miércoles 1 de abril de 2026
Cara y Cruz

Bonafini en la grieta

La causa de los derechos humanos ha sido fuente de legitimidad indispensable...

La causa de los derechos humanos ha sido fuente de legitimidad indispensable para el sistema democrático argentino.

La película “Argentina 1985” recuerda el papel como articuladora de consensos que cumplió en la naciente y todavía frágil democracia para someter a juicio a los genocidas, hecho que no tiene parangón en el mundo.

Tres lustros después, cuando el derrumbe económico de 2001 y el brutal ajuste posterior jaquearon a la política tradicional, fue también el centro de gravedad que permitió eludir la tentación autoritaria, sostener la institucionalidad y renovar la fe democrática en una sociedad estragada por el fracaso.

El poder aglutinador de la bandera ya había sido detectado por Adolfo Rodríguez Saá en su fugaz interinato previo al ascenso de Eduardo Duhalde. Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fueron recibidas en la Casa Rosada en aquel agitado inicio de 2002 como la encarnación más cabal de una lucha que las primeras habían iniciado con coraje en lo más negro de la dictadura, cuando el coraje escaseaba.

Néstor Kirchner asumió la Presidencia en mayo de 2003 con poco más del 20% de los votos y se aferró a la causa para edificar desde la gestión la legitimidad que Carlos Menem le negó al renunciar a disputar la segunda vuelta.

Dos momentos históricos clave de construcción y restauración democrática. Los derechos humanos fueron en ambos la argamasa más eficaz para conjurar la disolución y el caos.

La muerte de Hebe de Bonafini, militante señera de los derechos humanos, desencadenó, a la par de los reconocimientos, un alud de repudios cargados de odio cuyo desagradable carácter no alcanza a empardar lo inquietante de la liviandad e impunidad con que se profirieron. No fueron mensajes aislados, marginales: adquirieron una visibilidad central.

El círculo de los desatinos se completó con el rechazo a manifestaciones elogiosas de opositores descerrajadas incluso por miembros de sus propios partidos.

María Migliore, ministra de Horacio Rodríguez Larreta, tuiteó por ejemplo: “Hebe fue símbolo de lucha impulsando una agenda de Justicia y derechos humanos en la Argentina. Un grupo de madres que, con valentía, le hicieron frente al momento más oscuro de nuestra historia. Esa trayectoria es más grande que cualquier diferencia política. Me quedo con eso”.

El volumen de las críticas que recibió desde sus propias filas por este homenaje fue de tal magnitud que se sintió obligada a aclarar que sus palabras no implicaban “avalar ni el odio, ni el posicionamiento político, ni el ataque a las Torres Gemelas, lugares donde ella (Bonafini) circuló en los últimos años”. Increíble.

Se dirá que Bonafini no se caracterizó por su pacifismo, equilibrio, continencia verbal o tolerancia, y que abonó en vida la fractura que tiene aprisionado al país. La cuestión, sin embargo, es otra.

Los odiosos mensajes que sucedieron a su muerte son síntoma de la devaluación de la causa de los derechos humanos como factor de consenso entre los argentinos. Por su manipulación facciosa, seguramente, pero también por el transcurso del tiempo.

Las posiciones políticas de Bonafini podrán compartirse o no, sus agresivos modales no habrán sido de lo más conciliadores. Nada habilita la crueldad y el regodeo en el odio.

Independientemente del papel que haya decidido asumir en el ocaso de su vida, es lamentable que la causa a la que se consagró se convierta en insumo de la grieta.

En lugar de desenfrenar pasiones, quizás convenga reflexionar acerca de los peligrosos rumbos a los que conducen.

La Argentina está otra vez inmersa en una crisis compleja, que requiere exigir a la inteligencia para profundizar el diálogo y encontrar denominadores comunes.

Como cuando las Madres renunciaron a la venganza para buscar justicia. Los tiempos de la mejor Hebe de Bonafini, la que correspondía destacar por respeto no solo a ella, sino a la historia.

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