El 14 de junio de 1986 nos dejaba uno de los más grandes genios que ha dado la literatura universal: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, para muchos el escritor más importante en lengua española desde Miguel de Cervantes Saavedra.
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Borges frente a la muerte
Por Jorge F. Chayep
En esta ocasión, qué mejor que recordar su pensamiento acerca de la muerte, que como no podía ser de otra manera es complejo, poético y profundamente filosófico.
A lo largo de su obra -ensayos, cuentos y poemas- Borges reflexiona sobre la muerte no como un fin trágico, sino como un misterio inevitable, incluso como una forma de liberación definitiva.
Borges concebía la muerte como un componente inexorable del tiempo. En muchos de sus textos, el tiempo no es una línea recta, sino un territorio circular, laberíntico e infinito y la muerte un suceso irrevocable en algún punto de ese círculo, que, para él, marca el final definitivo.
En su pensamiento, la conciencia de la muerte es lo que nos hace humanos; el hecho de no temerla, sino pensarla, tener certeza de ella: “Ser inmortal es baladí; salvo el hombre, todas las criaturas lo son, porque ignoran la muerte” (“El Inmortal”).
Borges, especialmente en sus últimos años, hablaba de la muerte con serenidad y desapego a la vida. En entrevistas decía que no temía a la muerte, sino a ciertos aspectos del proceso de morir (como el dolor o la decrepitud, especialmente mental). Por suerte se fue totalmente lúcido y estudiando el idioma árabe, en sus últimos días, para poder leer “Las mil y una noches" en su lengua original.
En su poema “Epitafio” (poemario “La cifra”) incluso la invoca con aceptación: “Ya somos el olvido que seremos, / el polvo elemental que nos ignora / ya somos en la tumba las dos fechas / del principio y el término”.
Para el poeta filósofo, lo finito (la vida) sólo cobra sentido en relación con lo infinito. Así, la muerte adquiere una dimensión metafísica: es un umbral hacia lo desconocido, lo que está más allá de la concepción humana, la nada.
Entre sus reflexiones más conocidas se encuentran:
“Morir es una costumbre que sabe tener la gente”. (“Milonga de Manuel Flores - Para las seis cuerdas”).
En “Remordimiento por cualquier muerte” (poemario Fervor de Buenos Aires), se lee: “...Aquí está el patio que ya no comparten sus ojos, / allí la acera donde acechó su esperanza…”
En otra ocasión sentencia:
“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”. Esta finitud es lo que otorga valor a cada momento de la vida, lo que vuelve precioso cada instante.
En el poema Límites (incluido en “El hacedor”) expresa: “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar, / hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, / hay un espejo que me ha visto por última vez / hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo…”.
En "La muerte y la brújula", la muerte está estrechamente ligada al conocimiento y al destino, y aparece como parte de una estructura inmodificable, casi matemática.
Como puede verse, Borges no veía la muerte como un castigo ni como una tragedia.
La contemplaba como lo que, en realidad, es: una condición inherente al destino de la vida y al orden del universo.
En un tono muy borgeano podría decirse que la muerte era para él la última biblioteca cerrada, el último espejo, el último sueño; no una respuesta, sino la pregunta definitiva.
Alguna vez dijo: “Le tengo miedo a la inmortalidad del alma porque estoy cansado de ser Borges, porque estoy cansado de ser”.
Quizá la respuesta más profundamente borgeana fue la que dio a Ernesto Sábato durante un diálogo sobre la muerte. Ante la tristeza que Sábato decía sentir por el hecho de morir, Borges observó:
-Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo.
En un icónico reportaje que le realizara la escritora y periodista Liliana Heker, posteriormente publicado en su libro “Diálogos sobre la vida y la muerte”, ante la pregunta ¿Qué le sugiere la palabra muerte?, responde:
–¿La palabra muerte? Me sugiere una gran esperanza. La esperanza de dejar de ser. Yo estoy seguro, como mi padre, de morir en cuerpo y alma. A veces, me siento un poco desdichado –a todos nos pasa–; sobre todo un hombre que está solo, que está ciego, que tiene desde luego algunos preciosos amigos, pero no muchos, un hombre tímido como yo; a veces me siento triste. Pero me consuelo pensando: sí, es cuestión de esperar. Voy a morir y voy a cesar, y qué más puedo querer que eso, qué cosa más grata puede haber que la muerte, que se parece tanto al sueño que es quizá lo más grato de la vida. Es decir, yo descreo en la inmortalidad (del alma) pero eso no es una fuente de tristeza para mí sino de felicidad: pensar que voy a cesar.
Además, nos deja el consuelo dado por su proverbial y sabia ironía: “Cuando los escritores mueren se convierten en libros, que, después de todo, no es una mala manera de reencarnar”.
El sepulcro
La tumba de Jorge Luis Borges se encuentra en el cementerio parque de Plainpalais, en el centro de Ginebra, Suiza, ciudad en la que falleció. Tiene el número 735, en la ubicación D6 y está a la sombra de un ciprés.
Exhibe una lápida de piedra blanca grisácea, rugosa, que procede de una cantera próxima a la ciudad de Cruz del Eje (Córdoba). Es sencilla, pero rica en referencias culturales, literarias y mitológicas. Tiene una inscripción que dice “Jorge Luis Borges” en letras góticas. Una imagen de siete guerreros. Debajo, grabada en anglosajón antiguo, aparece la frase: "And ne forhtedon na" (“Y que no temieran”).
Es una cita de la saga anglosajona La batalla de Maldon, un poema épico en inglés antiguo que Borges admiraba profundamente. Relata un combate ocurrido en el año 991 entre guerreros anglosajones y vikingos:
"...Pensaron que no debían huir del campo de batalla,
sino avanzar con valor. Y que no temieran..."
Esta frase hace referencia al valor de los guerreros que enfrentan la muerte sin miedo. Es una declaración de principios estoica y épica: morir sin temor.
Además de la inscripción y el grabado de los siete guerreros, que corresponde a la saga de los Volsungos, una leyenda nórdica, la tumba está decorada con una cruz celta. Finalmente, los años de nacimiento y muerte 1899 –1986.
En el reverso de la piedra hay una nave vikinga que simbolizaría el pasaje de Borges a la eternidad, y debajo de ella una frase de la Völsunga Saga (o Saga de los volsungos, un texto islandés escrito en prosa a fines del siglo XIII) que Borges cita en su cuento “Ulrica” y cuya traducción sería “El tomó la espada Gram, y la colocó entre ellos desenvainada”.
El epitafio representa mucho más que una cita literaria: es una afirmación existencial. Borges, ciego y cercano al fin, al diseñar su lápida eligió recordar con ella el valor de los antiguos guerreros, como una manera de encarar su propia muerte con dignidad y sin miedo.
Con su vastísima cultura, y coherente con su pensamiento tan especial, tomó una frase breve, en una lengua muerta, alusiva a un antiguo poema de guerra. Eso resume perfectamente una visión del mundo que vivió: un universo de símbolos, sueños, batallas épicas y metafóricas, destinos circulares, laberintos y la muerte como parte del arte de vivir.
Últimamente leí que descendientes del poeta por parte de su hermana Norah y un grupo de notables de la cultura, entre los que se encuentra el escritor Alejandro Vaccaro, biógrafo estudioso y coleccionista de Borges, actual presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, que próximamente, y en el contexto de nuestro Año Borgeano, nos visitará nuevamente, se encuentran gestionando la repatriación de sus restos, para que descansen definitivamente en la bóveda familiar del cementerio de La Recoleta.