la dictadura y padeció el exilio. Su hermano Guillermo Chango D. M. fue secuestrado en 1975 en Tucumán, pocos días antes del Operativo Independencia.
El 22 de septiembre de 1959, los estudiantes del Colegio Nacional Fidel M. Castro, ubicado donde se yergue hoy el edificio, en la esquina de Sarmiento y Chacabuco, deciden invitar al escritor belicho a dar una conferencia. Cursaba la nota el presidente del centro de estudiantes, el joven Carlos Varela Lezana, y entre varias firmas garrapateadas se hallaba la de otro alumno cejijunto, más tarde vicedecano en Filosofía y Letras de La Plata, llamado Luis Armando Díaz Martínez.
La sonrisa de don Luis debe haber desplegado el bigote finito que usaba por aquel entonces, cuando al pie de las firmas se podía leer Centro de Estudiantes “Luis Franco”.
Franco tenía 60 años, era ya un escritor consumado con 25 títulos publicados, y un par de señeros premios ganados. A pocos días de haber presentado Diccionario de la desobediencia, uno de sus libros capitales, en un colectivo lleno de várices y neumáticos gastados, dejando atrás las salinas grandes y un camino polvoriento, llegó el escritor que había encolerizado a la Iglesia, y aquella vez no fue diferente.
La charla había sido anunciada con todos los honores. Con correcto y destacado decir, aquel joven escriba del diario de la curia, que había venido de Entre Ríos, profesor de lengua eximio, decía que el belicho iba a referirse al folclore de Catamarca. Los pibes del centro de estudiantes habían convocado desde la revista Árbol, a una disertación bajo el título “Sarmiento y más allá”.
El auditorio estaba repleto me contó el “Coya” Varela. La Acción Católica había puesto en guardia a sus jóvenes milicianos. “Hablaban de linchar a Franco”, se rió Varela, que confesó que había habido tretas preparadas para emboscar el colectivo donde venía el escritor.
Armando Bazán, más tarde destacado historiador, organizaba la resistencia a sabiendas de que Franco era un rojo comunista que venía a sublevar a los jóvenes.
La charla se desarrollaba a salón lleno. Franco debió parar de hablar por los insultos y las señas bravuconas que los jóvenes se dispensaban de uno y otro costado de la sala. Finalmente don Luis los invitó a dirimir sus diferencias afuera, y pudo seguir hablando mientras combatían cruzados de la fe con los herederos de Taire, el estudiante del Nacional muerto en una revuelta a favor de las ideas reformistas del 18 y del antiimperialismo.
El historiador Bazán, pasados los años, realizó un prólogo exquisito para la reedición de Los hijos del Llastay, uno de los libros de Franco sobre ecología y folclore.
Creo que al final pudo dar una sola charla. El edecán de los diarios de Catamarca cambió rápidamente el tono de la adjetivación hacia don Luis. El cura que editorializaba lo llamó “hijo de Lucifer”, mientras que el lúcido escriba entrerriano, más tarde creador de la Universidad de Catamarca, lo tildó de “enviado del Kremlin”, y más abajo, en epígrafes de fotos que mostraban un salón lleno bote a bote, dijo que Franco había venido a “socavar los cimientos de la familia catamarqueña”. Y que “su embuste” había sido “mayor, cuando en vez de hablar del folclore de Catamarca habló de la revolución social”.
Imagino a don Luis reír socarronamente por lo ocurrido. De yapa dejó un artículo en la revista estudiantil Azul, del 6 de octubre de 1959, que se titula “Carta a la tonsura”, donde ironiza sobre la parte rapada de la coronilla de los clérigos y un poco más. Al pasar le sacude las plumas al mismo Esquiú.