domingo 26 de mayo de 2024
Cara y Cruz

Auge del abigeato en el Este

Se advierte en el Este provincial un recrudecimiento del robo de ganado, acompañado por un grado de sistematización...

Se advierte en el Este provincial un recrudecimiento del robo de ganado, acompañado por un grado de sistematización que induce a pensar en complicidades entre los cuatreros y la policía encargada, teóricamente, de combatirlos.

La extensión de los campos facilita este tipo de delitos, pero también son conocidas las personas que se dedican a perpetrarlo.

Los propios perjudicados están en condiciones de orientar las pesquisas y de hecho lo hacen, pero el problemas no solo subsiste, sino que se acrecienta. Es inverosímil que las fuerzas de seguridad no puedan capturar a los malhechores y ponerlos a disposición de la justicia, salvo que la incompetencia policial haya alcanzado niveles demasiado críticos.

No se trata de robos aislados, que podrían asociarse a una necesidad circunstancial producto de la crisis. Su recurrencia y el hecho de que los ladrones aprovechen la totalidad del animal, cuero incluido, extiende las sospechas de que hay redes que se extienden a los puntos de comercialización. Es una situación análoga a la del robo de cables y artefactos de la red de energía eléctrica, que tienen como principal objetivo el valioso cobre. Resulta evidente que los ladrones son el primer eslabón de una cadena en la que funcionan como proveedores.

En el caso del abigeato, el volumen de lo robado da cuenta de que existe un mercado en el que se coloca el producto, por supuesto exento de cualquier tipo de control sanitario.

¿Qué tan complejo puede ser neutralizar el negocio ilícito en, por ejemplo, Icaño?

La policía omite información que es de dominio público para perseguir a delincuentes cebados por su inoperancia, indiferencia, negligencia o lisa y llana complicidad.

El de la inseguridad, como ya se ha consignado en este mismo espacio en reiteradas oportunidades, es un fenómeno que impacta sobre la actividad productiva.

Los productores, por empezar, tienen que incluir en sus proyecciones las pérdidas por robos ya no como una eventualidad, sino como un perjuicio indefectible. La vulnerabilidad en este sentido también encarece los seguros, en caso de que se los contrate.

Este elemento es desalentador ya en la movida inicial, pero va incrementando su peso con el correr del tiempo, cuando los damnificados ven convertirse en certezas sus sospechas de indefensión.

Aunque las denuncias incluyan la identificación de los sospechosos, el denunciante ingresa en un calvario burocrático de trámites policiales y judiciales mientras los responsables gozan de impunidad o apenas son molestados por un interrogatorio formal, tras el cual vuelven sin inconvenientes a su rutina de tropelías.

Hay productores ganaderos que llegaron incluso a asumir la tarea de investigación por su propia cuenta, con la vana esperanza de que la policía actúe si le acercan el caso resuelto, pero ni así.

En lo que sí han alcanzado un grado de especialización importante las fuerzas policiales es en el diseño de excusas: que no tienen recursos, que aunque detengan a los malandras la justicia los libera, que no tienen jurisdicción…

Los pretextos para hacerse los sotas nunca faltan, casi que configuran un protocolo para despachar gente molesta.

Mientras tanto, la prescindencia oficial va dándole al fenómeno rango de plaga.

Es como si los cuatreros hubieran descubierto una mina de oro para saquear sin obstáculos, cosa que debería llamar la atención de las autoridades tratándose de una zona fronteriza y con un potencial de desarrollo todavía muy grande.

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